Puede que muchas y muchos no le conozcáis, pero os aseguramos que este disco del que vamos a hablar es para no poca gente aficionada a la música, algo así como un maná caído del cielo que llevaba largo tiempo esperando. Tom Misch ha sido todo un catalizador que necesitaba el jazz, el funk, el hip hop y el pop para converger en algo que convenza a propios y a extraños. Pero a base de eso, el guitarrista y compositor se encontró con un éxito repentino para el cual no estaba preparado.
Las giras constantes, el hito que para tanta gente fue su debut Geography (2018), o su celebrada colaboración con Yussef Dayes, What Kinda Music (2020), merecedora de una nominación a los Ivor Novello, así como lo sorprendentemente masivas que fueron sus pequeñas Quarantine Sessions durante la pandemia, todo eso situó a Tom, un sencillo chaval del sureste de Londres, en la tesitura de no reconocerse a sí mismo: “Sentía que ya no sabía quién era”, dijo en una reciente entrevista con el diario The Guardian.
Y todo eso hizo que en 2022 decidiera parar. De hecho, ni cogía la guitarra. Intentó reinventarse: se mudó a la casa familiar, hizo un curso de instructor de surf, trabajó como barista en una cafetería de Cornualles, como jardinero en casas particulares. Cualquier cosa con tal de encontrar una vía alternativa a la música. Pero claro, al final la música siempre te encuentra. En casa, con sus hermanas (a ellas les dedica “Sisters with me”, una de las canciones de este álbum), en un viaje en autocaravana por Portugal, en otro viaje a Nashville. Al final, las canciones empezaron a acudir a él como siempre, como una vía para existir sin volverse loco.
También empezó a aceptar algunas propuestas. Colaboraciones esporádicas con gente como Ian Fitchuck, compositor de Kacey Musgraves, con el que encontró un socio compositivo muy acertado, su buen amigo el cantautor Matt Maltese, o incluso el legendario mago de la MPB Marcos Valle. Todo eso empezó a germinar en él y la idea de un regreso discográfico se hizo sólida. A sus influencias de siempre, como John Mayer, D’Angelo, Erykah Badu o Robert Glasper, se unieron otras más pretéritas: Joni Mitchell, James Taylor, JJ Cale y otros dioses del soft rock, que inspiraron las nuevas canciones, mucho más orgánicas, sencillas y luminosas.
El fruto de todo ese viaje tiene un título más que explícito: Full Circle. Un círculo que su autor completa a base de once canciones grabadas entre Londres, Cornualles y Nashville y que llegan exactamente cuando casi se cumplen ocho años desde la publicación de Geography, el disco que le puso en el mapa como un insólito talento que parecía la respuesta a las plegarias de mucha gente. Intentar rebasar o igualar listón, obviamente, no entraba entre los objetivos de un hombre que hace música por puro placer, sin pensar demasiado en targets o consecuencias. Sencillamente se deja ser. Y ahí está lo bueno.
Una vez más, la música de Misch se siente como algo completamente natural, ajeno a pretensiones y que surge como una necesidad. Por eso los temas eminentemente íntimos (familia, salud mental, madurez…) son recurrentes en un trabajo en el que no teme en absoluto mostrarse vulnerable. De hecho, lo convierte en un punto fuerte. Logra así esa cercanía, esa complicidad con el oyente que no está al alcance de casi nadie.
La sutilidad de su toque a la guitarra y su voz entre perezosa y amable siguen ahí, como si no hubieran transcurrido esos ocho años. Sigue siendo dueño de un mojo especial, que sobrevuela sus canciones de manera humilde, pero contundente. Y es totalmente imposible escapar a su influjo cuando la secuencia no parece tener fisuras: “Flowers in bloom”, “Red moon” y “Slow tonight” brindan una de esas triadas iniciales que le dejan a uno pegado al altavoz.
Pero es que lo que queda es igual o mejor: la preciosa y sincera “Sisters with me”, la luminosidad desnuda de “Running away”, el tropicalismo de “Running from the flames”, el psych folk resiliente de “Fear can’t hurt anymore than a dream” o la colaboración final con el saxofonista londinense Kaidi Akinibi en “Days of us”, que cierra el disco a modo de perfecto crossover de jazz y pop y nos devuelve exactamente la misma sensación que ya tuvimos con el debut de este músico a la vez tan humano y sublime: que su música es adictiva porque es totalmente real, porque nos lleva por los caminos que realmente queremos recorrer, no por los que nos dicen que debemos ir, porque sus canciones hacen diana siempre y porque, en definitiva, se le echaba tanto, tanto de menos y esto colma tanto las expectativas, que no podemos evitar tener ese sentimiento tan contradictorio que es quedar plenamente satisfechos por algo, pero a la vez esperar con ansia lo próximo. Así pues, ¡que no tarde tanto!













