El tramo final del Festival de la Guitarra, uno de los eventos del año en la capital cordobesa, no sólo nos devolvió a esa suerte de infierno a la que nos suele confinar durante los meses de la canícula, sino que dio la oportunidad de ver y disfrutar sobre el terreno de nombres variopintos pero igualmente importantes en la historia lejana y reciente del rock español.
Más allá de hypes más o menos relevantes (la intrascendencia del fenómeno Siloé o la omnipresencia de los caducos Love Of Lesbian) o tributos pertinentes (la obra de Paco de Lucía revisada por manos expertas o los enésimos sosias de Dire Straits), el escenario del Teatro de la Axerquía se asea con espectáculos como el que protagonizaron tres mujeres, una de ellas varias generaciones por detrás, de recorridos vitales y artísticos convergentes en intensidad y éxito, al menos en el caso de las dos más veteranas. Tanto Aurora Beltrán como Luz Casal han sufrido graves episodios de hospitalización y serias dudas sobre su total recuperación. De ahí que verlas en perfecto estado operativo, una afinando guitarras y la otra exhibiendo amplitud de armario y poderío escénico, sea una experiencia vivificante y casi regeneradora.

Las tablas obligan. Nat Simons, la tercera en discordia en esta ecuación sin demasiadas incógnitas, se unió a la noche más femenina del ciclo presentando las canciones de Pregúntale A Sarah Connor, su más reciente y completo disco. Su presencia impone más que su voz, y sus canciones fluctúan entre el rock melódico de “Alain Delon”, el pop afilado de “Delorean” y las melodías al galope, como la de “Especie en extinción”, secundada por la misma banda que minutos después haría lo propio con Aurora Beltrán, con la que se enfrascó en un tour llamado “Chicas fuertes” hace ya unos cuantos meses.
Una unión inesperada pero no inusual bajo el paraguas de una de las grandes canciones de Tahúres Zurdos, la principal excusa para recuperar hits menores como “Lujuria” o significativos como “Invisible”, amén de paradas incontestables como “Azul”, en la que su autora se recrea con una garganta menos potente pero más matizada. Una alianza en esta ocasión breve, y un escenario que empezó a despejarse para situar en el centro, de blanco impoluto, a la mujer que ha cantado y contado algunas de las páginas más bellas del rock en castellano durante las últimas décadas.

Luz Casal, flor en el pelo y caminar firme, emplaza a la banda en los laterales, uniformados para la ocasión y versátiles en la ejecución (mención especial al gran Tino Di Geraldo en la batería, fiel escudero casi desde los inicios), y sin apenas darnos cuenta combina pasado y presente en los medios tiempos de “¿Qué has hecho conmigo?”, “Volver a comenzar”, “No me importa nada”, “Un nuevo día brillará” y un inspiradísimo “Blues de la cebolla”.
Las coordenadas de su sonido son tan inclasificables como su forma de interpretar, especialmente brillante en el epílogo con tres joyas de la calidad de “Negra sombra”, “Piensa en mí” (impresiona cómo el silencio se apodera de la grada y casi se te mete en los huesos) y la emotiva despedida con “Te dejé marchar”. Las cuerdas vocales de la artista no vibran con la fluidez de antaño, y es en las paradas más importantes del repertorio, léase “Tal para cual”, “Rufino” o “Un pedazo de cielo”, a la que se unen Beltrán y Simons, donde la altura y la profundidad de los versos no alcanzan la misma conjugación. Lo suple con dignidad y gancho roquero en “Me voy a permitir”, seguramente la pieza más destacada de un último disco en el que también hay sitio para versionar “Bravo”, la venganza sentimental que Bambino hizo carne y prosa, y atemperar el ánimo con conciencia y emoción, que es lo que hace en “Nada es imposible” y “Lágrima”.

Mantener el pulso a un concierto donde la templanza casi supera a la ferocidad es algo que sólo se puede conseguir con la calma y la seguridad de los años vividos bajo los focos y millones de kilómetros recorridos. Luz Casal es y seguirá siendo una verdadera estrella, y las verdaderas estrellas son ante todo agradecidas. Su reverencia final, casi acrobática, desmelenada y tímida, sólo es el reflejo de una personalidad artística incontestable.
La presencia y la reivindicación femenina en un mundo tradicionalmente marcado por el obstáculo y la invisibilización hacia la figura de la mujer puede que ya no sea tan necesaria –los tiempos están cambiando, como diría otro de los protagonistas venideros- pero pocas veces en la historia de este evento fue tan indiscutible. Ellas y otras muchas lo seguirán haciendo posible, y sólo podemos rendirnos ante la evidencia.
Fotos: Luz Casal (Juan Ramos), Nat Simons y Aurora Beltrán (IMAE Córdoba)




















