Reino Unido siempre ha exportado, con más o menos acierto y aceptación fuera de sus fronteras, bandas del perfil de The Kooks. Se trata de una especie de producto local empeñado en hacer un indie-pop amable y algo facilón, de pose rockera pero tirando a efectivo, que en algunas ocasiones traspasa la línea de escena ‘alternativa’ para llegar a un público generalista.
De Dodgy o Keane a los mismísimos Coldplay o Travis, pasando por Razorlight, Starsailor, Embrace, Blossoms o Kaiser Chiefs. El listado se antoja interminable y acoge también a unos The Kooks que, pocos días antes de la celebración de su concierto dentro de ‘Noches del Botánico’, consiguieron agotar todas las entradas para la cita en cuestión.
La banda capitaneada por Luke Pritchard correspondió al variopinto público con un refrescante concierto, capaz de realzar virtudes y disimular (en parte) esos defectos en forma de postureo predecible, algo manido y todavía práctico de cara a la sección más impresionables o advenediza de la audiencia. Fuera como fuese, el paso de los británicos por el botánico resultó de lo más adecuado para una noche estival de sábado, con el quinteto de Brighton regalando algunas de los mejores (y más instantáneas) postales que han venido coleccionado a lo largo y ancho de su carrera. Canciones, todas ellas, luminosas, buenrollistas y bien tocadas, con el foco principal buscando la presencia del mencionado vocalista.
Pritchard posee una bonita voz, cristalina y seductora, que resulta idónea cuando se trata de personalizar una veintena de piezas pegadizas y de querencia veraniega tan clara como “She Moves in Her Own Way”, “Sofa Song”, la magnífica “Junk Of The Heart (Happy)”, “Sunny Baby”, “Do You Wanna” o unas “Bad Habit” y “Westside” que podrían haber pertenecido a Phoenix. The Kooks reivindicaron así una carrera que se extiende ya lo largo de dos décadas y suma siete discos de estudio, potenciando sobre el escenario el empaque de canciones tan radiables como esas “Ooh La” y “Naïve” –ambas extraídas de su insuperado debut “Inside In / Inside Out” (Virgin, 05)– que reservaron para los bises, asegurándose así el triunfo definitivo.

El concierto de The Kooks resultó tan intrascendente en fondo como encantador en formas. Una alegoría del poder de la melodía indisimulada y el triunfo del hedonismo más descarado, que no persigue otro fin que no sea la indiscriminada motivación de la felicidad (de fácil consumo) a lo largo de una hora y media protagonizada por canciones de aire clásico. Objetivo conseguido, a pesar de que la reciente limitación de volumen a la que se ha visto obligado el escenario de ‘Noches del Botánico’ (parece ser que por la denuncia de algún vecino) resultará palpable. Un hándicap, de paso, agravado por aquellos y aquellas gilipollas que tienen a bien pagar la entrada de un concierto para emplear el tiempo charlando acerca de un sinfín de banalidades.
Fotos: Fer González (Noches del Botánico)


















