Entrar a reflexionar sobre los movimientos de una banda tan legendaria, a diferentes niveles, como Laibach daría para páginas y páginas, e incluso tesis doctorales que, de hecho, existen y se pueden consultar. El colectivo esloveno sigue en el negocio de la música para, de nuevo, indagar y desenmarañar (u ocultar o dar dobles versiones) entre las entrañas de los significados dentro de la cultura popular. En sus inicios el colectivo NSK (Neue Slowenische Kunst), del que los eslovacos eran miembros en su facción rock industrial, usaban una iconografía incómoda con el poder político barajando elementos totalitarios (grandes eventos, banderas, uniformes, sonidos voluptuosos…) para cuestionar los sistemas de control desde dentro de las mismos aparatos ideológicos; reinterpretando los códigos del poder a través de música que, en muchos casos, les ha llevado a ser considerados filonazis.
Como dice el filosofo Slavoj Žižek -compatriota de estos y gran defensor de su trayectoria- los autores de Kapital se identifican de tal manera con los códigos que atraviesan el poder que acaban por confundirse en ellos debido a su sobredimensión, y este hecho hace que el espectador, que alguna vez se ha interesado por Laibach, tenga que debatirse en una extraña dualidad: del rechazo más furibundo a esa estética totalizadora y jerarquizada, o dejarse llevar por ese encanto por lo extremo, lo que está fuera de control, lo que induce a flirtear con la idea de salir del sistema establecido y meterse en un atolladero moral.
Tras Spectre (2014) no teníamos noticias de Laibach más allá de conciertos o entrevistas. Su nuevo disco, MUSICK (Mute, 2026), tiene en portada una jeringa que va a inyectar una sustancia directamente en vena sobre un fondo de luces de neón. Somos adictos a un sistema amoral y corrupto que se nos sirve bajo dispositivos, en apariencia, inocuos, pero también ponen en relieve la saturación de estímulos de la época actual en donde los algoritmos nos pone a nuestra disposición -y de forma jerárquica, curiosamente- toda la música que debemos escuchar. La estética puede que sea chocante -aunque la banda ha mutado por senderos siempre inesperados-, pero la ideología que subyace en estos surcos no dista mucho de su ideario primigenio. Del blanco y negro al color: todo propaganda que se reubica y neutraliza nuestra ontología. Tras este telón de fondo de colores chillones se camufla una crítica al sistema capitalista, y lo hace a lomos de canciones pop con regusto kitsch producidas por Richard X (conocido por su trabajo con New Order, Goldfrapp, M.I.A., Sugababes, etc.).
Las canciones van del sonido eurovisivo de “Singularity”, con las voces de Donna Marina Mårtensson a los ecos a Kraftwerk de la canción titular; la música disco de “Fluid Emancipation” con el Auto-Tune como protagonista en una tonada que bien podría firmar Kylie Minogue, pasando por soflamas a la acción colectiva en “Luigi Margione” -título que hace mención al autor del asesinato del CEO de United Healthcare, Brian Thompson– con trote marcial y de spaghetti western, y hasta parecen haber merendado buenas raciones de eurodisco en “Allgorhythm”, esta vez con la aportacion vocal de Wiyaala. Parece una broma aunque es demasiado seria para ignorarla.


















