Con todo dicho y sin nada que demostrar, Triángulo de Amor Bizarro afrontan nueva etapa dejando atrás su XX aniversario y cambiando de sello. Con Mi Catedral, miran a pasado y futuro sacando jugo a todo lo aprendido y construyen esa catedral con los cimientos que vienen de su experiencia, de esa manera de fundir ruido y melodía, sin desfallecer ni dejar de confrontar.
Ahí siguen, como si cada nota de distorsión fuera una viga de resistencia, cada batería un martillo contra lo establecido y cada resquicio melódico una caricia donde refugiarnos. No esperen sorpresas ni cambios de registro, dan lo que se espera de ellos. Desde la fragilidad y las notas de piano que abren «SMT en el palacio real», se empieza a filtrar lo que llega: un puñetazo de distorsión y urgencia que conecta con SED y advierte de que aquí vuelve a haber melodía, pero también veneno. Mi Catedral no es otro disco furioso, se abre otros caminos reconocibles y fieles a su libro de estilo, pero que muestran rendijas entreabiertas y ciertos halos de luz. Ahí tienen «Diosas adolescentes» que emerge como nuevo himno, hipnótico corte bañado de distorsión, deudor del shoegaze más canónico.
Pero donde el disco realmente despliega sus alas es en la gestión de matices. En la enfermiza «Media vida», donde Rodrigo toma el primer plano para hablarnos del tiempo perdido como una cola interminable, la vida convertida en trámite administrativo; en «Este contra Este», con las voces de Isa y Rodrigo en contrapunto, donde hay algo que recuerda a los inicios de The Raveonettes, esa violencia contenida, casi doméstica; «Odio a mi generación» recupera el filo, pero con el objetivo ensanchado que la aleja del mero ajuste de cuentas generacional y se muestra como un manifiesto contra acomodarse. Esto no es postureo, es supervivencia ante un mundo que se cae a pedazos, como proclama «Matar a un rey», la canción más frontalmente política y expansiva, con ese final coral que vaticinamos mantra colectivo en sus próximos conciertos.
«BBBMV a.r.m.a.s» con su ritmo motorik avanza por interesantes derroteros, hay ruido y aire, pero no se abandona la tensión que define cada compás de su música. Por su parte, «La era chapada en oro» es otro de esos giros esperados e inesperados a la vez, con Isa portando un mensaje que suena a epitafio de épocas mejores que nunca existieron. Y qué decir de «Mi catedral», piedra angular donde todo converge, de la turbia «Pat a trenca» o del oscuro brillo de «Sacrificio» que completa un álbum sobresaliente.
Siguen como un adalid contra lo establecido y yendo a su ritmo, sin perder esa personalidad tan marcada y esa honestidad que tiene su música y su discurso. Eso es lo que hace grandes a Triángulo de Amor Bizarro, parte importante de la escena de hace 20 años, de la actual y de la que llegará dentro de otros 20.














