Corcobado

Javier Corcobado: «Me tiene que gustar mucho un disco para mostrarlo a los demás»

Hay músicos que atiborran teatros, estadios y desaparecen al día siguiente. Y hay otros que se quedan rondando la cabeza como una resaca elegante, una cicatriz que no termina de cerrar. Javier Corcobado es de esos. Una figura de culto, el poeta del exceso, romántico de los escombros y superviviente de una industria que suele premiar lo dócil, llega a una nueva cita con México cargando cuarenta años de canciones, sombras y resistencia.

En esta conversación, charlamos con Javier Corcobado sobre su regreso al Teatro Metropólitan de la CDMX, el extraño privilegio de cantar ahora frente a los hijos (y hasta nietos) de sus primeros fans, la conexión visceral que mantiene con el público mexicano, el estado actual de la música, la uniformidad disfrazada de libertad creativa, el valor de seguir haciendo discos como obras completas y la desmesura hermosa de CADUD, su pieza de 24 horas concebida contra toda lógica comercial.

También hubo tiempo para hablar de literatura, del ego, del oficio y de esa terquedad necesaria para seguir creando cuando el mundo insiste en volverse mediocre.

«Si te aferras a un lenguaje antiguo y no te sabes adaptar a uno nuevo, no vas a percibir las nuevas emociones»

Solitud / Soledad es un disco doble. Solitud presenta material nuevo visceral, mientras Soledad revisita tu pasado con cómplices. ¿Es diálogo contigo mismo o ajuste de cuentas con tu historia?

Yo empecé grabando discos, o sea, publicando vinilos, en el año 1985. Bueno, ya son 41 años, que nos estamos alargando, siempre había querido hacer un disco doble realmente. Era un buen motivo, al ser mi álbum número 20 y celebrar mi 40 aniversario. Para mí es como un disco más. Y como bien dices, para mí un disco es una obra de arte, quise preparar canciones concretamente nuevas para el disco. Además, creo que son las canciones más radiables, las canciones que a más público llegan, las nuevas. Las añejas pretendí regrabarlas con la potencia de mi banda, con más crudeza, quitándoles arreglos orquestales. O sea: guitarra, bajo, batería y guitarra, todo sencillo y directo. Y con algunas colaboraciones de artistas que son amigos míos, con quienes nuestras vidas se han cruzado, como Alaska, que es la artista mexicana, por cierto, aunque viva en España. Ella es la colaboración de México. También Nacho Vegas, Andrés Calamaro, Jorge Martí, Marc de Dorian y Aintziane con G de Gloria, que es mi mujer y también hace sus duetos. Entonces eso creo que ha enriquecido también el disco. Yo no era muy partidario de hacer duetos, pero me lo aconsejaron. Es un disco que opino que cierra una época mía de coplas de rock and roll, digamos, en formato de radio.

Un disco doble exige ambición y riesgo en tiempos donde todo se consume por canciones sueltas. ¿Publicar Solitud / Soledad fue una declaración de humildad artística contra la lógica del streaming?

No creo que sea solo un acto de humildad, sino una obligación que tiene el artista: mostrar una obra de arte que esté bien hecha. Siempre fui muy perfeccionista. La verdad es que hasta que el disco no quedaba como yo lo imaginaba en mi cabeza… y de hecho creo que siempre lo he sido, no es de ahora. Me tiene que gustar mucho un disco para mostrarlo a los demás.

¿Qué crees que pasa actualmente con la música? ¿Crees que se ha perdido ese riesgo emocional?

