Jackie Lynn – Jacqueline (Drag City)

Haley Fohr necesitaba reinventarse, mudar de piel. El acicate fue conocer a Susan Dietrich, aka The Space Lady, en Los Angeles la cual le sirvió de inspiradora figura. Jackie Lynn es el heterónimo -una especie de Ziggy Stadust pero pasado por el tamiz de la hiperrealidad- que decidió escoger hace cuatro años para performar una historia marcada por correccionales, drogas, y marginación. Una chica de veinte años siempre al margen de la ley. En las entrevistas y en los vídeos de presentación de aquell debut aparecía vistiendo traje de cowboy, y una inquietante mascarilla que representan el reverso oscuro de la América  profunda, un guiño al Dennis Hooper asmático de “Blue Velvet”, o un adelanto a las medidas profilácticas de la pandemia que estamos viviendo.

Un ep de debut “Jackie Lynn” (Thrill Jockey, 2016) que fue una magnífica carta de (re)presentación. Por desgracia, sus escasos veinte minutos pedían a gritos una continuidad que ahora llega con este inquietante y musculoso Jacqueline (Drag City, 2020) al margen de su otro proyecto más bluesero, Circuit Des Yeux.

En declaraciones a la web Aquiarium Drunkard, dice Haley que su otro “yo”, en este caso Jacqueline, es su sombra; un espectro que hace las veces, en este caso, de camionera que recorre las autopistas llevando una carga que representa todo el peso del mundo, y en donde las mentiras no tienen cabida. Los kilómetros recorridos en soledad por esta camionera fantasma conservan en su memoria una cantidad importante de pensamientos, y este álbum es su cuaderno de bitácora, con Chicago como referente orográfico y sentimental.

Un trabajo que arranca con la impetuosa “Casino Queen” en donde los sintetizadores acolchan una melodía bailable que retiene el latido de las producciones de Moroder. La voz de Fohr se materializa; es carne, es un miembro que palpita al ritmo de la bola de espejos.

Las guitarras nuevaoleras impregnan de nostalgia los compases de “Shugar Water” (Elvis Costello y Andy Summers tienen reservada la cabina de su camión) van en un exuberante in crescendo que culmina con riffs impetuosos. De las cenizas de ésta nace la perezosa “Dream St.” con efluvios hawaianos y ecos a una ceremoniosa Buffy St. Mary. Esplendida dupla.

“Short Black Dress” es breve y concisa. Está sutilmente engarzada bajo luces estroboscópicas, y un estribillo mareante para cantar con los mecheros a punto. Llegados al culmen de la euforia toca el momento del relax. “Lenexa” – ciudad de Kansas en donde se hallan archivos secretos relacionados con el asesinato de Kennedy– es una preciosa pieza de ambient esculpida a base de drones y harpa que contribuye a esa sensación abisal muy heredera de las texturas abstractas de Bitchin Bajas, los cuales aportan gran parte de la mesmerizante sonoridad del conjunto.

La pieza más extensa del disco es “Odessa”. Ritmos pregrabados y sintetizadores envolventes para construir un monumento a la psicodelia, las armonías de The Beach Boys, y los ritmos metronómicos del kraut. Percusiones, secuenciadores, y guitarras de blues desértico van mullendo la laberíntica silueta de “Travele’s Code Of Conduct” mientras Lynn repite como un salmo “The moon is my incubator”.

Enfilamos la recta final con la muy funky “Diamond Glue” con el uso de vocoder como elemento para expandir, aún más si cabe, el torrente de sonoridades líquidas, y “Control” en donde los pigmentos más grisáceos ribetean un lienzo que es un primor. Un disco maestro.

Escucha Jackie Lynn – Jacqueline

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