No lo vimos venir. Boards Of Canada empezaron a lanzar pistas de su regreso a principios del pasado mes de abril; cintas VHS, pósteres con el símbolo hexagonal del dúo aparecieron en ciudades de todo el mundo, hasta que llegó una audición secreta: Los escoceses han vuelto, y el resultado no podía ser mejor.
Se me ocurren pocas bandas en la historia de la música electrónica que hayan cultivado su mitología con tanta deliberación como los hermanos Mike Sandison y Marcus Eoin. Desde que llegó su obra maestra Music Has the Right to Children (1998), apuntalaron un universo propio perfilado por sintetizadores envejecidos artificialmente, melodías que entre la nostalgia infantil y lo más inquieto, voces manipuladas y una producción que simulaba el deterioro de vídeos analógicos de los años setenta. Su influencia sobre toda una generación de productores de música ambient y electrónica es aplastante.
El IDM, ese género nacido junto a los primeros años de internet encontró en ellos a sus mejores cronistas. Esa distopía a la que nos remitían hace tres décadas se ha hecho realidad y por eso su vuelta es tan necesaria y oportuna. Si alguna vez hubo un momento para que Boards of Canada le pongan banda sonora a un instante, es este.
Inferno, como digo, es magnífico. Dieciocho cortes pensados para escucharse como una mezcla continua que desde los 36 segundos de «Introit», nos abre las puertas de «Prophecy at 1420 MHz», corte que establece de inmediato las coordenadas del álbum: beats cincelados, guitarras escalofriantes y una voz robótica que entona «I am God, the ultimate resonance» sobre sintetizadores muy cinematográficos. La canción marca el rumbo sonoro, pero también conceptual: física teórica, ciclos astrológicos a lo Carl Sagan, profecía ocultista, duda existencial. Si Tomorrow’s Harvest anticipaba el colapso ambiental y el fin de la civilización, Inferno aspira directamente a la cosmología como única salida ante un mundo abandonado por Dios y al borde de la destrucción.
Uno de los puntos más llamativos del álbum reside en el tratamiento de las voces, que dejan de ser textura para convertirse en instrumentos. «Father and Son» convierte una conversación en algo oscuramente cómico y profundamente inquietante con un groove casi funky que recuerda a Tubular Bells. «The Word Becomes Flesh» mezcla una voz robótica al estilo Daft Punk con un documental sobre el desarrollo del embrión humano. “You Retreat In Time And Space” nos lleva a lugares familiares, que remiten a sus inicios. Por su parte, «Age of Capricorn» parece recitar una especie de código sobre drones.
El álbum entero es un ejercicio similar a lo que David Byrne y Brian Eno exploraron en My Life in the Bush of Ghosts (1981), pero en manos de Boards Of Canada suena más urgente, más crítico, más perturbador. Aunque no siempre, porque en medio de todo, hay instantes de belleza como la expansiva «Naraka», que compiten con la épica «Into The Magic Land» o con una «Deep Time» con un tono sinfónico, coral, casi litúrgico.
Estamos ante una obra compleja, que se redescubre en cada escucha y se siente tan sintética como humana, como el latido que acompaña a esa «I Saw Through Platonia» con la que concluye su mejor trabajo desde Geogaddi (2002).

















