Bob Dylan y el mito de Judas. Se cumplen 45 años del mítico concierto del norteamericano en el Free Trade Hall de Manchester

Intro

El 17 de mayo de 1966 el Free Trade Hall de Manchester fue escenario de lo que, 45 años después, es un pedazo importante de la historia del rock.

Entre gritos, abucheos e insultos, Dylan se electrificó en público, y probablemente cambio el devenir de los acontecimientos. El grito de“!Judas!” justo antes de comenzar la interpretación de “Like a rolling stone” es ya un símbolo de la historia de la música moderna.

Te lo contamos en este homenaje a uno de nuestros músicos favoritos.

El mito de Judas y el Royal Albert Hall

por Jorge Salas

Es 17 de mayo de 1966. Sobre el escenario hay una banda arropando a un tipo. Es el cantante, claro. Entallado en un traje gris, luce un caótico peinado y actúa con una altanería insultante delante del micro. “¡Judas!”, le grita alguien entre una abarrotada platea que responde aplaudiendo el gesto y se anima en el interior de lo que parece ser un edificio imponente. El tipo sobre el escenario, que se hace llamar como el poeta Dylan Thomas, responde con calma a los espontáneos, mientras toca unos acordes, con un lacónico “no te creo”; da la espalda al público, como si quisiera buscar alguna mirada amiga, y al poco espeta “¡eres un mentiroso!” ladeando su cara frente al micro mientras se balancea al ritmo de unos acordes incipientes. Vuelve a girarse hacia su banda, y entonces se escucha un“¡tocad jodidamente fuerte!”; los músicos acatan y él, ya de cara al palco, lanza un tímido gesto con su brazo derecho dedicado al público que le había abucheado antes de empezar a cantar. Y entonces suena “Like a rolling stone”.

Así acaba la historia del mito del Royal Albert Hall, con una de las mejores canciones de la historia del rock. Así nace un mito que, como suele ser habitual, tiene tanto de fantástico y dudoso como de glorioso. El mito de un mito.

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Como todo, también tiene algo de mentira. Aquel concierto de Bob Dylan y los Hawks (que luego serían The Band) no fue en el Royal Albert Hall, por mucho que se publicara así; el directo, que circuló durante años como una grabación pirata de la mítica sala de Londres, realmente corresponde al Free Trade Hall de Manchester. Un edificio levantado entre 1853 y 1855 para conmemorar la revocación de las ‘Corn Laws’ que favoreció la doctrina del libre mercado. Sito en St. Peter”s Field, lugar de la ‘Masacre de Peterloo’ de 1819 en la que la caballería cargo contra 80.000 personas, el Free Trade Hall sirvió casi siglo y medio después para hacer escarnio de un americano con muy malas pulgas.

– “Quiero irme a casa. ¿Sabes cuál es tu casa? Ya no quiero ir a Italia, ya no quiero ir a ningún sitio. Acabas estrellándote en un avión privado en las montañas de Tennessee… o en Sicilia”.

– “¿Cuándo te vas a quedar en Estados Unidos? Es decir, ¿cuándo vas a volver?”

– “No lo sé. Sólo quiero volver a casa”.

Había una cola interminable para entrar al Free Trade Hall de Manchester. Tal y como había ocurrido durante la mayor parte del World Tour del 66. Era curioso, la gente se pegaba por entrar en un concierto de Dylan… para poder increparle y abuchearle. Sobre todo hacia el final de la gira, que coincidió con las citas europeas y, más aún, a su paso por el Reino Unido (salvo en Glasgow) donde el público llegaba a hacer sonar sus armónicas para ensuciar el sonido. Dylan respondía con sarcasmo a las provocaciones: “hay un tipo por ahí en busca de un santo”, contestaba en el concierto de Liverpool cuando alguien le preguntaba a gritos qué le había pasado a su conciencia. Aunque en Francia tampoco se quedaban cortos. En la fecha de París, cuando la gira agonizaba, el ambiente era tan insostenible que el propio Dylan anunciaba que tenía tantas ganas como ellos de acabar y largarse; “vamos, voy a tocar una canción folk. ¡Quiero tocar una canción folk! (…) Sabía que os haría feliz”. Así de sarcástico presentaba el poderoso blues de “Leopard-skin pill-box hat”.

