Los álbumes que revisan clásicos y actualizan repertorios pasados suelen salir mal. Suenan a maniobras forzadas para revivir catálogos muertos o a preocupante falta de ideas, tienen ahí muchos ejemplos a los que recurrir. A Antonio Luque y su proyecto Sr. Chinarro no pueden achacarle ninguna de las dos cosas tras más de tres décadas de actividad constante; pensando siempre en el disco que está por llegar, incluso cuando se encuentra promocionando el de turno.
Tras su EP David, homenaje al desaparecido David Berman (Silver Jews y Purple Mountains) y antes de lo que será su nuevo trabajo, llega El año de la pera, curiosa maniobra en el sevillano, que desempolva una colección de canciones grabadas antes de 2000. Y digo lo de curiosa, porque no han sido pocas las veces que hemos comentado con él lo de recuperar composiciones de esa etapa pasada y siempre ha preferido mirar hacia delante.
Disponible solo en edición física a través de su web y con la producción de Jaime Beltrán, El año de la pera se entiende y funciona mucho mejor al escucharlo al completo. La ejecución junto a la guitarra de Israel Diezma, el bajo de Alfonso López, la batería de Juande Jiménez y los sintetizadores y coros de Sandra Rubio, -presente en muchas de las versiones originales-, da nuevos aires a unas canciones que si bien pierden parte ese tono lo-fi brumoso con el que nos conquistaron, aportan nuevos matices que en ocasiones las realzan.
Un disco que se centra en gran parte, en la trilogía Compito (1996), El porqué de mis peinados (1997) y Noséqué-nosécuántos (1998), que nos sirve para reencontrarnos con ese peculiar universo lírico que mezclaba el costumbrismo andaluz con la ironía y un surrealismo doméstico que con el tiempo fue reemplazado por unos textos más elaborados. Ese sonido entre Galaxie 500 y los The Cure de The Top que acompaña ecos imprescindibles como «El Idilio» y su particular armonía aquí con la voz invitada de J. Una especie de de copla indie que lo quieran o no, es uno de los himnos chinarros más reivindicados junto con «Quiromántico», ambas han aguantado en los setlist desde entonces y no es para menos, su nueva versión nos recuerda el porqué con sus coordenadas minimalistas, esas guitarras secas y una base muy afterpunk por la que no pasa el tiempo.
Quédense igualmente con las nuevas recreaciones de “Informe para un barco vikingo” o «Puentes de plata» entre el indie-pop melancólico y ese folk abstracto tan característico; con la visita a Compito vía The Smiths de «Papá matemáticas», «Sal de la tarta» y «Su mapamundi, gracias», la recuperación de dos joyas de su disco de debut como esa «Bye bye» que en su día versionó Destroyer y «Mi caracola loca» o el regreso al principio de todo con «Desilusión», el tema con el que se abría Pequeño Circo.
Versiones que respetan el original y han servido como detonantes creativos, como semillas de canciones que están por llegar. Ojalá muchas de ellas encuentren su lugar en próximos directos. Mientras, Luque seguirá avanzando a contracorriente, ajeno a tendencias y algoritmos, levantando disco a disco una de las trayectorias más fértiles, coherentes y dignas que ha dado la música independiente española. Y eso, desde luego, no es poca cosa.

















