El rock no está muerto y la música hoy día es tan buena y excitante como siempre. Estas dos afirmaciones, a poco que uno haga ejercicio de reflexión, son palmarias. Otra cosa es que el rock no cuente actualmente con lanzamientos que nos agiten por dentro y haya que buscar nuevas sensaciones en territorios sonoros alejados del género.
Y es que, para aquellos que vivimos los 90 con una adolescencia desatada marcada a fuego por bandas tan inmortales como Pearl Jam, Smashing Pumpkins, Soundgarden, Screaming Trees o Afghan Whigs, resulta difícil, por no decir imposible, que el rock en su sentido más amplio pueda generarnos discos o canciones a la altura de aquellas maravillas inmortales. No tiene nada que ver con la capacidad de sorpresa o el paso del tiempo: basta acercarse a las obras magnas de estos y otros tantos grupos para atestiguarlo con los oídos.
A lo que voy, este pasado sábado estábamos de celebración por contar con unos incombustibles Monster Magnet rindiendo homenaje a su discos más salvaje e incendiario: Powertrip (98). Es probable que otros discos del combo que capitanea Dave Wyndorf contengan más filigranas de space rock, psicodelia y sonoridades afines, pero jamás sonaron tan rotundos, seminales y seguros de sí mismos que con este álbum. Celebrar estos temas delante de nosotros tantos años después, se antojaba un ritual intenso y necesario.
Y a buen seguro que lo fue. Una sala abarrotadísima esperaba expectante al monstruo magnético. La banda irrumpió embriagada de presencia y de pegada, con un sonido contundente y nítido. Entre el público no faltó la entrega desaforada, si bien yo hubiera esperado un poco más de desmelene mientras nos arrollaban temas como “3rd Eye Landslide”, “Tractor” o “Crop circle”. En lo personal disfruté con cierto sadismo la exigencia a golpe de riff de “Bummer”, mientras que alguna gente se encontraba totalmente a por uvas. No comprendí que omitieran un tema tan apoteósico como “19 witches”. Tampoco sonó el cierre relajado de “Your lies become you”.
Por supuesto no faltó un bis con temas ajenos al disco protagonista de la velada, destacando su encendida versión de Robert Calvert, “The right stuff”, y el broche de oro con la audiencia gritando y saltando desaforadamente con “Negasonic Teenage Warhead”. Y lo mejor que puedo decir es que se me hizo corto. Algo que, en la era de lo efervescente y la hiper-estimulación, es todo un halago.














