1990: Ride – Nowhere (Sire)

Los discos que cambiaron nuestra vida

Otoño de 1990. Un amigo de los de toda la vida, hoy jefe de comunicación en la organización de un festival pionero en España, me llama para que vaya a ver un vinilo que se acaba de comprar…Veo una portada preciosa, una ola transversal, avanzando en medio del mar… y ninguna informació n más. Me fijo en el relieve… ¡RIDE Nowhere!

Después de dos maxis que nos habían hecho fiplar a base de guitarra distorsionada, reverb y sobre todo melodía, por fin el disco largo de la banda con la que una de tantas pandas con 18 añitos recién cumplidos estábamos flipando en aquellos tiempos.

Yo particularmente andaba completamente rendido a los encantos de Slowdive, y empezaba a apreciar esos pasajes con mil y una capas de sonidos, la voz uno más, que escuchados en el walkman, en una extensa playa a ser posible, me transportaban a lo más profundo de ese océano que ahora veía perfectamente reflejado en esa portada…

Ride… Cuatro críos de Oxford, Reino Unido, que habían jugado a cantar una bonita canción y luego rellenarla de innumerables efectos de guitarra, si duda motivado todo por la influencia de My Bloody Valentine. “Chelsea Girl” fue el 1ª single, y muchos ya quedamos atrapados por lo que ahora parece estar otra vez de moda… el Shoegazing.

El término es debido a que por lo visto muchos grupos en UK por aquel entonces disfrutaban con la distorsión, pero siempre cantando las canciones, y además tocando sin moverse, mirándose los pies… No recuerdo dar importancia a ese tipo de cosas, lo único que quería era que mi amigo me grabase cuanto antes ese vinilo, para ponerme los cascos y flipar, transportarme a esos parajes oníricos… algo que me hacía disfrutar de la música como muy pocas veces he vuelto a hacer.

El inicio ya vale todo el disco: “Seagull”, el mejor ejemplo posible de lo que era Ride en sus inicios: feedback mágico, grandioso, a mil por hora, secundado por unas guitarras y una sección rítmica perfectas. Pero ojo, que además había pop (“Kaleidoscope”) y emoción de la que ya no te olvidas (“Vapoir trail”… ¡que momentos en la mítica sala Maravillas!)   

Mención aparte merece la batería… Lawrence Colbert tenía una manera de tocar, marcando los ritmos, redoblándolos, cambiándolos bruscamente… la mayoría de las canciones eran grandes gracias a él: el mejor ejemplo, “Decay”. Dos años después, en 1992, mi amigo y yo nos fuimos hasta Barcelona, a verles en directo en la sala KGB, y recuerdo estar la mayor parte del concierto embobados, viéndole tocar… Hace poco ha girado como baterista de Jesus & Mary Chain, contribuyendo a que los conciertos de la mítica pareja de Glasgow fuesen mas que dignos.

Además, Mark Gardener y Andy Bell (bajista actual de Oasis) contribuyeron, junto al bajista Steve Queralt, a crear una obra que, aunque acabó perdiendo el rumbo definitivamente con el último disco publicado en 1996, Tarántula, ha servido para que tantos y tantos grupos después hayan intentado lo mismo. Algunos casi lo logran (The pains of being pure at heart), otros ni se acercan (The Joy Formidable).

Escuchada ahora quizás haya perdido un poco con el paso del tiempo, pero su importancia, por su belleza e intensidad, en su tiempo, es indiscutible.

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