Quimi Portet – Oh my love (Música Global)

Es habitual en músicos de contrastada y longeva trayectoria el empañar el cristal a través del que miran el mundo de un aura de recogimiento, de la emotividad de lo íntimo y de la exquisitez de las recetas caseras. Así, cocinado al amor de la lumbre doméstica, como viene siendo habitual desde que El Último de la Fila pronunciase sus últimas y brillantes palabras como banda puntera del rock nacional, el menú que vuelve a ofrecernos Quimi Portet sabe a tierra, mar y aire, dejando el fuego purificador sólo para ciertos momentos en que se antoja estrictamente necesario. Oh my love, engañoso título en inglés, no encierra sino lo que insinúa, un puñado de bellas canciones de amor, algo dislocadas y con la perspectiva de quien está de vuelta de muchas cosas, pero todavía llenas de emotividad y cómplices con el oyente (eso sí, si no entiende el catalán, lo tendrá difícil para empatizar con ellas).

Como rockero de base, que lo es y de los grandes, no renuncia a aquel instinto primario de meter ruido con su guitarra, y así lo hace en “Fem el ximple”, pero ahora sumerge dicho espíritu en piscinas electrónicas para alumbrar una nueva piel, que incluso puede incitar al baile en “Sunny day”, aunque lo más reseñable de este nuevo fresco del universo “portetiano” es el eclecticismo, que lleva este disco a diferenciarse de los anteriores y mucho más lineales “La terra es plana” o “Matem els dimarts i els divendres”. La incertidumbre a la hora de buscarle etiquetas al trabajo de un simple creador de canciones puede llegar a ser algo realmente satisfactorio, como lo es también escuchar a sus amigos Albert Plá en el recitado de “Rádio infern” y el maravilloso Adrià Puntí en “Carrer Nou”, la nota “freak” tan necesaria en un trabajo de estas características, y la demostración de que su responsable sigue trabajando con los seres queridos, a los que aporta y le aportan un compromiso con una labor fecunda pero poco o nada agradecida.

En una reciente charla que tuve el honor de compartir con él, aseguraba que el secreto de la música popular, de existir, es bien sencillo: el disfrute colectivo. Sí, al leer estas líneas habrá quien piense que ese disfrute sería sólo parcial, puesto que al expresarse en una lengua minoritaria (que hablan “solamente” diez millones de personas) la conexión no podría ser nunca completa. Obviando el hecho de que casi todos nos hemos  quitado los pañales escuchando canciones en inglés, fundamentalmente, y tampoco sabíamos de qué nos hablaban, este octavo trabajo de la ex mitad de El Último de la Fila es un sabio despliegue de ironía, humor cáustico, lucidez y apego a las raíces musicales (ahí está la folclórica “Vida”, que parece sacada del repertorio de cualquier banda hippy de los sesenta) y geográficas (el cántico semi psicodélico y crepuscular a “Girona”), siempre desde un punto de vista escéptico y analizando los devenires vitales a posteriori, sin posicionamientos teóricos y dejándose hacer a sí mismo en la soledad de un estudio de grabación desde el que ha vuelto a producir, componer y grabar la mayor parte de las pistas.

Un hombre sencillo, al que no le importa perder adeptos por el camino con tal de ganar en personalidad y ahorrarse los problemas de tener que permanecer continuamente en lo más alto de las listas. Ahora toca cuando y donde le sale del alma, y no hay nada mejor para un profesional de sus enormes cualidades que tener la conciencia (y las guitarras) bien tranquilas. Aunque eso no impida, como él mismo dice nada más pinchar este álbum, que sepamos que lleva una bestia en su interior.

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