091 – Espejismo nº 9 (Universal)
Granada es ante todo belleza. Una belleza que se manifiesta en muchos ámbitos. Arquitectura, gastronomía, el carácter de su gente y también, por supuesto, en la cultura. Y dentro de ella, en, claro, en la música. Los ejemplos son muchos y de sobra conocidos: mencionar a Miguel Ríos, Los Ángeles, TNT, Morente (toda la saga), Lagartija Nick o Los Planetas es casi una tontería. Y me quedo muy, muy corto.
Pero de toda esa lista tan ilustre, falta el que a muchos se nos antoja el pilar fundamental: la columna maestra que, de alguna forma, aglutina toda esa tradición y ha mantenido viva la escena todos estos años. Prácticamente desde su formación, 091 han sido para los granadinos poco menos que una institución. O más bien, un tesoro. Una banda que parte del rock, sí, pero aglutina en sus canciones tanta imaginería, tanta riqueza, que es imposible clasificar sus vinilos en un cajón junto a los álbumes de cualquier otro artista.
Quizá es por eso que lo suyo siempre fue más el prestigio que el éxito. Se separaron en 1996 tras 14 años de carrera y siete magníficos discos de estudio, un poco hartos de intentar superar ese sanbenito de banda de culto y no notar su prestigio en los bolsillos. Volvieron 20 años después, con la suficiente madurez y fuerzas renovadas como para reivindicar una obra cuya importancia permanecía intacta y dar un regalo a sus fans, que lejos de olvidarles les habían seguido esperando como el maná todos esos años.
Su “maniobra de resurrección” se saldó con una gira, un disco en directo y, por fin, uno de estudio que llegaba antes de la pandemia y se titulaba, haciendo honor a su nueva existencia, La Otra Vida. Fue todo un éxito: por primera vez un disco de la banda ocupaba los primeros puestos de las listas a nivel nacional y la crítica también lo encumbró. Llama la atención, por tanto, que se lo hayan tomado con tanta calma para darle continuidad al asunto.
Pero todo llega, aunque sea casi siete años después. Espejismo nº 9 es, como su propio nombre indica, un noveno disco de estudio que se ha gestado a fuego lento, también con proyectos en solitario de los diferentes miembros de la banda por medio. Como siempre con el maestro José Ignacio Lapido componiendo las coplas, pero con una labor de equipo –José Antonio, Tacho, Jacinto– esencial para que los cero suenen a los cero. Meses en el local de ensayo precedieron a la entrada de la banda en el Cobertizo, el estudio que el ingeniero Carlos Díaz tiene en la Vega de Granada, bajo las órdenes de Raúl Bernal, habitual de los discos de Lapido.
Y han acertado en todo, porque el álbum suena como debe. Respira honestidad por los cuatro costados, con un sonido orgánico que se nota bien urdido por la banda y ejecutado con los aliados adecuados en el sitio adecuado. Se nota en cuanto empieza. “Algo parecido a un sueño” nos saluda con las guitarras punzantes marca de la casa, pero a un ritmo medio que permite respirar una melodía donde el teclado (muy presente en todo el disco) también es importante.
Las letras, como siempre, son la marca registrada que diferencia a esta banda de las demás. A Lapido se le podría leer como a los grandes poetas. Siempre acierta al transmitir unas emociones cuya complejidad va mucho más allá de la que se espera de una canción rock. Es un Dylan andaluz que sabe siempre dar a cada canción, sin solemnidades innecesarias, lo que necesita para convertirla en un objeto de reflexión, sin que eso anule la posibilidad de bailarla en un concierto. Lo vemos en la madurez de “Piezas de desguace”, en la fiereza (“Pablo pensaba que las palabras eran armas”) de “Nadie quiere oír tu llanto”, en el romanticismo descarnado de “Ven vestida de nube”, o en el sutilmente reivindicativo y contundente blues “Dormir con un ojo abierto”. En todas podríamos profundizar y encontraríamos cada vez más detalles.
Pero lo bueno es que también podemos, sencillamente, dejarnos llevar y disfrutar del encanto rock de singles tan claros como “No tiene sentido escapar”, “Antes de que salga el sol” o la final “Puede que el tiempo”, todas ellas con gancho suficiente como para convertirlas, automáticamente, en himnos de su repertorio. Cincelan un trabajo que confirma, una vez más, a esta banda como ese tesoro, esa columna maestra no ya del rock granadino, sino del español, que ya demuestra con estas diez canciones haber pasado de su eterna condición de culto a un podio ganador que siempre les estaba esperando. Y ahora es todo suyo.

