Manos De Topo + Dolores – Joy Eslava (Madrid)

Manos de Topo ya son grandes. Pero grandes, de los de crecer. Han dejado atrás cualquier atisbo de grupo amateur, se acabaron los sonidos casiotone, en su lugar el viernes sonaron atronadoras guitarras bien ordenadas por el guante blanco de Ramón Rodríguez, el alma de The New Raemon, que como productor de su último álbum se subió a las tablas para seguir amamantando estilísticamente a los de Barcelona. Pero hay cosas que nunca cambian y los Manos de Topo continúan siendo los jerifaltes de los perdedores, de aquellos chicos a los que les pegaban en el instituto. Por eso y otras cosas es sorprendente ver como aún en tiempos de crisis casi consiguen llenar la sala Joy Slava. Pero yo tengo claro el secreto de su éxito y es que de los Manos de Topo se aprovecha todo como del cerdo. Cualquier canción de los tres discos larga duración que han publicado hasta el momento se recibe entre el público con el mismo entusiasmo. Arrancaron con «Animal de compañía» dejando meridianamente claro que ya han dado ese paso que les pedían sus detractores más incrédulos, tan sólo por la peculiar forma de cantar de Miguel Ángel Blanca. Prejuicios lo llaman. Entendibles, pero prejuicios. Lo cierto es que la banda catalano-gallega se ha consolidado como los verdaderos amos del underground nacional, haciendo una especie de arte pop, con mucho tino y al que en escena saben inflarle cada vez más el músculo cuanto más en serio se toman.
Ahí estaba Miguel Ángel Blanca con el pelo a lo Marge Simpson, ejerciendo de enorme Mesías alucinógeno recién llegado de los setenta y colocado de setas, imprimiendo carácter y marcando territorio al frente de esta gran banda ahora además tan bien orquestada. Un sonido pulcro, un sonido conmovedor y unas letras sinceras, de las que juegan con el oyente. Un aplauso constante tocara lo que tocaran. «Tragedia en el servicio de señoras» y el goce disparado desde las primeras filas, ni rastro apenas de esos sonidos jazzisticos tan característicos de sus primeros álbumes, como decimos trocados ahora por unas guitarras potentes y ruidosas, creando nuevo esqueleto a las canciones, que los años no pasan en balde para nadie. «Es feo» y «El cartero» fueron de las pocas concesiones al pasado, y supongo yo que entre otras cosas es porque al bueno de Ramón Rodríguez no se le veía del todo cómodo cuando se salían de su más reciente álbum Escapar con el Anticiclón. De hecho fue el propio Blanca quien entre bromas y emulando a Massiel tuvo que darle la entradilla a Ramón Rodriguez para arrancar con ese tema. Reivindico desde estas líneas una religión en torno a la figura de este grupo, al estilo de la de Maradona, que cuenta entre sus fieles con heteros sureños, gays  heterófobos y los pijos más rancios, todos a una como en Fuenteovejuna. Y como Credo pudiera servir la versión desnuda que hicieron de «Morir de Celos», o el bailecito de caderas que se marcó  Blanca en «Lógico que salga mal».
Dudo mucho que para los bises, con el archiconocido «El pollo frito»  quedara alguien en la sala que no se tomara en serio a estos tarugos antes de entonar «Mejor en pijama» (mientras a mis espaldas se desgañitaban al grito de TEMAZO) y que no acabara convencido de que Manos de Topo se encuentran en la cima y a años luz ya del resto de bandas del actual pop español.
Antes de Manos de Topo, actuaron Dolores, con un set cuidado y tal vez excesivo. Aunque esto se entiende porque en teoría nadie teloneaba a nadie, si atendemos al tamaño de la fuente del cartel que anunciaba su recital. Pena que la voz les fallara y se diluyera entre los decibelios de la electrónica y las guitarras. Digno de aplauso fue su puesta en escena,  que ayudaba a colorear ese pop oscurantista entre el que a veces despuntaban destellos chispeantes guitarreros, con tanta vehemencia que una cuerda de la guitarra se termino yendo al traste. Fuera de la línea editorial de la noche, eso desde luego. Como digo más que correctos y disfrutables, pero al final la espera para ver a Manos de Topo se terminó haciendo muy larga.
 

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