Brisa Festival (Plaza de toros de La Malagueta) Málaga

Esta edición del festival malagueño Brisa suponía la celebración del cuarenta aniversario de la mítica banda local Danza Invisible, la cual puede proclamar con orgullo el haber puesto a Málaga en el mapa del pop nacional allá por principios de los ochenta. Para hacerlo aún más especial, la presencia en el cartel de los líderes de dos bandas coetáneas del peso de Radio Futura y Duncan Dhu, (Santiago Auserón, aka Juan Perro, y Mikel Erentxun) sintonizando con la efervescencia de unos cuantos nombres sobradamente consolidados en la escena nacional actual como Dorian, Anni B Sweet, , Miss Caffeina y La La Love You, a los que sumar el descaro y el carisma de una Amaia que parece ya una veterana recién llegada, completando la jugada con la solvente puesta al día de unos Seguridad Social en plena forma y capaces todavía de armar un buen show, y la exuberancia de la propuesta de la artista local Dry Martina, con su miscelánea de funky, soul, jazz y pop, presentados en una cocktail explosivo de sabores y aromas chispeantes, dieron como resultado un fin de semana que quedará en el recuerdo de los asistentes en el emblemático recinto de la plaza de toros de La Malagueta. El alma de Danza Invisible sobrevoló los sets de todos los artistas, a modo de emotiva versión o de colaboración. Por si todo esto fuera poco, ejerció de maestro de ceremonias el gran Julio Ruiz, esa figura imprescindible para entender la radio musical independiente de nuestro país, y cuya sola presencia ya genera reverencia y aplauso, tras tantos años dedicado a descubrir, impulsar y ayudar a innumerables bandas para alcanzar una repercusión que no se podría entender sin él.

La primera jornada contó con los madrileños La La Love You dando el pistoletazo de salida con su pop directo, de estribillo pegadizo e innegable capacidad para hacerlo pasar en grande. Subieron a gente al escenario, contaron con Javier Ojeda para la desenfrenada versión de “Sabor De Amor”, y dejaron para el final ese hit hedonista que es “El Fin Del Mundo” con el que llevaron al público al éxtasis. Actitud, nervio y decisión como ejes motores de una banda enormemente divertida, sinónimo de fiesta. A continuación, José Manuel Casañ y los suyos, Seguridad Social, entregaron un set ágil, bien hilvanado y demostraron que sus canciones han envejecido con dignidad, resultando todo un encuentro con la nostalgia noventera de los asistentes. Con una banda más que experimentada y un sonido excelente, “Comerranas”, “Mi Rumba Tarumba”, “Chiquilla” o “Quiero Tener Tu Presencia” dejaron una sonrisa llena de felicidad y gratitud. Y es que parece no haber pasado el tiempo por ellos.

Hablando de tiempo, bastante bien lo han aprovechado en su fulgurante carrera Miss Caffeina, que cuentan ya con una nutrida legión de seguidores que se han ido sumando a la causa, y cuyo synth-pop que tanto bebe de los ochenta, y con una puesta en escena contundente y atractiva, desplegaron todas sus armas en la noche malagueña. Alberto Jiménez, cada vez más cercano en estilismo y actitud en vivo a Brandon Flowers, disparó con tino los estribillos coreables de sus hits “Mira Cómo Vuelo”, “Oh! Sana”, o la más reciente “Por Si”. Para el final quedaba la vuelta de Dorian con su notable Ritual (Nacional Records, 2022) bajo el brazo, en una nueva demostración de su capacidad para hacer bailar y envolver al público en sus palpitantes melodías que manejan el pop electrónico con incuestionable destreza y precisión. Siempre vibrantes, con una actitud intachable y sobrados en singles reconocibles a la primera nota, nunca es suficiente cuando se trata de quedarse a vivir en los ritmos de “La Tormenta De Arena”, “Los Amigos Que Perdí”, “Verte Amanecer”, o el himno “Cualquier Otra Parte”. Por aquí los recibiremos siempre con los brazos abiertos.

La jornada del sábado contaba con un momento bien marcado en rojo, como era ese concierto tan especial y esperado de Danza Invisible, por ello fue la que contó con mayor asistencia de público hasta alcanzar el sold out. Abrió Anni B Sweet, que tuvo que lidiar con el infortunio en forma de instrumentos perdidos por una compañía aérea a su banda, los imprescindibles Rufus T Firefly, transformando lo que iba a suponer su reencuentro eléctrico con el excelente Universo Por Estrenar (Subterfuge, 2019) en un delicado e intimista semi-acústico que corroboró su capacidad para llenar el escenario con su privilegiada voz, siendo capaz de reconducir la situación para ofrecer un directo que debería ser ya parte de la historia de este joven festival. Emocionantes fueron las tomas de “Hormigas”, “Juramento”, “Un Astronauta” o ese tremendo intercambio de versiones de “Sola Con La Luna” y “Por Ahí Se Va” con Javier Ojeda, capaces de crear un espacio único en el que sus matices flotaron ingrávidos y envolventes acariciando nuestras almas sin importar nada más que lo que allí estaba sucediendo.

