Omara Portuondo – Sala Simfònica de l’Auditori (Barcelona)

En la, según dice la propaganda, infernal Cuba, muchos músicos expresan un profundo amor. Toda una paradoja, tratándose del infierno personificado, a tenor de lo que se nos dice que hemos de creer. La isla de la música no es un tópico, ni una estampita colonial de cabaré, sino una realidad científica, que se estudia en los centros del saber (escuelas, universidad), y se acaba de aprender en la calle. “El tiempo libre es la verdadera libertad” pensó Marx. Sigue dando que pensar a muchos músicos cubanos y, especialmente, a los no cubanos, que no disponen de demasiado (tiempo=innovación, pasión).

Omara Portuondo, de quien dicen que triunfó gracias al regalo de Buena Vista Social Club, a pesar de que lleva más de cuarenta años girando por el mundo representando fidelmente a la música hecha en Cuba, es fruto de esta doble estrategia científica. Música aprendida en la escuela y tradición estudiada con detalle, cuyo corazón late en las calles, las montañas y las costas de la joya más grande del Caribe.

Única mujer de entre todos los que aparecían en Buena Vista Social Club, hay que decir que su presencia, antigua, africana, española, nos remite a una suerte de cantante procedente de una lejanísima época, de cuando los esclavos cantaban sus penas y alegrías en los campos de algodón (esto se lo he robado a IAM). Hija de negro y blanca, Omara habla de afecto en sus canciones, y no deja de recordar el profundo amor que hubo entre sus padres, quienes jamás pudieron expresar públicamente su relación, pues la dictadura de las mentalidades atávicas de la Cuba pre-revolucionaria (¿la buena Cuba?) hacía imposible la unión entre un negro y una blanca. Flor de Amor es el recuerdo de aquellos padres valientes, el testimonio de un amor verdadero, ajeno al racismo. Su madre murió a los 51 años, y tal era la pasión del padre por ella que jamás se juntaría con otra. “Como ella, ninguna”, le solía decir a Omarita su progenitor que, según recuerda la cantante, era un hombre que compartía con la madre todos y cada uno de los quehaceres domésticos y manifestaba sus deseos de igualdad entre la mujer y el hombre, tanto dentro como fuera de casa. Un ser humano avanzado, sin duda, que educó con muy buenas manera a una hija que ya tiene más de 70 años, y que le dedica su nuevo disco, en el que nos explica tan interesante experiencia familiar. Tomen nota, pues, futuros padres y madres.

El concierto fue un poco soso, fruto del aburguesamiento del Auditori, un lugar adecuado para la música clásica y experimental, pero no para los ritmos cubanos clásicos. Las interpretaciones de la orquestina (excelentes músicos), los coros, Omara en sí misma, invitaban a desmelenarse y bailar. Pero con sentido del humor se lo hubo de tomar el personal, mezcla de catalanes y cubanos inmigrantes, imaginándola en un teatro de la Habana Vieja. Que vuelva, pero para tocar en la calle.

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