Rocío Márquez hace mucho que dejó de vertebrar todo sobre su voz. Su experimentación vocal y su exploración más allá de la ortodoxia ha sido paralela a la de su desarrollo como artista que sabe y domina el poder de la escenografía. Himno Vertical hay que encuadrarlo en esa ampliación, entenderlo como un todo que transita entre lo físico del registro de una grabación y lo orgánico de su extensión sobre el escenario. Solo así se puede saber que su último lanzamiento discográfico es una caja material de la que emana un universo performativo que completa su visión.
La oscuridad y la tenue luz marcan y dirigen la mirada desde el inicio de la obra. No se escucha esa evidencia sonora de la experimentación con la que abre el disco. Ese registro queda en un plano conceptual, donde ahora lo verdaderamente importante es cómo se despliega ese sentir. Rocío Márquez y Pedro Rojas Ogáyar actúan ceremonialmente, invitando al espectador a asomarse a un espacio que irá ganando intensidad teatral, donde el gesto se traduce en una enmienda a esa rigidez del formato.

Existe algo de ritual y de redención en una supuesta primera parte, una concepto difuso que enmarca los dos primeros actos. Impactante visualmente, la voz y la música acompaña en ese viaje, aunque es difícil e innecesario desvincularlas de lo escénico. En esa catarsis de humo, simbología y minimalismo barroco, Rocío Márquez explora su investigación hasta materializarla sobre los acordes oníricos y raspados de Rojas Ogáyar. Ella se siente protegida en esa experimentación, confiada y segura de que esa plasmación es un fruto natural de cierta tendencia evolutiva.
Sí que se puede apreciar un camino hacia la luz, que concuerda quizá con una fase más estricta de su cante. No obstante, en ningún momento abandona una raíz de la que emana un árbol que se ha convertido en frondoso en lo conceptual. Ese tronco vital, sin el cual no se permite la vida de las ramas, pervive constantemente. Ese camino desde la ortodoxia en algunos puntos forma parte de un relato que se canta y se puntea, que se zapatea o que, simplemente, llega.

Sin abandonar la teatralidad, parece que ahora se resuelve intenso por lo sonoro, abordando la gestualidad como complemento y creando una red de variables sensoriales que trazan la red para que el espectador acabe atrapado en un culto quimérico.
Fotos Rocío Márquez: Rodolfo Contreras – Contemporánea Condeduque





















