La coherencia de Max Cooper tiene una nueva materialización. Feeling Is Structure, su nuevo álbum, mantiene todos esos matices conceptuales alrededor de la morfología de lo humano que tanto le obsesiona, pero avanza hacia una expansión sonora que, probablemente, ahonde en su complejidad más que en resolver nada. Aunque ese desbordamiento que uno siente frente a esas capas e impactos hacia el exterior podría ser contradictorio con el evidente esqueleto sobre el que el norirlandés viste esta nueva entrega.
Como es habitual en la escucha de su obra, este álbum requiere de un desdoblamiento y una atención profunda, porque solo así, desde esa inmersión en el detalle, se puede acceder a valorar su propuesta. Quien mire atrás, notará diferencias evidentes en cómo ha orientado el marco conceptual, cerrando una hipotética trilogía que formaría el cientificismo de Emergence y el existencialismo de Yearning for the Infinite, pero no pondrá en duda la linealidad de su evolución sonora.
Los géneros se asoman aquí en protagonismos circunstanciales, como un trabajo coral en el que cada actor parece saber su turno. Desde el beat algo roto a las líneas más ortodoxas de una electrónica que coquetea con el techno, el resultado acaba prevaleciendo sobre cierta maraña sonora que nos recuerda su naturaleza experimental. Que la complejidad de su propuesta es parte inherente de la misma o simplemente una herramienta no podemos resolverlo en esta entrega. Pero es válido en la construcción de paisajes que subrayan esa voluntad innata que tiene para crear entornos donde se siguen citando gran parte de la ideas con las que ha trabajado la última década.














