Ha sido después de la consolidación de los grandes festivales urbanos cuando disfrutar de la música en directo ha cambiado radicalmente en todo el territorio nacional. La experiencia de los conciertos suma elementos de turismo cultural, descubrimientos gastronómicos y otras actividades de ocio, siempre en relación con la identidad musical del evento y de la propia ciudad que se visita.
Aunque es el espacio sobre el que pivota todo el viaje, los turistas de la música planifican un viaje más completo. La música en directo mantiene el potencial de mover a miles de personas durante varios días, ahora, también, ha transformando la forma en la que el público organiza su tiempo libre, optimizando las escapadas.
Las grandes capitales (Barcelona, Madrid, Valencia o Bilbao), que dedican recursos a ofrecer este tipo de actividades, entienden y aprovechan este cambio de mentalidad. Eventos como Primavera Sound o Mad Cool Festival consiguen que una parte importante del público reserve vuelos, restaurantes y Hoteles en Barcelona o Madrid incluso antes de conocer el cartel completo. La música funciona como un motor turístico de primer nivel, especialmente, como cabe suponer, entre aquellos viajeros jóvenes que quieren mezclar los conciertos de interés con otro tipo de planes culturales y recreativos, alargando la experiencia.
La transformación del público se hace evidente en que, sin dar de lado al artista que quieren ver, aumenta el interés por vivir el ambiente del festival más intensa y completamente, descubriendo nuevas bandas y compartiendo la experiencia con el resto de participantes del evento, tanto nacionales como extranjeros. La sensación de evento colectivo tiene mayor peso, equiparándose incluso con la actuación principal.
Recorrer calles y barrios, como el Poblenou barcelonés, durante el Primavera Sound o por la zona de IFEMA, en Madrid, durante el Mad Cool, es suficiente para entender cómo la música redefine temporalmente la ciudad.
Por otro lado, la evolución tecnológica también aporta una profunda transformación en estos viajes sonoros. Las aplicaciones móviles, por ejemplo, facilitan la organización de horarios, se hace posible el acceso a mapas interactivos, se reciben avisos de cambios en los escenarios o permiten localizar conciertos paralelos repartidos por la ciudad. A eso se suma el crecimiento de las redes sociales, donde el público comparte recomendaciones sobre alojamientos, restaurantes o transportes cercanos a los recintos.
España, siempre tan peculiar en el mundo del ocio, ha logrado un perfecto equilibrio entre los grandes macrofestivales y las propuestas urbanas más cuidadas. Frente a los recintos alejados de hace una década, cada vez tienen más éxito los eventos integrados dentro de las propias ciudades. El público agradece poder salir de un concierto y continuar la noche caminando por zonas con vida cultural, bares abiertos y oferta gastronómica. Ciudades como Barcelona, Valencia o Bilbao han sabido aprovechar esa tendencia para reforzar su imagen internacional vinculada a la música en directo.
Por otro lado, las giras nacionales e internacionales han recuperado fuerza y cada vez resulta más frecuente que un aficionado viaje cientos de kilómetros para asistir a una actuación concreta. El espectador actual busca experiencias memorables, por eso funcionan tan bien los conciertos en salas emblemáticas, los ciclos especiales y las propuestas donde el entorno aporta personalidad a la noche.


