Así que lo de Manchester aquel 17 de mayo de 1966 no fue algo extraordinario, es verdad. No sería la primera vez ni la última en la que alguien eligió a Dylan como paradigma moderno de la traición. Tampoco fue un momento especialmente original, pero quedó inmortalizado en uno de los documentos sonoros más importantes de la historia de la música, y eso lo convierte en parte del mito.

Un par de meses después, tras regresar de la gira, Dylan sufriría un accidente con su motocicleta cerca de Woodstock. Las cosas cambiarían de nuevo, y no volvería a salir de gira hasta ocho años después. Pero ese ya es otro tema.

Dos hombres y un grito: ¡Judas!

por Jorge Salas

Normalmente, perder los nervios es una de esas situaciones de las que uno nunca está especialmente orgulloso. Desde luego, no es algo que recordar en tu lecho de muerte. “¿Recuerdas, hace treinta años, cuando le grité abrazafarolas a aquel tipo que nos dio por detrás en el coche?”. No, no creo que se acuerde. Sin embargo, cuando por fin se publicó formalmente el directo de Bob Dylan en el Free Trade Hall de Manchester, dos hombres pugnaron por llevarse el mérito de aquel “¡Judas!” antes de “Like a rolling stone”. Y lo hicieron hasta el día de su muerte.

El primero al que se le atribuyó aquel grito fue un canadiense llamado Keith Butler. De hecho, fue él mismo el que se lo atribuyó en una serie de entrevistas para un especial de la BBC con motivo del lanzamiento del disco a finales de los 90. Butler, que en 1966 estudiaba en Manchester, se lo confesó espontáneamente al presentador Andy Kershaw en una reunión de personas que estuvieron en el Free Trade Hall. “Hola, soy el tipo que gritó “¡Judas!” aquella noche en Manchester”. Tras salir de casa para tomar el aire una noche por culpa de un ataque de asma, Butler acabó en un café donde leyó un artículo sobre la publicación del disco y un documental, “Eat The Document”, de DA Pennebaker en el que se reconocía.

La versión de Butler parecía creíble. En el documental de Pennebaker aparecía furioso al final del concierto. “¡Cualquier maldito grupo de pop podría hacer esta basura! Ha sido una vergüenza. Es un traidor”, decía visiblemente alterado en el vídeo. Tres décadas después, era extraño, pero parecía bastante alejado de lo que se podía pensar de un fanático que se sintió traicionado porque Dylanabrazara la electricidad. “Si te digo la verdad, no recuerdo qué canción está en cada LP”, le decía Butler a Kershaw, que le preguntaba por qué lo hizo: “estaba muy decepcionado con lo que estaba escuchando. Pero cuando realmente me molestó fue cuando tocó aquellas canciones tan bonitas… Creo que fueron dos”. “¿She belongs to me?”, pregunta Kershaw. “No. “Baby, let me follow you down”. Y la otra era “One too many mornings”. Yo era sensible (…) Creo que “One too many mornings” fue la que más me molestó”.

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Sin embargo, y a pesar de que todo parecía estar muy bien hilado en esta versión, al poco tiempo alguien se puso en contacto con el propio Andy Kershaw tras la salida a la luz del documental. Era John Cordwell, vecino de Cumbria, el que ahora se atribuía el “mérito” de haber provocado la versión más rabiosa de “Like a rolling stone”. Cordwell le contó a Kershaw que, en aquel momento, su enfado no era tanto porque Dylan se hubiera pasado al rock, sino porque lo hubiera hecho con un equipo tan malo. “No sonaba como suena el disco”, decía, “además, parecía displicente, un desperdicio comparado con la intensidad de la primera parte”. Sin embargo, el propio Cordwell se excusaba diciendo que “probablemente” había sido incitado por la gente que estaba a su alrededor, que le confesaba que les gustaría haber sido ellos los que llamaran Judas a Dylan.

Cordwell, al igual que Butler, recibió con sorpresa su supuesta aparición en tamaño documento sonoro. Tal y como había circulado desde un principio, la grabación se adjudicaba a un concierto en el Royal Albert Hall de Londres. “Coincidió con la revelación de que alguien afirmaba que era él el que gritaba (Butler), y eso me intrigaba porque no podía entender por qué alguien querría hacerlo. Supongo que lo racionalicé (…) quizá dos personas gritaron “Judas”, pero estoy absolutamente convencido de que soy yo a quien recogen los micros”, asegura Cordwell.

