IV es, obviamente, como su propio nombre indica en números romanos (aunque se empeñan en decir que se pronuncia “iv” y no “cuatro”), el cuarto disco de esta banda cántabra, pero podría haber sido el tercero. Como algunos les seguimos desde hace tiempo, recuerdo perfectamente el momento en que Iñigo Bregel, su líder indiscutible, anunció en redes que habían sido víctimas de un robo, cuando cargando trastos en la furgoneta en la puerta del local de ensayo, alguien salió corriendo con su ordenador portátil.
Ese ordenador contenía la primera versión de este disco. Un disco en el que, como todo en lo que se embarcan Los Estanques, habían puesto cuerpo y alma. La frustración fue mucha y decidieron dejarlo por el momento y centrarse en el otro proyecto que tenían entre manos, un tercer disco homónimo que apareció el año pasado y que confirmaba todo cuanto prometían en sus dos primeros discos. Ese disco era el producto de su llegada a Madrid desde Santander en busca de nuevos horizontes y el disco perdido, robado, era su lógica continuación: un retrato de las gentes y vivencias que se habían ido encontrando mientras la gran ciudad se convertía en su hogar.
Había, por tanto, que reconstruir el disco y eso hicieron. Tarea árdua y difícil para cualquiera, pero para Iñigo y sus muchachos, una banda totalmente engrasada en directo y dotada de un virtuosismo prácticamente sin parangón en todo el panorama pop nacional, era pan comido. Así pues, de nuevo grabado y producido por Bregel en su propio estudio, IV se configura como un crisol que describe una galería de personajes tan peculiares como las situaciones que los traen a colación. Pasamos así a conocer a “Mr. Clack”, “Juan el Largo”, “Rosario” o “Emilio el Busagre”, todos ellos descritos con la pericia de todo un Ray Davies y musicados con la variedad estilística a que ya nos tienen acostumbrados: pop barroco, frecuentes acercamientos al progresivo, ramalazos funk que derivan de repente en desarrollos jazzísticos o incluso hard rock, todo ello mezclado con pericia casi inhumana.
El resultado viene a ser tan brillante como los anteriores, con el aliciente de que este trabajo puede considerarse la pequeña “ópera rock” de los Estanques. Un concepto algo arcaico hoy en día, sí, pero a ellos eso se la sopla. Lo suyo es marcar la diferencia y salirse totalmente de tiesto, como también lo hacía alguien a quien Bregel no cesa de citar como la gran influencia de este disco: Malcolm Scarpa, un músico madrileño de esos a los que el término “maldito” resulta hasta peregrino, por ser uno de esos tesoros del pop nacional tan subterráneos que ni siquiera muchos entendidos conocen. Ellos han tenido el acierto de reivindicarle justamente por esos retratos de absurdos personajes que él sabía hacer tan bien en sus canciones y por una pericia pop que nunca jamás en nuestro país, hasta la llegada de los Estanques, había lucido tan rutilante.
Y es que en cierto modo, ellos son la misma rara avis que Scarpa era en los años noventa. Una anomalía tan brillante que parece irreal, por eso la perfecta sensibilidad pop que exhiben en “Flor de limón”, la magistral fusión de soul y jazz a lo Chicago (la banda) que plasman en la inaugural “No hay marcha atrás”, la pequeña orfebrería de taza de té cincelado en “Comunión” o esa locura psicodélico-oriental con olor a pachuli que es “Soy español, pero tengo un kebap”, quizá lo más impactante del disco a simple vista, son tan, tan, seductoras. Bregel y los suyos añaden un nuevo capítulo a una meteórica escalada hacia una excelencia que quizá no les haga llenar recintos, pues me temo que el “gusto popular” va por otros derroteros, pero nos sigue dejando a muchos completamente boquiabiertos.
Escucha Los Estanques – IV


















