Jack White – Blunderbuss ( Columbia / Third Man Records)

Pues ya tenemos entre nosotros el disco en solitario del Mesías, el genio. Leí una entrevista reciente en el New York Times que lo coronaba como la estrella de rock más extraña, inteligente y que más mola de nuestro tiempo; me llevé las manos a la cabeza, no sé si por la incontenible actitud feladora de Josh Eells o porque es la puñetera realidad. Hay un halo de cierta histeria en todo lo que rodea a Jack White, y lo puedo comprender porque andamos necesitados de héroes. Actualizando a Brecht: estamos jodidos si necesitamos un héroe. Pero es que estamos muy jodidos.

Después de refugiarse en asociaciones más o menos acertadas, White ha acabado sacando un disco al año entre 2005 y 2010; White Stripes, Raconteurs y Dead Weather son el mapa del talento exprimido del músico de Detroit, que añade una nueva coordenada en solitario con este disco. No cuesta mucho seguir las pistas para llegar a Blunderbuss; de no ser porque, sobre todo en su universo lírico, tiene un componente altamente individualista, bien podría haber sido firmado bajo cualquiera de las agrupaciones anteriores.

Así que las preguntas son: ¿es Blunderbuss algo más que otra referencia en la hiperactiva carrera de White? ¿Es Blunderbuss el disco que, por fin, justifica toda esa vorágine de idolatría desesperada hacia Jack White? ¿Es Blunderbuss, en definitiva, El disco? La respuesta a todas esas cuestiones es un no rotundo. Al final de la carrera, de todo el polvo, Blunderbuss no es mejor que Icky Thump y eso no es una gran noticia. Normal que Meg White no le coja el teléfono.

Con todo, como viene siendo habitual en la carrera de White, su disco está por encima de la media; siendo la media un listón cada vez más viejo y triste porque todos lo pasan por arriba. La genialidad de su autor está fuera de toda sospecha, lo que no deja de ser un acicate para mí hígado, que produce ingentes cantidades de bilis en cada escucha de Blunderbuss. Lo hace, sobre todo, por culpa de un comienzo incontestable y un descuelgue igual de contundente. Inspiración y aspiración: el disco te absorbe hacia su interior con las cinco primeras canciones, pero luego te va expulsando poco a poco hasta que lo ves desde fuera como el que ve una escena corriente.

Si hay algo de lo que White abusa en este disco es del piano. Un exceso que, además, resulta más sangrante en tanto en cuanto parece ocupar el privilegiado lugar que hasta entonces tenía la guitarra en la discografía del músico de Detroit. “Missing pieces” (que abre Blunderbuss) es, sin embargo, una maravillosa conjunción de ambos instrumentos; musicando una historia delirante, piano y guitarra (ojo al solo tan ZZ Top) nos llenan las arterias de blues-rock durante más de un minuto antes de finiquitar el tema. Le siguen “Sixteen saltines”, proyectil con el sello White Stripes grabado a fuego desde el primer riff, y “Freedom at 21”; ésta última, posiblemente la mejor canción del disco, con un ritmo demencial y Jack White rapeando con total descaro.

Al inicio de testosterona guitarrera le sigue la acertada contención emocional de “Love interruption” y “Blunderbuss” (¿sonaría así el Desire de Dylan en 2012?), ya con el piano empezando a imponerse. Harto de producir discos (suyos y de los demás), ¿quién le va a decir a Jack “oye, que a lo mejor te estás pasando con los pianos”? Con “Hypocritical kiss” y “Weep themselves to sleep” se confirma que White ha perdido el control con el instrumento de Jerry Lee Lewis. A partir de entonces, sólo la interesante versión del clásico de Rudy Toombs que hizo famoso Little Willie John, “I’m shakin’”, y el maravilloso rock cincuentero de “Trash tongue talker”, ponen algo de sentido entre el desmadre de teclas de lo que queda de disco. Algunas desastrosas (y premonitorias, como “I guess I should go to sleep”), otras salvadas por los pelos de la producción (“On and on and on”) y otras por las cuerdas de una guitarra (“Take me with you when you go”), las canciones de la segunda parte del disco no hacen sino justificar que los delirios de grandeza de White necesitan un freno (¿quizá Meg White?).

“Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia”, decía F. Scott Fitzgerald. La de Jack White es la amenaza constante de ser canibalizado por su propio personaje, y la perpetua exigencia de ofrecer algo más que un producto por encima de la media. Habrá que esperar al siguiente capítulo.

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