El esperado broche con “Buen Viaje” dejó un inmejorable sabor de boca que hizo olvidar las vicisitudes sufridas por los protagonistas al ofrecernos la posibilidad de saborear sus melodías de seda desde otro ángulo, uno que resultó cálido y cercano a más no poder.

Tras este concierto tan especial, el relevo vino de la mano de, ni más ni menos, Santiago Auserón, historia viva del pop-rock patrio, símbolo de una generación, y poseedor de una carrera más que notable bajo el pseudónimo de Juan Perro. Poco que decir a estas alturas de una maquinaria tan engrasada como la que forman él y su banda, y que deleitó con un dominio de las tablas abrumador a un público hambriento de sus historias siempre descarnadas. En este caso, la versión de Danza Invisible elegida fue “A Este Lado De La Carretera”, y la suma de Auserón y Ojeda resultó magnética. Con el ambiente bien caldeado, Mikel Erentxun desarrolló un repertorio generoso en números propios y en triunfales paradas en la exitosa trayectoria de Duncan Dhu.

“Una Calle De París”, “Cien Gaviotas”, “Esos Ojos Negros” o “En Algún Lugar” son historia viva de nuestro pop, y alcanzaron el cielo en su estupenda interpretación en vivo. El terreno ya estaba preparado para el baño de masas de Danza Invisible, que soplaron velas ante los cinco mil asistentes que abarrotaron el coso malagueño, en una noche para recordar, y que supuso un merecido homenaje a una banda que abrió camino y que a día de hoy, luce como emblema y orgullo de una ciudad que siempre los ha querido y admirado. “Por Ahí Se Va”, “Reina Del Caribe”, “A Este Lado De La Carretera”, “Sin Aliento”… múltiples son las bondades de su repertorio que atacaron como si fuera la última vez que las tocaban. La eterna “Sabor De Amor” hizo que retumbaran los cimientos no solo ya de la plaza de toros, sino de toda la ciudad.

Para el remate quedaron dos propuestas frescas que vinieron a cerrar un Brisa Festival que a priori parecía tener un carácter eminente nostálgico, pero que ha sabido tejer un hilo conductor enormemente coherente al establecer un vaso comunicante entre el pasado y el presente de nuestro pop, en un espectro tan dinámico y abierto a la retroalimentación como es el musical. Unas bandas beben de otras, son capaces de poner al día propuestas que parecían enterradas, y las devuelven a la palestra demostrando su vigencia e importancia en la evolución y el descubrimiento de nuevos campos. Las raíces siempre deben estar presentes cuando se trata de crear y buscar la emoción y la conexión con el oyente. La riqueza radica en saber recurrir a ellas con sabiduría, talento y visión. Y en estos tres días de excelentes vibraciones musicales, hemos podido experimentar este sentimiento de manera recurrente.

Dry Martina supusieron un auténtico baño de ritmos bailables, con el ojo puesto en la fusión de funky, soul y una irresistible pátina de sonido Motown, haciendo que su paso por el escenario se hiciera demasiado corto, y dejando con ganas de más, tras una inmersión por un cancionero que invita a bucear en él con mimo y atención.

Para el final, quedaba uno de los platos fuertes de esta edición del festival: el debut en la capital malagueña de Amaia, una rara avis de las que surgen cada mucho tiempo, ajena a modas, que ha sabido manejar su carrera con enorme madurez y sensatez, y que levanta admiración y genera perplejidad, ya que con apenas veintitrés años atesora una popularidad y un éxito que hubieran hecho perder la cabeza al más pintado, y sin embargo es capaz de seguir componiendo canciones de pop atemporal a su ritmo, sin buscar gustar a nadie, siendo ella misma y derrochando naturalidad y sencillez. Salió al escenario rodeada de su banda y desde el primer momento se mostró del todo agradecida ante un público rendido a sus pies que había estado esperando este momento durante mucho tiempo. De ahí la sensación de ceremonia, de encuentro en la cumbre entre una artista que cuida a sus seguidores y unos fans que la adoran y la tienen como referente. Es por ello que durante lo que dura su concierto, poco importa el poso naíf de sus letras, esa encantadora mezcla de inocencia y dulzura que suena tan natural en ella, y uno acaba conectando por su manejo arrebatador de las tablas, admirando su capacidad para llenar el escenario y rindiéndose ante un fenómeno de esos que consiguen poner de acuerdo a (casi) todo el mundo. Ya fuera al piano, o abrazada al calor de sus excelentes músicos, el suyo fue un show total en el que no faltaron singles de pop radiante y radiable en un mundo ideal (“Bienvenidos Al Show”, “Quiero Pero No”, “La Vida Imposible”, “La Canción Que No Quiero Cantarte” o “Dilo Sin Hablar”), momentos de recogimiento e intimidad al piano que pusieron la piel de gallina (“Yo Invito” consigue erizar la piel como la primera vez), o una eufórica parada en ese feliz encuentro con Alizzz que suena a himno generacional.

La vida en los ojos de Amaia conserva esa genuina sensación de autenticidad que merece ser disfrutada con la satisfacción de que lo mejor, aún está por llegar. Y mientras tanto, contaremos las horas que faltan para que la música vuelva a sonar en el Brisa 2023.

Fotos Brisa Festival: Javier Rosa

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