Descubro a Michael Kiwanuka allá por 2012 cuando escuché la desgarradora»Home Again». Ahí empezaba su fulgurante carrera, primero haciendo de telonero de Adele en su primer disco, y más tarde llegando al estrellato gracias a la archiconocida «Cold Little Heart».
Esperábamos al londinense “como agua de mayo” (me permito el chiste fácil porque en mayo de 2020 estaba programado su concierto en Madrid). Después de las suspensiones por pandemia, por fin, asistimos al segundo concierto que ofreció en la mítica sala La Riviera de Madrid. Lleno absoluto en los dos días con un público entregado a este gran músico…como no podía ser de otro modo.
Un breve retraso y una audiencia impaciente presagiaban la que iba a ser una noche para el recuerdo. Cabe destacar la sencillez y elegancia de la puesta en escena donde la ornamentación floral y una iluminación de boite ochentera nos situaron en una atmósfera muy retro y súper cálida.
La presentación de su disco Kiwanuka (2019) llegaba tarde por exigencias del guion (el del pesadito COVID-19), pero es cierto eso que dicen de… “todo lo bueno se hace esperar”. Una banda contundente pero controlada, unas melodías explosivas y a la vez armoniosas, unos coros impecables de Simone Richards y Emily Holligan, pero sobre todo… un artista de los pies a la cabeza que en ocasiones te hace olvidar el gran despliegue técnico y artístico que lleva detrás obligándote a centrarte única y exclusivamente en él. Y es que la sensación que experimentas en sus conciertos no es la de estar de pie en tus 45 centímetros cuadrados de espacio personal rodeado de mil personas, sino que realmente sientes que estas solo y sentado en un sillón de terciopelo azul en la mitad de la noche mientras Michael te acaricia con su gran voz y sus delicados acordes.

Prácticamente nos regaló el último álbum entero sin descanso entre tema y tema, concatenando una melodía con otra con una precisión de relojero suizo pero con la sensibilidad de un enorme músico callejero. Desde el primer segundo Kiwanuka despliega su atemperado folk-soul brindándonos una elegante atmósfera que, en ocasiones nos recuerda al incombustible Van Morrison.
En los bises llegaría el turno de las mejores canciones de su álbum Love & Hate y todos enloquecimos al ritmo de su gran hit «Cold Little Heart» (a veces irreconocible por un ritmo de batería caprichoso y diferente en este tema). «Home Again» nos crea tres minutos de reflexión y recogimiento y nos ayuda para coger aire. Quedaba terminar nuestra orgía musical con la enorme «Love & Hate», con más de siete minutos de brutalidad en el escenario. Y a continuación el silencio. Y después el éxtasis… apoteósico final.
Inolvidable.













