Pink Floyd – The Endless River (Warner)

Que una banda como Pink Floyd publique disco nuevo con material inédito siempre es una buena noticia. Había cierta expectación, aunque el hecho de que el álbum fuese a nutrirse principalmente de material de la época de The Division Bell (1994) no invitaba al optimismo. Admitámoslo: están los Pink Floyd de Syd Barrett, psicodélicos e irrepetibles; están los de Roger Waters, que llevaron el rock sinfónico hasta sus cumbres más altas llenando estadios con una propuesta ciertamente vanguardista; y finalmente, a bastante distancia, están los Pink Floyd de David Gilmour. Con todos mis respetos al creador del solo de “Comfortably numb” y voz de “Wish you were here”, además de autor/coautor de muchas grandes canciones del grupo.

El álbum, prácticamente instrumental, se abre con un pequeño homenaje a Rick Wright: su voz, extraída de una entrevista de los 70, suena vagamente en el primer corte, “Things left unsaid”, mientras de fondo retruena uno de esos típicos ambientes opresivos y futuristas característicos de la banda. Pronto, sin embargo, se les empiezan a ver las costuras a unas canciones que, en su mayoría, parecen recicladas. Ocurre con “It’s what we do”, que repite una y otra vez pasajes claramente basados en la intro de “Shine on you crazy diamond”; con “Anisina”, que arranca muy similar a “Us and them” hasta que se pierde en un marasmo new age con algún punteo interesante de Gilmour y unos vientos olvidables; o con “Allons-y(1)”, que suena a mash-up entre la intro de “Another brick in the wall” y “Run like hell”. En general la mayoría de canciones parecen, más que grabaciones de la época de The Division Bell, maquetas de las sesiones de Wish You Were Here o The Wall, mientras que “Ebb and flow” o “Surfacing” podrían ser bocetos para alguna banda sonora como las que firmaba Mark Knopfler en los 80 o, peor aún, para esos vídeos de autoayuda que circulan por la red con fiordos, valles, montañas y flores como imágenes de fondo. Sólo algún momento de “Louder than words”, donde podemos disfrutar por única vez de la voz de Gilmour, recuerda vagamente glorias pasadas.

Nada en contra de que un gran grupo publique sus descartes, maquetas o caras B; a veces interesan más, a veces menos, pero la curiosidad y el afán completista lo dan por bueno. Pero si quedan todavía muchas cosas que decir de Pink Floyd, tal como dice el tema que abre el disco, desde luego no eran estas.

 

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