El azar o la suerte (o una combinación ambos) son una concatenación de hechos que hace que tu vida cambie en un sentido u otro. Una combinatoria en donde la vida suele comportarse de forma muy juguetona porque no está bajo su poder de decisión. El caso de John Southworth es la de un artista que lleva la cifra nada despreciable de treinta años en el negociado de la música, y por desgracia para los que le seguimos, sigue siendo un artista que ni el azar ni la suerte lo ha puesto en el lugar adecuado para que su música trascienda más allá de su club reducido de fans. ¿Estaríamos ante el típico caso de artista maldito? Suponiendo que eso exista, pues sí, lo del anglo-canadiense (nacido en el Reino Unido aunque ha echado raíces en Canadá) es la figura arquetípica o de manual.
Su música ha ido dando bandazos estilísticos desde que debutara con Mars Pennsylvania (1996), aunque su sonido es la encarnación del fino pop de orfebre que tanto tira de la orquestación como de los sonidos más glam, pasando por los presupuestos más teatralizados o del cabaret. Es un músico de tradición clásica, pero entiéndase esa acepción como la de un tipo que sabe esculpir un cancionero que suena atemporal gracias a esa tradición que él incorpora con mucho temple y sabiduría.
En una entrevista de hace años le leí decir que a él le gustaba revelarse ante la realidad, y de esta manera, crear espacios imaginario – de una onírica exuberancia unas veces, mientras en otras de adentra de un intimismo de alcoba muy acogedor- que hace que casi siempre se mantenga con un pie en lo terrenal y otro en lo onírico o simbólico. Para este excelente Rain from the East retoma el pop más clásico -dejando a un lado las orquestaciones de otras ocasiones- para confeccionar temas que, en su aparente sencillez, tienen esa gran habilidad de conectar con una dimensión más intimista y de reclusión en sí mismo.
Según el texto promocional es el disco más contundente y espontáneo que ha producido, aunque es algo que, como todo, se podría discutir. Lo que es claro es que el armazón que lo parapeta de guitarra/bajo/batería substituye su tendencia última de embellecer con orquesta de cámara sus canciones, y eso, efectivamente, repercute en un sonido más conciso, en donde la melodía no necesita de atavíos varios, Así “Dead Dwarf” entra de lleno en las tonadas con un ojo puesto en las maestría de Ray Davies, y una más oscura “In Search Of Winter”, en la que el piano dibuja una impetuosa melodía con referencias medievales irlandesas y celtas. Esos otros mundos que tanto gustan a Southworth y con los que establece un diálogo y articula una fabulación constante.
Nos trae a la memoria a Bob Dylan -cada vez se hace más evidente: nunca ocultó su devoción- además de que su tesitura de voz con el tiempo lo acerca más al bardo de Duluth, y la bella “The Homeless Theater” tiene ese pulso envolvente, en una historia simbólica sobre la realidad deprimente del momento, y cómo esta se nos representa. El piano es quien lleva el ritmo en “Madness, Such” cuya narrativa sonora es como escuchar al mejor Elvis Costello, y cuya lírica ironiza sobre el éxito y la necesidad de reencontrarse con sus raíces; y la síncopa suave y deslizante en “New Elvis”-otro Elvis que aparece por aquí- está repleta de imaginería (un nuevo Elvis Presley como símbolo del renacimiento de algo nuevo) que, sin necesidad de fingir imposturas, vuelve a demostrar su magisterio como artesano de la canción pop.














