Jorge Drexler – La Salamandra (L’Hospitalet)

Tiene mucho mérito ganar el Oscar 2004 a la mejor canción (“Al Otro Lado del Río”) y tirarse a la carretera para hacer conciertos en locales pequeños. Un mérito sólo al alcance de artistas suficientemente inteligentes como para no caer en una borrachera de éxito, que tampoco ha sido el caso. El discreto Jorge Drexler, un uruguayo afincado en Madrid, llevaba ya muchos años facturando discos repletos de buenas ideas, conectadas con la modernidad sonora (turntablismo y ambient techno), y con una tradición concreta: la del cantautor latinoamericanista. Pero si bien Eco, su último trabajo, contiene excelentes letras, de notable ingenio, muy en la línea de los clásicos de la bossa nova brasileña, algunos colchones sonoros no llegaban a la altura de las letras. Factor corregido, y de sobra, en el concierto que ofreció en L’Hospitalet, en la Salamandra, un pequeño club que goza del mejor técnico de sonido de la capital catalana (y agradecido estuvo Drexler).

Una mesmerizante atmósfera tonal de electrónica, sobre un escenario en el que uruguayo y su compañera guitarra recitaban y conectaban al público entre sí, provocaron una fusión por momentos casi mística. Su dulce voz y los dulces versos mejoraron con mucho lo escuchado en el álbum y se dieron cita para sorprender al más pintado, a través de un sonido de liviana levedad tecnológica. Elevó “Milonga del Moro Judío” y “Mi Guitarra y Vos” a la categoría de pequeña delicia para los sentidos. Repasó algún clásico anterior, como “730 días”, que hace recomendable un retorno a su discografía de los años noventa. Y regaló un “Al Otro Lado del Río” –la ya célebre oda al viaje suramericano del joven Ernesto Che Guevara– que versionó dándole completamente la vuelta. Para distanciarse, más que nada, de Antonio Banderas, al que agradeció con mucha clase la irónica papeleta jugada en la gala del Kodak Theatre.

No es Jorge Drexler un autor que eleve el share de la audiencia, no. Es un artesano, cuya música lleva una carga de humildad solo comparable a su amplia cultura, servida con gran voluntad comunicativa. Es de esa clase de artistas que recomienda al público un libro o una película (el “Pianista del ghetto de Varsovia” de Wladislaw Szpilman y la adaptación de Polanski por ejemplo) y sabe transmitir con gracia su vocación de pensador crítico.

A su lado, le acompañaba un ordenador, y a ratos otro guitarrista, que filtraba el sonido de su eléctrica para darle un tono paisajístico, sutil y mínimo al concierto. Sus interesantes experimentos -en un momento dado, gritó en el interior de su guitarra y produjo un interesante loop-, y su uso de las variaciones en do-re-mi-fa, recordaron a cosas hechas por Mark Bell/LFO y Björk. Original.

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