The Magnetic Fields – Love at the Bottom of the Sea (Merge )

Hasta cierto punto es destacable conseguir que unas canciones que en ningún caso superan los dos minutos y medio se hagan demasiado largas. El secreto, claro está, es que ni tan siquiera funcionarían como melodías de anuncio de televisión o de tarjeta de felicitación de cumpleaños. Son aburridas, planas y sin ningún tipo de enganche. Ni siquiera una buena producción ha conseguido sacarlas de la mediocridad y es que, en el mejor de los casos, ya las hemos oído antes y mejor en algún otro momento de la larguísima, y ciertamente irregular, discografía de todos los alter ego de Stephen Merritt.

En Love at the Botton of the Sea, Merritt disfraza a sus The Magnetic Fields con el traje electrónico que acostumbra a sacar los domingos de guardar y cuando graba con sus The Gothic Archies. Pero realmente sus experimentos con el ruido lo-fi de Distortion (2008) y el amable sonido de cuerda, ukeleles y afines en Realism (2010) parecen ahora aventuras bastante más fructíferas que este synth-pop vacuo y facilón en el que echamos de menos un mayor protagonismo vocal del propio Merritt.

Y es que nadie canta a los The Magnetic Fields como Stephen Merritt. Y ciertamente Claudia Gonson o Shirley Simms lo pueden hacer bien, puntualmente quedan de miedo en los coros pero, ay, lo que decíamos antes, en dos minutos da tiempo a escribir una tragedia. Al final Merritt se reserva para cantar solamente en las partes notoriamente gay del disco, que casualidad o no, es donde aún seguimos viendo al que siempre ha sido un letrista genial con un afiladísimo sentido del humor.

Resultaría extraño que alguien pudiese hablar de decepción ante este disco. Hace tiempo que sus discos más nuevos quedan relegados ante la efervescencia y frescura pop de sus primeros álbumes. Comparar  69 Love Songs (1999) con cualquier trabajo posterior es poco menos que una pérdida de tiempo. Aún así el respecto y el cariño deberían seguir intactos. Ya sabemos que hablar de discos de madurez significa enterrar a alguien en vida pero ya estamos en un momento en que sus nuevos álbumes deben ser acogidos casi como epílogos. Como una vez escuché en el sermón de una boda, ahora estamos en el momento en que las aguas bravas del río de la pasión desembocan a la placidez del océano del amor. En ese momento me pareció una metáfora muy cogida por los pelos pero ahora veo que encaja perfectamente con el espíritu, y título, del disco.

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