Tindersticks – Waiting For The Moon (Beggars Banquet)

En ausencia de paralizantes acontecimientos deportivos, una de las mejores noticias de los años impares es la hasta ahora puntual publicación de nuevo material de Tindersticks. El 2003 no ha sido la excepción, y el sexteto –el original- ha entregado este excepcional Waiting For The Moon. Con este disco, los de Nottingham han dado un paso adelante en la construcción de esa complejísima red por la que conectan unos trabajos con otros, en diversos formatos (bandas sonoras, estudio, directo) y en diversas estructuras, no tan lejanas unas de otras. Así, habría varias formas de clasificar la apasionante obra del grupo: desde las dos fases que van de Tindersticks (93) a Curtains (97) (la “oscura”) y la del binomio que forman Simple Pleasure (99) a Can Our Love (01) (la “luminosa”). Desde otro punto de vista, la discografía de los trabajos en estudio de la banda puede ser vista como una sucesión de discos gemelos: los dos últimos ya citados y los dos primeros Tindersticks. Y ahora, este Waiting For The Moon se trata del par que le faltaba a Curtains.
Olvidadas ciertas características que provocaban que en sus dos últimos trabajos se encontrasen los momentos menos inspirados del sexteto, este álbum recoge la mejor tradición de Tindersticks en una colección de canciones que se mueven entre la angustia y el drama y el romanticismo más clásico, encontrándose ambas tendencias en bastantes ocasiones con esa maestría incomparable que caracteriza a los de Stuart Staples. Como punto de encuentro, las cuerdas (unos cellos que lloran y el violín del gran Dickon Hinchliffe) y los teclados, y si algo se echa de menos con respecto a Curtains es un mayor protagonismo del viento (que levante la mano aquel al que no se le pongan los pelos como escarpias con el dramático crescendo de la inenarrable “Let’s Pretend”), apenas presente en algún momento muy puntual del disco.
De este modo, nos encontramos con un par de canciones que no desentonarían en la banda sonora de una sombría película (la melancólica “Until The Morning Comes” y la bellísima y austera “Waiting For The Moon”), el clásico dueto con voz femenina –esta vez, la hispano-estadounidense Lhasa De Sela– como es “Sometimes It Hurts” (a la altura de los estremecedores “Take Me”, “Buried Bones” o “Travelling Light”), un tema tenso y extenso como es “My Oblivion” o canciones hechas desde las claves más genuinas de Tindersticks (“Trying To Find A Home”, “Sweet Memory”). Para completar el cuadro, una angustiosa “4:48 Psychosis”, quizá el tema más asfixiante de su carrera, una réplica actualizada a “Ballad Of Tindersticks” como es la magnífica “Say Goodbye To The City” –esa contenidísima percusión- y una especie de frivolité como “Just A Dog”, que aporta un punto algo más dinámico al densísimo trabajo.
Observado el impecable conjunto, es evidente que la banda ha recuperado el pulso que hizo de sus tres primeros discos una obra monumental y casi perfecta. Stuart Staples canta como nunca, ampliando y explorando sus registros y convirtiendo su prodigiosa voz en otro instrumento más. La solvencia instrumental de la banda, aún sobradamente demostrada, se pasea en este disco con una flexibilidad asombrosa, apoyada en una producción exquisita. Es decir, una suma de factores que hace de este trabajo un jalón imprescindible en la carrera de este colosal grupo, que vuelve a la carga tan intensos como siempre y brillantes como nunca: abrumadores, inconmensurables, únicos.

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