Bob Dylan – The Witmark Demos: 1962-1964 (The Bootleg Series Vol. 9) (Sony Music)

No hay que hacer mucho caso a los periodistas. Y a Sony menos todavía. Querrán vender que The Witmark Demos es como un disco nuevo de Dylan. Lo harán diciendo que tiene quince canciones que jamás vieron la luz y que, además, la edición monoaural de sus primeros ocho discos lanzada a la sazón es una auténtica revolución. Ni caso.

Esto es mucho más. The Witmark Demos: 1962-1964 es uno de los poquísimos testigos neutrales del Dylan pre-mesiánico; la prueba de que, antes de dios y diablo, fue hombre. Encajado en un estudio minúsculo (cuentan que de apenas dos por dos metros), aquel joven imitador de Woody Guthrie -en esa época rondaba los 20- se sacaba los cuartos grabando temas para que sellos como Leeds Music y Witmark & Sons los convirtieran en partituras y se lucraran con su tráfico.

Por eso se oyen puertas que se cierran (“Masters of war”), divagaciones (“Boots of spanish leather”), canciones que se acaban de forma abrupta (“Man on the street”), avisos del técnico de turno (“Girl from the north country”) e incluso alguna que otra tos incontrolada del cantante (“Watcha gonna do?”, “Blowin’ in the wind”). A nadie le preocupaba que aquellas sesiones sonaran bonitas, y ahí Dylan se movía como pez en el agua: él, solo, con su guitarra y su armónica haciendo y deshaciendo a su antojo. La naturalidad del contexto y la entidad de algunas de sus interpretaciones hacen que éste sea posiblemente uno de los bootlegs oficiales con más chicha de los últimos años; a la altura del editado con el concierto del 66 en el Royal Albert Hall de Manchester y el Rare & Unreleased.

Son 47 canciones las que llenan este disco doble en el que, por supuesto, están los clásicos primerizos: “Blowin’ in the wind”, “A hard rain’s a-gonna fall”, “Masters of war”, “The times they are a-changin” o “Mr. Tambourine” (estas dos últimas, por cierto, con Dylan al piano). De las Witmark sessions es también la interpretación más amarga y gélida de “Don’t think twice, it’s all right” (incluida ya en el bootleg de No Direction Home de 2005), marcada probablemente por el último beso de Suze Rotolo.

El disco está perlado de pequeñas historias cuyo mayor interés reside en las presunciones y presentimientos que suscita. La intensidad, por ejemplo, en el canto de emancipación vital del eterno emigrante que es “Guess I’m doing fine” y “Long time gone”; el espíritu reaccionario y crítico del joven Zimmerman en “The death of Emmet Till”, “Only a hobo” o “Let me die in my footsteps” (“it’s awful long” dice Dylan al interrumpirla); la declaración de intenciones sentimentales que en “Farewell”, “Boots of spanish leather” o “Girl of the north country” no evoca a otra cosa que despedidas y distancia; la facilidad para absorber lo mejor de cada uno, integrarlo en su bagaje y concretarlo en himnos que enloquecerían al lobby hippi-folk como “Blowin’ in the wind”, “A hard rain’s a-gonna fall” o “When the ship comes in” (al piano); y, por supuesto, la impetuosidad juvenil de un Dylan que se atraganta entre la armónica, la guitarra y su propio blues en “Quit your low down ways”, “Baby, I’m in the mood for you”, “Oxford town”, “I shall be free”, “Walking down the line” o “Whatcha gonna do?”.

Y eso es The Witmark Demos: 1962-1964. Una joya vintage que sirve para completar un poco más el enorme e inaccesible puzzle que es, ha sido y será Bob Dylan.

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