Yo creo que nunca se pierde. Es una especie de mutación, una mutación que la gente más mayor no entiende. Pero la emoción yo creo que siempre está en la música; en lo digital también, solo que es otro lenguaje. Si te aferras a un lenguaje antiguo y no te sabes adaptar a uno nuevo, no vas a percibir las nuevas emociones. Por supuesto, yo soy alguien que percibe más las emociones de otras épocas, incluso más antiguas que yo. Por ejemplo, a mí las canciones que más me revuelven el corazón o las tripas, en el mejor sentido, son las canciones hechas a principios del siglo XX; las rancheras, los tangos argentinos de Carlos Gardel o coplas españolas de los años 30, ese lenguaje modernista. Sin embargo, luego vas pasando por tantas épocas distintas. Ya en el rock hay tanta variedad, y en la música urbana, en el reguetón, en el trap, en el hip hop… hay tantos subestilos, tantísimos colores, que son inabarcables. Llega un momento en que no puedes abarcar tantas frecuencias distintas de música. Todo se vuelve como una especie de ruido de fondo que ya no te emociona, sobre todo a los que hemos escuchado mucha música. Yo pido a personas jóvenes, incluso niños, que me pongan sus canciones favoritas, y me sorprende que muchas son muy iguales y se basan en un ritmo muy similar, muy de reguetón. Que hay cosas buenas de reguetón, las hay también, yo creo que hay cosas buenas en todos los estilos musicales. Siempre vas a encontrar algo bueno. Pero es muy difícil que lleguen cosas verdaderamente emocionantes. Eso es verdad.

Hoy todo el mundo puede publicar música, pero pocos construyen una obra. ¿La democratización mató la profundidad?

Yo no sé si llamarlo democratización o tiranía del mal gusto. Puede ser, porque hay una tendencia masiva a copiar. Escuchas a un grupo: bien, toca muy bien, pero te recuerda a otro grupo. Estos son como los Ramones, o como los Sex Pistols. Falta originalidad en esta especie de libertad creativa donde puedes hacer lo que te dé la gana en tu propia casa, en un home studio. No tienes por qué ir tampoco a un gran estudio a grabar un disco. Puedes grabarlo en tu casa y el sonido puede ser inmejorable, depende de la masterización. Lo que sí noto, y quizá esté equivocado, pero es mi impresión, es que los jóvenes que hacen un grupo, más que buscar originalidad o evolucionar, quieren pasárselo bien tocando canciones de sus grupos favoritos o que sus canciones se parezcan a las de sus grupos favoritos. Entonces ahí todo se convierte en una especie de copia, de copia, de copia, hasta que llega un momento en que es ilegible y no lo puedes entender. Al menos yo no lo entiendo. Hay cosas que no entiendo por qué están hechas. Por ejemplo, las letras de las canciones. No vale cualquier letra en una canción. No puedes estar hablando todo el rato de “mueve tu culito”. Puedes decirlo, ¿por qué no?, hay muchas formas. Pero no todo el tiempo. Llega un momento en que es como: bueno, ¿y no tienes otro pensamiento?

Has definido CADUD como “un trabajo magno”. ¿Es una provocación poética, una crítica al estado actual de la industria o una despedida simbólica del formato álbum?

Es el trabajo magno de mi vida, un trabajo monumental que al final ninguna disquera quiso sacar, ninguna plataforma. Por su amplitud dura 24 horas y además dura 24 horas en alta resolución, en 24 bits, 48,000 hercios. WAV, no es MP3. Fue una locura de la que a veces me he arrepentido porque me alejó del circuito de la música. Me encerré en un proyecto muy duro y afortunadamente ya se publicó. Para crear la obra tuve que escribir un libro para organizar todo eso: escribí un libro de 24 capítulos que corresponden a cada hora del día. Y ahí fui asignando párrafos para que los demás artistas compusieran la canción. Entre ellos están Vetusta Morla, Edgar Torres, Sixto Venganza, Alex Eisenring, Amaral, Caballero, Reinaldo, Fino, Yonarte, Bruno Galindo, Susana Cáncer, Magmadam, Andrés Calamaro, Nacho Vegas, Bunbury… Y todos respetaron la pauta literaria que les mandé e hicieron su composición.

¿La literatura te permite decir cosas que la música ya no puede?

La literatura, sí quiero utilizar siempre un lenguaje sencillo que pueda leer cualquiera. Detesto los libros en los que tienes que echar atrás y decir: no he comprendido esto, tengo que volver atrás. Está muy bien, algunos son grandes obras de la literatura y merece la pena que sean estudiadas, y de hecho yo las he leído. Pero a mí me gustan los libros con los que la gente se enganche ya en la primera, segunda o tercera página, que no pueda dejar de leer. Eso es lo que tiene la novela de suspenso, la novela de terror o la novela policíaca. Ese tipo de géneros me gusta, aunque yo no lo haga. Yo no soy un escritor de género, de terror o policíaco, pero sí hay suspenso en mis novelas. Y eso me gusta, que la gente se enganche y diga qué va a pasar, no puedo dejar de leer.

