La música de The Twilight Sad es un universo otoñal, envuelto en atmósferas folk, guitarras densas y una constante sensación de melancolía. Una fusión entre Joy Division y My Bloody Valentine. Sus lanzamientos han sido siempre bien recibidos, tanto por la crítica como por el público y, pese a no haber alcanzado el reconocimiento que merecen, nunca han firmado un trabajo que baje del notable. Siete años han tardado en alumbrar It’s the Long Goodbye (Rock Action Records, 2026), el periodo más largo de silencio en toda su trayectoria.
Un disco compuesto entre el matrimonio, la paternidad —el cantante James Graham fue padre hace unos años—, la pérdida —el fallecimiento de su madre— y la depresión posterior derivada de aquella tragedia. Todos estos momentos vitales —amor, nacimiento, muerte y crisis— han sido el motor que ha impulsado las canciones del álbum.
Graham vuelca en las letras todos sus dilemas, obsesiones y esperanzas. Ello se refleja en las guitarras sobresaturadas de efectos de Andy MacFarlane, el arquitecto sonoro de la formación. Los de Lanarkshire siempre se ha caracterizado por su mezcla de intensidad y catarsis.
It’s the Long Goodbye cuenta con colaboradores de lujo: David Jeans (Arab Strap) a la batería, Alex MacKay (Mogwai) al bajo y el propio Robert Smith (The Cure) —uno de los mayores admiradores del grupo—, que participa en tres temas aportando guitarra, bajo y teclados. Y, por último, Chris Coady, productor de Slowdive y Future Islands, entre otros combos del panorama alternativo.
El single de presentación, «Waiting for the Phone Call», con Smith a la guitarra, se sostiene sobre una base electrónica bailable que contrasta con su letra sombría: «There’s a pain in me no one can see / Gather round and come die with me / Watch me die».
En «Designed to Lose», el fatalismo va de la mano con una melodía pegadiza —canto en falsete incluido—, quizá la más inmediata del elepé. Por su parte, en «Attempt a Crash Landing – Theme», Graham aborda un colapso emocional que lo empuja a tocar fondo, acompañado de una música visceral.
«Chest Wound to the Chest» trata sobre el duelo, sobre heridas abiertas que tardan en cicatrizar. «Back to Fourteen» explora los recuerdos de infancia, con Robert Smith al bajo. Inquietante, la canción evoca fantasmas del pasado que se niegan a desaparecer.
En el abrasivo tema de apertura, «Get Away From It All», McKay asume el protagonismo absoluto. Smith participa con teclados y guitarras en «Dead Flowers» —puro shoegaze—, en el que Graham entrega una interpretación contenida. «The Ceiling Underground», con su piano minimalista y atmósfera folk, remite a los primeros trabajos de la banda. En «Inhospitable/Hospital», pese a su temática sobre la enfermedad, el cantante suena tranquilo, casi en paz consigo mismo. Al fin y al cabo, tal y como ha reconocido en entrevistas, It’s the Long Goodbye es uno de los álbumes más personales de su carrera, por no decir el más terapéutico.
Para terminar, en «TV People Still Throwing TVs At People», Graham llega a una conclusión: «It’s ok to feel this way / I don’t want to feel this way». La única manera de seguir adelante es aceptar el pasado y no mirar atrás. Resulta inevitable trazar ciertos paralelismos con Songs of a Lost World (2025) de The Cure, un elepé con el que comparte muchas de sus temáticas.
Drama, profundidad, resiliencia… The Twilight Sad han logrado lo que pocos grupos consiguen tras décadas de trayectoria: reinventarse sin dejar de ser fieles a su estilo. En cuanto al éxito comercial… ¿a quién le importa mientras sigan publicando grandes discos?
















