De una indigestión que le llevó a experimentar delirios en un hotel en China y a escribir cosas sin sentido, nace el nombre de la banda de Cameron Picton, antiguo integrante de una de las bandas más aclamadas de la oleada de post punk británico de los últimos años, los Black Midi. De aquellos sueños alucinatorios surge el germen de My New Band Believe, que a la postre significa un nuevo comienzo para Picton tras la ruptura de su anterior banda. No le apetecía seguir jugando a la carta ganadora de continuar con el sonido grandilocuente -henchido de riffs estratosféricos de guitarra y solos de saxo que eran pirotecnia pura (siempre pulida y controlada)- de su legado anterior, así que esta vez ha querido reunir a una serie de colegas de la escena folk y música de vanguardia del Reino Unido -entre ellos se encuentra Steve Noble de los Rip Rig + Panic, en donde, por cierto, empezaría su carrera Neneh Cherry– para tejer un cancionero más centrado en las texturas acústicas, y en unas letras más intimistas. Todo lo contrario, huelga decir, que Geordie Greep hace un par de años con su álbum de debut The New Sound, y eso es algo que muestra las intenciones de nuestro protagonista por ir más allá del cliché ya conocido.
Nos enfrentamos a unas canciones que tienen la virtud de estar siempre en movimiento, como si escaparan de cualquier control -con cambios bruscos de tonalidades y ritmos que son todo músculo- mientras que el maximalismo -que lo hay, pero más temperado- suena más físico, igual de ceremonioso, pero menos dado a la extravagancia pomposa, y más a trasladar al oyente unas canciones de un clasicismo más pop.
La inicial “Target Practice” se acerca al pop barroco con una preciosa sección de cuerda, cambios de ritmo inesperados y toques folk a lo Pentangle. Sin pausa llega “In The Blink of An Eye” en la que las cuerdas tienen, de nuevo, gran protagonismo, así como los constantes cambios de registro que imprime Picton en su voz: del susurro y los silencios intrigantes a las notas más altas con una dicción más teatral.
Los temas más largos del disco se bifurcan por meandros sinuosos: “Heart Of Darkness” pasa del prog de Canterbury al sonido de las cuerdas pinzadas del fingerpicking , pasando por el sophitipop y los aires aflamencados incluso. Una filigrana desatada que pone en jaque las estructuras más convencionales de la canción. Por otro lado, “Actress”, es teatral con sus intensos diálogos entre guitarra y percusiones, sus cambios de volumen, sus transiciones insospechadas que realzan un tema que hibrida el pop con el folk; el yacht rock con la ELO, la fanfarria orquestal con las disonancias.
En “Love Story” pisan el freno, y la belleza de las notas de piano que se imbrican en los acordes de la acústica y las cuerdas nos retrotrae ecos a Judee Sill, “Pearls” se plantea como una fantasía con la que recordar a los The Beach Boys de la época de Surf’s Up, mientras que el tema que cierra este notable disco, “One Night”, es una delicia de folk casi ingrávido con la guitarra acústica como protagonista, aunque la electrónica parasita la dulce duermevela.