Tu obra literaria siempre ha estado impregnada de la misma oscuridad que tu música. ¿Escribes para entenderte o para destruirte?

Es un acto de disciplina. Tienes que partir de una idea básica que sea buena, aunque sea un concepto muy simple, y desarrollarlo, crear personajes y crear historias. De alguna manera, el escritor juega a ser Dios. El escritor puede crear ciudades, puede crear mundos imaginarios. Mira a los escritores de fantasía. Julio Verne inspiró a los científicos: imaginó un viaje en globo, se construyeron globos; imaginó un viaje a la luna, se fue a la luna. Tolkien, con El Señor de los Anillos, imagina mundos fantásticos, nuevas relaciones personales. Entonces el escritor tiene un gran poder sobre la sociedad, y creo que tiene la obligación de ser honesto y de no excederse ni extralimitarse, ni parecerse demasiado a Dios, porque al final eso no es bueno ni para el lector ni para el mismo escritor. Entonces, al final, creo que también las novelas, la poesía y todo lo que se lee tiene que tener un toque satírico y un toque de humor también.

El concierto en el Teatro Metropólitan en la Ciudad de México no parece simplemente una fecha más en la agenda, sino una celebración cargada de memoria: cuatro décadas de canciones, excesos, heridas, reinvenciones y resistencia artística. Frente a una noche así, donde inevitablemente conviven el pasado y el presente, ¿qué versión de Javier Corcobado crees que subirá al escenario: el hombre que mira hacia atrás con balance, el artista que sigue en combate o alguien completamente nuevo que todavía no conocemos?

Yo creo que es un espectáculo que cualquier joven querría ver, me refiero a que, aunque yo lleve 40 años en esto de la música, si yo tuviera 20 años, 18 o 20, y viera a un artista como Corcobado, o digamos, si me hablan de Iggy Pop o me hablan de Tom Waits o algo así, y me invita alguien mayor a verlo, creo que fliparía, este tipo de espectáculo que llevo ya no se hace muy a menudo. Y en el último concierto que hice en México vino gente bastante joven, que ya son hijos de mis fans también; lo que quiero hacer es el mejor concierto de mi vida en el Metropólitan. Queremos montar un escenario que sea como una especie de hogar y trasladar ese sentimiento de hogar a todas las personas que están sentadas en las butacas del Metropólitan, ponerlas a bailar, ponerlas a llorar, ponerlas a reír y hacerlas sentir.

Después de cuatro décadas de camino, de ver pasar generaciones enteras entre discos, noches largas y escenarios encendidos, hoy ocurre algo poco común: frente a ti ya no solo están quienes crecieron con tu música, sino también sus hijos… e incluso sus nietos. ¿Cómo se siente mirar desde el escenario y descubrir que aquello que un día nació como impulso, rabia o necesidad íntima terminó atravesando el tiempo hasta convertirse en herencia emocional para varias generaciones?

Es muy bonito porque, de repente, mi hija y sus amigos, por ejemplo, escuchan mucha música que escuchábamos nosotros a su edad. Hemos hablado de The Cure, Bauhaus, Joy Division, y eso era lo que yo escuchaba en mi adolescencia, como el punk. Y ellos lo están escuchando ahora, están valorando toda esa música que se hacía antes. Como tú bien dices, yo tuve una etapa, digamos, un poco oscura a principios de los 90, y hay bastantes jóvenes que están apreciando ahora ese tipo de música, en el show hay canciones de aquella época. Lógicamente voy a tocar algunas que conviven muy bien con las nuevas, ver a los hijos de mis fans o a sus nietos, como tú bien dices, porque puede ser también, ya que es el Día del Niño… es algo, de verdad, muy especial. Yo creo que para un artista que lleva tiempo es una satisfacción. Igual para un artista más joven, que tiene 30 ó 40 años o tal, pues querrá que le vea gente más de su edad, gente con la que conecte más. Yo prefiero esto. De hecho, además, siempre en México he tenido un público muy diverso, porque al principio venían puros punks y darks. Luego empezó a venir otro tipo de gente más normal, digamos, más melómana, más de la que le gustaba todo tipo de música. Cómo veo yo la poesía, cómo veo yo la música, siempre me dicen que he ido como un paso adelante y, bueno, eso también trae sus consecuencias, que es ser un poco incomprendido a veces. Tienen que pasar los años para ser comprendido. Y creo que ahora es mi momento. Es un momento en el que tanto la gente de mi edad como gente más joven tiene los oídos muy abiertos para escuchar ciertas cosas. Luego están los que no, pero esos han existido siempre: esa gente que solo oye un tipo de música, nada más un tipo de música, y no los saques de ahí. Con lo bonito que es escuchar muchas variedades distintas.

