Julia

Júlia - Oscil·lobatent (Hidden Track)

Se abre una etapa totalmente nueva para Júlia. La trilogía formada por Nuvolàstic (2015), Pròxima B (2018) y Casa (2021) de alguna manera retrató a una banda que ya no es. Al fin y al cabo, aunque la principal responsable del proyecto siempre ha sido Estela Tormo (Alcoi, 1982), su alianza con Lídia Vila durante esos tres discos se configuraba como algo esencial para el sonido de la banda.

Ahora, tras la salida de Vila, queda Estela sola ante el “peligro”. Y el peligro no es otro que dar continuidad a un camino trazado en sinergia sin contar con la otra parte, aunque la cabeza pensante sea la que permanece. Es complejo salir de ese atolladero, pero la salida pasa por una ventana. Una ventana oscilobatiente, de las que deja pasar el aire por una rendija cuando la atmósfera de la estancia se hace irrespirable. Un aire refrescante, que no necesariamente cambia el clima, pero ayuda a sobrellevarlo. 

Ese aire que entra por la ventana significa también la apertura a nuevos caminos. Nuevos caminos que han tenido una influencia fundamental: Cate Le Bon ha sido, según ha declarado la propia Tormo, la gran catalizadora que hay tras el concepto sonoro del álbum. Un disco, Oscil·lobatent, el segundo que les publica el sello Hidden Track, que evoluciona desde la electrónica minimalista del anterior hacia un dream pop que tiene bastante en sus formas y fundamentos de la personalidad de la galesa, que últimamente, además de los interesantes álbumes que publica, se ha destacado como productora poniéndose a los mandos de discos de gente tan relevante como Wilco o Deerhunter

La principal cualidad de Le Bon, además de un sonido bastante intransferible, es ese halo de misterio del que sabe envolver discos como el reciente Michelangelo Dying (2025) o el especialmente celebrado Pompeii (2022). Son esas atmósferas, esas melodías envolventes las que hacen especial a su autora y también las que aquí, en este nuevo comienzo para Júlia, imperan, aunque sin dejar que borren de un plumazo toda la personalidad que habían demostrado como dúo en sus tres anteriores discos.

De hecho, ese bajo que abre la secuencia de la primera cara con “Animal” tiene mucho de post-punk. Pero sobre él se van superponiendo de manera juguetona una serie de capas que son las que, ahora sí, generan ese halo ensoñador que va a ser, en cierto modo, la norma. Aunque ese argumento podría rebatirse al escuchar “Rara avis”, que emplea la suciedad de una guitarra distorsionada, casi punk, para jugar un poco  al desconcierto.

Un minuto cuarenta segundos de concisión gamberra que sirven de antesala a la mucho más popera “Ante meridiem”, quizás la melodía más pegadiza del conjunto y en la que dice aquello de “intrigant, sofisticat, com un disc de Cate Le Bon” (intrigante, sofisticado, como un disco de Cate Le Bon). Una pieza central que es seguida en un tono muy similar por el cierre de la primera cara del vinilo: “Baix” juega con un ritmo saltarín y deja claro que lo que antes parecían problemas ya no lo son tanto, aunque no dejen de preocupar.

El disco, así, se configura como una huida hacia adelante, aunque no sin coherencia con lo anterior. De nuevo, el productor zaragozano Carasueño (Javier Vicente), habitual del proyecto, se ha encargado de nuevo de llevar a buen término este álbum tan sencillo y cortito (sólo 24 minutos de duración) que representa también una importante apertura a la accesibilidad, tras la experimentación de Casa (2021), en que Estela se mostraba mucho más críptica como compositora. De hecho, hay hasta ecos C-86 en canciones como “Dalt” (¿continuación de “Baix”?) o folk alucinado en su versión adaptada al catalán de “Oh am Gariad”, original de la omnipresente Le Bon.

También hay synth pop casi ochentero en “Senyal”, que anuncia que “alguna cosa ya ha cambiado para no volver jamás”, una señal que nos indica que este disco va de completar un círculo, de encontrar una salida al atolladero, de volver a ser tú misma. Algo que certifica definitivamente “Totes santes”, un pequeño tour de force que condensa todas las sensaciones y pautas vitales que ha recorrido el disco. Es la pista más larga, y se va desperezando lentamente, mientras nos inunda una sensación de paz, de renacimiento, de luz. Eso es, al fin y al cabo, lo que también obtenemos al abrir la ventana oscilobatiente una mañana cualquiera. Es un nuevo día, cristalino y luminoso, que comienza para Júlia. Un proyecto que parece inagotable en su empeño por alcanzar la excelencia pop.

Escucha Júlia – Oscil·lobatent

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