Desde que se publicó Designer (2019) quedó claro que su autora, Aldous Harding, no era una más dentro de la oleada de artistas que cultivaban el folk psicodélico a finales de la anterior década. No había más que ver sus vídeos, o sus actuaciones en Youtube, para comprobar que estábamos ante una persona de todo menos común. Sus canciones y su interpretación siempre tenían un halo diferenciador, misterioso, que deja de todo menos indiferente.
No es una excepción a esta regla, tras el más disperso Warm Chris (2002), este Train On The Island que ha tardado cuatro años en gestarse. Representa musicalmente un retorno a las formas de discos como Party o Designer, más concretos. Aunque nada, realmente, ha cambiado: su grabación ha tenido lugar, como siempre, bajo las órdenes de John Parrish en los míticos estudios Rockfield de Gales y con su también habitual Huw Evans (H. Hawkline), que se hace cargo de guitarras, voces o bajo, contribuyendo también a la composición en algunos casos.
Pero hay algunas novedades: participa también el guitarrista de pedal steel Joe Harvey-Whyte, la arpista Mali Llywelyn, Thomas Poli a los sintetizadores y el baterista Sebastian Rochford (Polar Bear), un pequeño dream team que contribuye al habitual sonido minimalista, pero sutilmente arreglado, que hace que los discos de la neozelandesa requieran deleitarse con ellos a través de varias escuchas, para apreciar en todo su esplendor lo que suena.
En ese sentido, este quinto trabajo de Harding funciona tan a la perfección que podríamos calificarlo como el mejor que ha hecho hasta la fecha. Y es que es, quizás, el más personal de todos: su concepto parte de una especie de “desdoblamiento de personalidad”, o más bien, de salirse del cuerpo de uno para contemplarse desde múltiples ópticas. Por eso cada canción aquí es una especie de faceta de la personalidad de la autora vista desde un punto diferente. Dichos puntos de vista están representados por un rango vocal distinto en cada pieza, en las que Aldous despliega su capacidad interpretativa de una forma totalmente insólita, incluso para sus propios estándares.
Siempre enigmática en sus textos, ya desde la inicial “I ate the most” nos introduce en la cuestión: “tenía 9 años cuando dejé mi cuerpo”. Esta es la premisa de la que parte la narrativa, a golpe (muy sutil) de sintetizador y caja de ritmos, con una voz grave y casi conversacional que, según avanza el minutaje, se va expandiendo a través de varias capas de coros. Algo que permanece en “One stop”, single de presentación del disco, que cuenta con una voz principal mucho más clara y tendente a tonalidades soul, con la que sigue reconectando con su yo infantil, con Nueva Zelanda, y que, al final, sorprende con un acertado cambio de ritmo que la convierte en una de las dianas del álbum.
Como siempre con Harding, su canciones no son especialmente accesibles en un momento inicial, pero siempre hay algo que, tras varias escuchas, se te empieza a pegar a los oídos para, de repente, ya no soltarte cuando te han pillado bien. Es el caso, por ejemplo, de la canción titular o “Venus in the Zinnia”, su dueto con H. Hawkline, que juega a cazar al pop perfecto entre la niebla, igual que hace “What am I gonna do?” o el estupendo final que supone “Coats”. Composiciones que, uno no sabe por qué, pero son inmensamente seductoras una vez se entra de lleno en ellas.
Nuestra protagonista sabe perfectamente que tiene un sonido peculiar que llama la atención y lo usa para enganchar al oyente, con el que en esta ocasión en especial ha logrado una intimidad que no había alcanzado, al menos en tanta medida, en trabajos anteriores. Además el gran acierto del harpa de Mali Llywelyn o el fantástico trabajo de Rochford aportan un giro de guión y una atmósfera que sienta muy bien a ese objetivo. Aunque, al final, lo que realmente impacta es la intransferible personalidad de esta cantautora, que desarma igual cuando está tan bien acompañada, como cuando anda desnuda de artificios, como en la maravillosa “Riding that symbol”, pieza cúspide de un álbum que es, sin duda, una de las mejores puertas de entrada al universo particular de esta especie de extraterrestre armada con canciones.



















