The Wave Pictures – City Forgiveness (Moshi Moshi)

“I love you like a madman” era la segunda canción de Instant Coffee Baby, el punto de inflexión en la carrera de The Wave Pictures. Aparecía, retozona, después del fulgor de “Leave the scene behind”, contando historias de Navidad; de comer melocotones directamente de la lata, sin remilgos. De querer a alguien así, como un loco. Esa canción acababa con un divertido solo de saxo, por cierto. Cinco años después parece que han pasado muchos más, posiblemente porque el trío inglés no ha dejado de sacar discos (uno por año) ni de visitarnos, pero algo ha ido cambiando poco a poco. ¿La dieta de David Tattersall? Seguramente. Y cosas que importan también.

El mayor de esos cambios es el que tiene en City Forgiveness su culminación más perfecta. ¿De dónde han salido esos solos de guitarra que Tattersall saca con el vicio exhibicionista del que guarda en la cartera una foto de la novia para enseñarla a la mínima ocasión? Ya estaban antes, sí. Bastante antes, incluso. Desde el principio de los tiempos, germinales, seguramente. Pero era muy diferente a lo que se presenta ahora; ni siquiera ese solo markknopfleriano que abría Long Black Cars (Moshi Moshi, 2012) en “Stay here & take care of the chickens” alcanza el nivel de los de este disco. Ni en calidad, ni en cantidad; en más de una ocasión, mientras suena City Forgiveness, acaba uno pensando en aquello de “camarero, hay un disco en mis solos“.

El nuevo largo de los Wave Pictures es un tributo al exceso a golpe de barroquismo, una oda a la antimodernidad pensada desde el más absoluto de los descaros. En la era del “consume primero y pregunta después“, se me ocurren pocas cosas más desafiantes que un disco doble de hora y media, con 20 canciones y casi un solo de guitarra interminable en cada una de ellas. Los tres primeros temas, que saltan del blues (“All my friends”, “Chestnut”) a la calina exótica y festiva de herencia hermanduner (“Before this day”), duran más de cinco minutos cada una; un cuarto de hora es la mitad del disco de METZ o del último de Triángulo de Amor Bizarro, y un tercio del AM de Arctic Monkeys. Sólo es un aviso: no hay prisa.

Cuenta Tattersall que el origen del disco son las seis semanas que compartieron el año pasado con Allo Darlin´ mientras recorrían Estados Unidos en furgoneta; ahí están “Missula”, “Lisbon”, “Red cloud road (part 2)” o “Atlanta” como ítems del cuaderno de abordo grabados en el estudio. Eso podría explicar el giro bluesy, quizá, pero la incontinencia es la de siempre: Tattersall volvió a Europa con cientos de hojas con apuntes de canciones y las materializó en apenas una semana. Así que el disco doble no es nada conceptual, sino más bien la única forma de darle cuerpo a ese mes y medio americano. Las florituras, para el ballet.

A City Forgiveness hay que quererlo por lo que es: el géiser interpretativo de David Tattersall. En bruto, sin maquillaje. El amor es lo que pasa (o no) cuando se despierta por la mañana. Entre la veintena de canciones hay infinidad de razones por las que amar este disco sin ambages; además de los solos interminables de Tattersall en medio de la vorágine de cremoso blues-rock (“All friends”, “The ropes”, “Tropic”, “Better to be loved”, “Chestnut”), resulta sencillo dejarse engatusar por los episodios de insólita y saltarina felicidad (“Missuula”, “Before this day”, “Red cloud road (part 2)”, “Whisky bay”, “The innattentive reader”), los aires de piano bar (“Atlanta”) o de club de jam session (“Lisbon”, “The woods”, “Shell”). La decadencia final, como casi única dosis de premeditación en el disco, dirige otra vez a la cama: el tema languidece con éxito gracias a “Like smoke”, la acústica sesentera de “Golden syrup” y el blues agarrado de “A crack in the plans”, en orden inverso.

La mención especial va para “The yellow roses”, otro medio tiempo concluyente, esta vez del primer volumen. La mejor canción de City Forgivenesss resulta mucho más desgarradora que las interpretaciones de Bobby Darin y Dolly Parton sobre el significado oculto de una rosa amarilla. Tattersall, con la voz quebrada y el solo más intenso del disco, expulsa en un blues de épica creciente los restos de rabia acumulados cuidadosamente durante años (“I already cried my tears for you, and now I have learnt to resist“); y la realidad es que resulta tan creíble como Robert Plant en “Since I´ve been loving you”.

Y sí: a City Forgiveness hay que amarlo como un loco.

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