México no es solo una plaza en tu carrera, parece un refugio emocional. ¿Qué has venido a sanar ahí que no pudiste en ningún otro lugar?

Yo siempre he hablado mucho, como poeta que soy, siempre me lo dicen, del amor, de la sangre y de la muerte, de la vida, de la belleza. Son palabras que el poeta utiliza mucho, creo que he sido mejor comprendido allá, en México, que acá en España. No sé, es tan bonito porque yo me siento en México como mexicano también, porque he vivido allí, conozco el país, los conozco, y ya me pongo a hablar allí como habla el mexicano, y lo valoro muchísimo. Amo a México y a los mexicanos. Mis letras siempre han conectado más con el público mexicano. La narración de la muerte en mis canciones, en México, se estima de una manera más artística, más idílica. Y se valora más que acá, porque la percepción de la muerte en Europa es muy disímil, no es tan festivo, está más relacionado con la religión, con lo siniestro, con algo que es muy malo,  allá el Día de Muertos es  pura fiesta.

¿Te enfrentas al público mexicano con gratitud, con deuda… o con la necesidad de volver a conquistarlo desde cero en un Teatro Metropolitan?

En el año 2008 hice allí un concierto en el que me abrió el grupo San Pascualito Rey. Fue todo un éxito y yo me acuerdo de que terminó el concierto y me fui a llorar al camerino de emoción, porque dije: se ha cumplido el sueño. He podido tocar en este teatro. Luego he repetido dos veces más y esta será la cuarta. Y en esta cuarta tengo que quitarme una espinita, porque la última vez que toqué hubo unas fallas de sonido muy graves, que no dependían de mí. Lo repito constantemente: no pude terminar mi repertorio, no se podía seguir actuando por las fallas de sonido. Era algo totalmente ajeno a lo artístico, una cuestión técnica que, claro, a un gran sector del público le molestó. ¿Y quién se lleva la culpa? El artista. En redes lo he explicado mucho y, claro, la mayoría de la gente lo comprende. Pero siempre te tienes que encontrar con alguien que te llama culero porque ha dicho: “No, es que te fuiste”. Y digo, tío, de verdad, no fue porque quise; era imposible seguir la actuación dignamente. Entonces ese es uno de los motivos también por los que este 30 de abril, en el Teatro Metropólitan, tenemos que hacer el mejor concierto de nuestra vida. Tenemos que llevar al primer técnico de sonido que trabajó conmigo allí, con quien he trabajado varias veces y me entiende bien, entiende mi sonido y me entiende todo bien, vamos a procurar que sea el mejor concierto.

¿Este concierto es un cierre simbólico… o el inicio de otra mutación?

Es una especie de ceremonia en la que el público es muy importante. De hecho, hay veces que canta las canciones mucho más alto que yo y casi no oigo mi voz. El público participa de una manera ceremonial, se entrega, se nota mucho. Yo recibo mucha energía del público y es como un toma y daca, una retroalimentación energética que es indescriptible. Lo que me da el público mexicano es inefable, no lo puedo describir. Es algo muy bonito y maravilloso, y muy fuerte también, hay que ser fuerte para manejar ese tipo de energías, hay que estar fuerte y saber ser el chamán, porque prácticamente te conviertes en una especie de chamán que dirige las emociones de todos. Yo quiero hacer eso: quiero hacer el mejor concierto. Luego, superar ese concierto va a ser difícil para mí.

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