Sí, siempre se está preparado para un buen chute de rock alternativo, porque uno vivió la década de los noventa debatiéndose entre el auge del grunge (nunca entendí por completo a Nirvana hasta que murió Kurt Cobain, he de confesarlo) y las enésimas paranoias de PJ Harvey o Pavement, entre las que sin embargo encontraba más afinidad y discos que compartir con amistades y allegados. Por eso ver por primera vez en directo a Mourn, barceloneses de educación acústica similar, era una buena oportunidad de confirmar si a partir de ahora pueden gustarte un poquito más de lo que lo han hecho hasta ahora sus discos o por el contrario nacería un nuevo mito en tu discoteca particular. Ni una cosa ni la otra, tras la experiencia, porque tocan los temas de Sorpresa Familia, un disco de lo más apañado, demasiado mimetizados con sus influencias, aunque con picos de diversión como el de “Fun at the geysers” y de penumbra como en “Thank you for coming over”. La impresión es que el cuarteto (el único chico es el batería, un plus en la normalización del rock en tanto a su desprendimiento de connotaciones machistas) tienen un armamento poderoso para hacer canciones tremendas y de que necesitan un tiempo extra para madurarlas e impresionar verdaderamente con ellas, como ya lo hacen en la letra de “Bye, imbecile!” (expeditivos, ¿verdad?). En un próximo concierto exclusivo no perderemos la oportunidad de verlos y entender de nuevo lo complicado que es sonar a algo genuino, por lo que por ahora solo disfrutaremos de lo bien que pueden llegar a hacerlo en el intento.

La maquinaria sonora desplegada por una banda como Belako está perfectamente ensamblada para que sus resortes llenen de ruido (inteligente) y vibraciones (positivas) las paredes de cualquier sala de conciertos. Las de Hangar volvieron a recibirla después de que hace un año más o menos ya presentaran entre estos mismos muros los temas furiosos de Hamen, un disco que desbarató más de un prejuicio y situó a los de Munguía en el centro de la espiral del rock sintético, impulsado tanto por poderosos riffs de guitarra como por programaciones y sintetizadores que no entran en escena pero que cabalgan más que siguen a las melodías. Superar la estridencia e ir al grano, algo normalmente obviado por más de una banda de sus mismas características, es la premisa fundamental. Lograda con creces, sin embargo, gracias a la experiencia que en estos últimos años ha ganado un grupo consciente de sus virtudes y limitaciones, que posiblemente haya tocado ya techo en estudio pero no en directo, a juicio de lo que vimos y escuchamos sobre el escenario.
Su manera de reinterpretar el post-punk los convierte en una banda con un marchamo indudable de personalidad. Desde “Sea of confusion”, uno de los mejores temas que han compuesto, hasta otros puntales de su corta discografía como “Mum” o “Fire alarm”, todos ellos disparados a bocajarro y hasta con perfil noise, hasta el desgañitarse de Cris Lizarraga en “Maskenfreiheit” o “Render me numb”, muestras recientes de un talento aún por explotar en direcciones más precisas. Todo en Belako suena potente, especialmente cuando acometen la fantástica rudeza de “Lungs” y el ritmo amenazante de “Off your shoes” (un auténtico cañón) y “Over the edge”, con la voz de la cantante rompiéndose entre golpes de batería y ondas salvajes de bajo. Una auténtica tempestad que levanta un concierto que por otra parte nunca decae, ni cuando se atenúa en la falsa calma de un mar de teclados en “False step”. Claro que el momentazo de la noche es el esperado, el que significa la culminación con “Track sei”, una canción redonda que ellos saben reconocer en su justa valía, situándola en el lugar que merece en el set list. Francamente abrumador, la verdad, y lo bueno es que no sabes si estás escuchando a un grupo de punk –lo suyo podría serlo, solo que hecho con otros instrumentos-, a unos chicos modernetes que hacen electrónica en la sombra o a una banda de guitarras sin afinar que toca en total compenetración, juega con los amplis y retuerce sus canciones hasta que se reconocen en ellas. Y encima su música se puede bailar. Suenan oscuros, puede que aún más que en sus discos, pero tal vez por eso seducen con tanta facilidad. Hasta “Zaldi baltza”, uno de sus himnos privados cantado en euskera y rescatado de la etapa en la que aún no llenaban salas, quiere ser cantado por toda la sala. El grito, la nota de más, el juego de pedales, las bases galopantes… Poca gente en España hoy hacen rock así de intenso. Catártico, se podría decir.
Los vascos llevan ya siete años destrozando convenciones y sentando precedentes en festivales varios dentro y fuera de España. Son una rara avis, una muestra patente de gusto e inteligencia y un nombre clave en el último rock alternativo de este país. El título de su último álbum ya lo advierte: “Déjame anestesiado, violencia trivial”. Como si ya nada les importara salvo preservar su propia especie.


