Esa es la historia de los dos hombres que, más de tres décadas después, pugnaron por su derecho de ser la voz que logró irritar al Dylan más ácido de la historia. John Cordwell murió el 11 de julio de 2001 por culpa de un shock alérgico, y Keith Butler lo hizo poco más de un año después tras estar tres semanas ingresado en un hospital; ambos se fueron y nos dejaron sus dos versiones de los hechos para que nosotros juzgáramos. Posiblemente, sólo uno de ellos fue el responsable de engrandecer el mito de aquel directo del 17 de mayo de 1966.

Del amado profeta de la música protesta, a Judas

por Pere Francesch Rom

“A mí me iba bien, ya sabes, cantando y tocando la guitarra. Iba sobre seguro, ¿entiendes?, iba sobre seguro. Y me estaba empezando a aburrir. Ya no podía salir y tocar así. Empecé a pensar en dejarlo. Ante la audiencia iba sobre seguro. Sabía lo que iba a hacer la audiencia, cómo reaccionaría. Era algo automático. Tu cabeza se limita a vagar a menos que encuentres el modo de alcanzar eso y quedarte ahí. Y resulta una lucha tremenda quedarte ahí del todo a solas contigo. Te quita mucho. Y no estoy listo para renunciar a tanto en mi vida. (…) Lo que hago ahora es otra cosa completamente distinta. No estamos tocando música rock. No es un sonido áspero. Está esta gente que lo llama folk rock. Si quieren llamarlo así, algo así de simple, será bueno para vender discos. En cuanto a de qué se trata realmente, no lo sé. Yo no puedo llamarlo folk rock. Se trata de una manera de hacer las cosas. Ha sido algo que se ha ido reciclando. (…) En cuanto a lo que yo era antes, quizá lo estaba exagerando un poco por entonces. Ahora no exagero nada. Lo sé. Sé muy bien cómo hacerlo (…) “ (Entrevista de Nora Ephron y Susan Edmiston, en Positively tie dream, agosto de 1965, recogida en el libro Dylan sobre Dylan).

Tras convertirse en una especie de elegido por Dios en su etapa folk (1962-1964), Dylan decidió romper con todo lo que había hecho hasta el momento y presentarse con un sonido eléctrico. Folk rock lo llamaron algunos. Termino que a él pareció no gustarle: “En cuanto al folk y el folk-rock… La verdad es que poco importan los nombres asquerosos que la gente se inventa para la música. Podrían llamarla música arsénico o quizá música Fedra. No creo que un término como folk-rock tenga nada que ver con  ello”  (Entrevista deNora Ephron y Susan Edmiston, en Positively tie dream, agosto de 1965, recogida en el libro Dylan sobre Dylan.). Su “cambio” le costó insultos y una auténtica marea de abucheos proliferados por sus tradicionales fans hacia su persona allí donde se dirigía. El grito “¡Judas!” al final de su concierto en el Royal Albert Hall hace ahora 45 años es el “insulto” que mejor simboliza lo que supuso ese cambio musical.

Todo el mundo amaba a “Bobby”. Era el “good boy” de “Blowin” in the wind”. Con su acústica y su harmónica surgió como un auténtico valor en auge. El joven cantautor protesta que cantó entrados los 60 que los tiempos estaban cambiando y que consiguió que una sociedad se mirara a si misma y viera algo que no le gustó. En un año, del 62 al 63, Dylan publicó tres álbumes folk con letras históricas: Bob Dylan (1962), The Freewheelin” Bob Dylan (1963) y The Times They Are A-Changin” (1964). “Venía de muy lejos y de muy abajo, ya hora el destino estaba por revelarse. Tenía la sensación de que me miraba a la cara, sólo a mí”, admitió en su fantástico libro Crónicas. Volumen 1 sobre sus inicios.

A Dylan se le ha calificado de múltiples formas y en la mayoría de los casos ha repudiado esos calificados. Parecía como si el éxito y las reverencias no fueran con él. Odió (y seguro que sigue odiando) todos los apodos que le cayeron encima en su etapa folk. Así de claro lo dejó por escrito en Crónicas. Volumen 1 (…) “La contracultura fuera lo que fuese, ya me tenía harto. Me ponía enfermo el modo en que subvertían mis letras y extrapolaban su significado a conflictos interesados, así como el hecho de que me hubieran proclamado el gran Buda de la revuelta, el Sumo Sacerdote de la protesta, Zar de la disidencia, duque de la desobediencia, líder de los gorrones, Káiser de la apostasía, Arzobispo de la anarquía, el pez gordo. ¿De qué demonios hablaban? Eran títulos espantosos, en cualquier caso. Nada más que eufemismos por forajido”.

