Se veía venir: esta enésima resurrección de las guitarras protagonizada por los algorítmicamente virales Geese y los algo menos tramposos Lemon Twigs, está trayendo cola. Paralelamente a estos dos fenómenos se está desarrollando todo un culto al lo-fi, es decir, al rock o pop rock hecho a base de métodos de grabación en su mayoría caseros y con material vintage. Un nuevo centro de atención para la crítica musical que encabezan bandas como Sharp Pins, liderados por ese geniecillo llamado Kai Slater.
Pues bien, a Slater le han salido al paso unos serios competidores. Se llaman Twisted Teens y son un dúo procedente de la siempre efervescente Nueva Orleans formado por Caspian Hollywell y Razor Ramone. Pero se diferencian de Sharp Pins en que lo suyo no va tanto de explorar las posibilidades del estudio casero, sino de hacer las cosas desde un punto de vista visceral, crudo y sin filtros. Su última entrega en formato largo -la tercera en su haber y segunda este año- se titula Florida Water Blues y deja totalmente claro que lo suyo no va de seguir ningún hype. Lejos del frenesí eufórico y la inmediatez de su aclamado Blame The Clown, esta nueva entrega es un descenso a la espesura del pantano.
Es el reverso reflexivo, la resaca crepuscular y, en definitiva, el disco más arriesgado de su inclasificable catálogo. El sonido, que podríamos definir como una suerte de cosmic americana garage, fusiona la crudeza sucia del punk lo-fi con el lamento lírico del folk hecho con guitarras jangle (mucho Byrds ahí) y las pinceladas country que deja a su paso el uso de la pedal steel o el fiddle. La voz de Hollywell, que raspa como una lija bañada en bourbon, se desgañita aquí a través de letanías que coquetean con una poesía lúgubre y borrachuza que podría haber escrito el mismo Bukowski, mientras que la steel guitar de Ramone es utilizada menos como un recurso tradicional y más como elemento de bruma distorsionada y caos.
Cortes como «Why Did You Miss It?» o «Hand Me A Cigarette» son pequeños relatos poéticos en los que la alienación y la urgencia juvenil se transforman en himnos tan ácratas como coreables. Teclados y demás detalles dispersos de instrumentación aparentemente destartalada añaden un halo a lo Velvet Underground, como si Lou Reed se hubiera perdido sin remisión en los pantanos del Mississippi.
El tema homónimo, «Florida Water Blues» es una pequeña joya que cabalga melodías pop para servir de banda sonora a un fiestón etílico en un salón lleno de vaqueros punk. Es una de las cúspides del álbum, con su ritmo y melodía contagiosos sobre los que Caspian Hollywell va desplegando su desparpajo con lindezas del tipo “A la mierda si intento seguir adelante y experimentar algo”. Ese lado melódico vuelve a aparecer incluso de forma más clara en “Riding”, con uno de esos estribillos que se le quedan a uno en la mollera durante una buena temporada.
Por su parte, el final con «Sun Go Down» ofrece la otra cara de la moneda y nos muestra a la banda despojada de su maraña eléctrica (pero sin sonar limpia, ojo) para jugar de nuevo al outlaw borracho, o mejor dicho en este caso, resacoso y dar portazo a un disco tan fascinante como airado y urgente. Una especie de estudio a lo gonzo de la masculinidad y el misticismo sureño, filtrado a través de una lente anarquista. Su gran mérito es esa peculiar forma de estirar las canciones que tienen: todas fluyen libres y caóticas, sin importar el tiempo ni los formalismos. Son pura víscera y te atrapan sin dejarte prácticamente respirar. Florida Water Blues no es solo una colección de temas; es un mapa polvoriento para explorar el universo desconocido al que pertenecen este par de colgados, una experiencia inmersiva que se resiste a convivir pacíficamente con prácticamente nada de lo que suena hoy en día.