Con Another Side of Bob Dylan (1964) a pesar de que siguió con su tónica acústica, algo comenzó a cambiar en su sonido, pero fue en el Folk Festival de Newport de 1965 cuando Dylan rompió con sus raíces y no apareció solo en el escenario sino con una banda. Los que habían ido para pasar una velada tranquila y escuchar canciones protesta se encontraron con unas estruendosas distorsiones y guitarras rabiosas. Incluso el músico folk Peter Seeger, muy cabreado, estuvo a punto de cortar el cable del micrófono con un hacha. “Me sorprendió un poco”, explicó Dylan, “pero no puedo condenar a nadie por venir y abuchear; al fin y al cabo, pagaron por entrar. Quizá podrían haber sido algo menos escandalosos y no tan persistentes. Había también mucha gente mayor allí; cantidad de familias enteras que habían conducido desde Vermont, muchas enfermeras con sus padres, y nada, habían ido a escuchar unas relajantes danzas folklóricas. Quizá una o dos polcas indias. Y cuando todo iba yendo de fábula, aparezco yo y el lugar se convierte en una sidrería. Había mucha gente allí muy satisfecha de que me abuchearan. Lo vi más tarde. Me molesta algo, sin embargo, que todos los que abuchearon dijeran que lo habían hecho porque eran antiguos fans (Entrevista de Nat Hentoff, en Playboy, marzo de 1966, recogida en el libro Dylan sobre Dylan.) . En otra entrevista aseguró que no se había sentido “deshecho por aquello. No lloré. Ni siquiera lo entiendo. Vamos a ver, ¿qué van a destrozar? ¿mi ego? Si ni siquiera existe. No pueden dañarme con abucheos“.

En 1965 un periodista le dijo a Dylan que algunos se habían sentido ofendidos por el hecho de que empezara a utilizar guitarras eléctricas. “Es problema suyo”, respondió Dylan, “sería idiota que dijera lo siento porque no he hecho nada malo. Y la cosa no tiene mayor importancia. Tengo una serie de gente que se siente traicionada, que se aficionó a mí hace unos años, pero que tampoco me respaldaba en mis inicios. Y sigo viendo a gente que estaba conmigo en los inicios y sabe de qué va lo que hago”.

A Dylan parecía no importarle las críticas. Daba igual que Dylan diera con su etapa de eléctricas sus tres mejores álbumes convertidos ya en clásicos de la música: Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966). Dylan no perdió su oportunidad para responder a todas las críticas en su tema “Rainy Day Women #12 & 35”, cuando cantó aquello de: “Everybody must get stoned!”. ¿Fue una respuesta al grito de Judas?

Las canciones del 17 de mayo del 66

por Jorge Salas

“Aquí está, directo desde la tumba”, Dylan, momentos antes de salir a escena.

Dylan siempre empezaba todos sus conciertos de aquella gira mundial con un set acústico que mantenía al público en silencio y satisfecho, al menos hasta que se corrió la voz de que había un segundo set perversamente eléctrico.

Aquel 17 de mayo de 1966 tocó las mismas canciones que venía tocando en el último tramo de la gira, y así pasaron a la historia.

Set acústico

1. “She belongs to me”. Los aplausos del auditorio abren el disco antes de que suenen los acordes de “She belongs to me” y Dylanempiece a susurrar “she´s got everything she needs, she´s an artist, she don´t look back”. Los aplausos vuelven en forma de ovación cuando cesa la armónica. Todo va bien.

2. “4th time around”. La misma armónica que cerraba “She belongs to me” abre ahora “4th time around”, una emocionante balada que pasa demasiado desapercibida entre el resto de las canciones del genial Blonde On Blonde. Guitarra, voz y armónica vuelven a provocar los aplausos del respetable.

3. “Visions of Johanna”. Una de las grandes composiciones de Dylan. Si hay una canción que encierra las mejores virtudes de Dylan, sin duda ésta podría serlo: poesía sobrenatural y una voz que se retuerce para alcanzar el lugar más apropiado en cada momento. Él la canta de verdad y el público sólo puede aplaudir otra vez, más fuerte que antes.

4. “It´s all over now, baby blue”. Un clásico. Poesía de resignación y regeneración espiritual interpretada con guitarra y, como no, con la segunda voz de Dylan: la armónica. Los ingleses siguen contentos.

5. “Desolation row”. Once minutos y medio de Romeos y Ofelias, Cenicientas, hermanos bíblicos, Einsteins disfrazados de Robin Hood y Casanovas. Una de esas canciones que desde siempre han alimentado la grandeza y el misterio de lo que hay detrás de Bob Dylan.Una locura prosaica que, aunque el público no acaba de entenderla, recibe el mayor aplauso de la noche.

6. “Just like a woman”. Hay que desengrasar, y nada mejor que esta ligera y entrañable pieza que tanto exige al falsete ya muy maltratado de Dylan. Para compensarlo, una armónica chisposa saca las lágrimas de los amantes del Dylan primigenio.

7. “Mr. Tambourine man”. Hablando de los amantes del Dylan original. “Mr. Tambourine Man” sonó por primera vez en Sarasota (Florida) durante el mayo de 64 y, desde entonces, se convirtió en la canción de toda una generación. En este directo, Dylan la utiliza como cierre del set acústico, con alrededor de 120 segundos de armónica final.

Set eléctrico

1. “Tell me, momma”. Empieza tímida esta canción escrita y tocada por y para la gira del 66 , hasta que a los 50 segundos arranca con la batería y la electricidad. Sensacional la irrupción de un teclado que escala notas entre las guitarras, la batería y un Dylan desatado. Hay aplausos, breves, y ya se empiezan a escuchar algunos rumores.

2. “I don´t believe you (she acts like we never have met)”.  Dylan presenta: “This is called “I don´t believe you”. It used to be like that, and now it goes like this”, y gran parte del público ríe. Dylan, que ha incorporado la armónica al conglomerado de sonido, aumenta los decibelios con sus gritos y cierta parte del público sigue aplaudiendo, aunque al apagarse los aplausos ya se empiezan a multiplicar los gritos.

3. “Baby, let me follow you down”. Aplausos acompasados, gritos y barullo general sirven de perfecta introducción para esta incendiaria versión del tema popular que Dylan hacía aún más suya electrificándola. Seguro que el sacrificio de esta canción de su primer disco enfadó a muchos incondicionales en el Free Trade Hall de Manchester.

4. “Just like Tom Thumb´s blues”. La banda cada vez está más caliente. La interpretación de esta canción incluida en el que, por aquel entonces, era el ultimo sacrilegio del Dylan eléctrico (Highway 61 Revisited) no ayudó a calmar los ánimos.

5. “Leopard-skin pill-box hat”. Un grito interrumpe a Dylan intentando presentar “Leopard-skin pill-box hat”. Lo hace, y alguien lanza un exabrupto que anima al público, que aplaude para intentar imponerse al grupo. Sin embargo, el sensacional blues de la banda suda demasiada electricidad. Uno de los momentos álgidos de la noche.

6. “One too many mornings”. Ya es imposible no escuchar los gritos y el jaleo entre canción y canción. El público está desatado en su intención de reventar el concierto, pero en el escenario no están dispuestos a que lo consigan. Es una guerra abierta. “If you only wouldn´t just clap so hard” , dice Dylan antes de lanzar la versión eléctrica de “One too many mornings”. Aunque no lo parezca, aún hay quien aplaude cada canción.

7. “Ballad of a thin man”. El público sigue a lo suyo pero, es curioso, cuando empieza el órgano de “Ballad of a thin man” los gritos remiten. Dylan y los Hawks han puesto en marcha la máquina del rock: es pesada y se mueve lenta y cadenciosamente al ritmo del teclado de Richard Manuel, pero es imparable. Dylan canta: “algo está pasando aquí, pero no sabes qué es”.

8. “Like a rolling stone”. Llega el momento. Entre las reprimendas y los insultos del público se escucha nítidamente el “¡Judas!” que pasará a la posteridad. Dylan tarda en contestar, y lanza un “I don´t believe you… you´re a liar” antes de que se escuche un “play it fucking loud!”. La máquina se pone en marcha con el mejor de sus temas, Dylan abre bien los ojos y grita con toda su alma aquello de “How does it feel to be on your own?”. Ocho minutos después hay aplausos y gritos. Dylan da las gracias y se retira.

 

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