Quien quiera que vea el más que recomendable documental El Origen de los Red Hot Chili Peppers-Nuestro Hermano Hillel, de reciente estreno en Netflix, estará de acuerdo en que uno de sus momentos más emocionantes (y no hay pocos) es ese en el que Flea -Michael Peter Balzary (Melbourne, Australia, 1962)- cuenta con lágrimas en los ojos como Hillel Slovak, el guitarrista original y germen de la banda al que está dedicado el docu, tuvo la suficiente confianza en un freak como él como para decirle que cogiera un bajo por primera vez y se uniera a la banda que tenía en mente formar. Algo que, como imaginarán, le cambió la vida.
Ver eso y después la actuación de Flea y su big band en el show de Jimmy Fallon hace unos días da una dimensión de la enormidad de logros de un personaje totalmente hecho a sí mismo y que gracias a esa confianza depositada en él por un amigo, ha llegado a la estratosfera. Porque es así, esa actuación y el disco que nos ocupa, Honora, representan la cúspide de un talento que siempre supimos que estaba ahí, en una esquina del escenario pegando brincos y tocando el bajo como nadie, pero ahora podemos certificar que es capaz de tocar el infinito con voz propia.
Y es que el de Flea es un talento que es mejor dejar en libertad. Una libertad que sólo puede proporcionar el jazz y la falta de sometimiento a la atadura de una banda con más cabezas pensantes. De hecho, es todo un síntoma que cada vez más músicas y músicos de rock y pop se paseen por el género. Algo tendrá, que hace que asumir planteamientos de hard bop o jazz espiritual sea hoy lo más moderno del mundo. Quizás por eso tras años liderando musicalmente una de las formaciones californianas de rock más famosas de todos los tiempos, haya decidido darse un garbeo él también por la música de Miles, Trane y Monk.
Y vaya si lo ha hecho. Uno podría pensar que esto es algo anecdótico, que es el capricho de una rockstar que, entrada en años, ahora le da por el jazz porque sus oídos ya no aguantan el punk. Pero nada de eso, Flea es un músico que descubrió -también sale en el documental- el jazz y el funk bien jovencito, en los ochenta. Toca la trompeta desde entonces y su estilo al bajo, instrumento del que es referencia, tiene mucho que ver con esos géneros. De hecho es lo que ha dado su personalidad a RHCP.
Por eso no sorprende tanto esa pieza que sirvió de adelanto del disco (acompañada de un vídeo dirigido por la hija de Flea, la reputada fotógrafa Clara Balzary), titulada “A plea” y que reivindica a manos llenas la espiritualidad de Alice Coltrane o Pharoah Sanders, mezclándola con un spoken word del propio autor, en lo que constituye un precioso y necesario canto al amor, la paz y la concordia, así como una excelente puerta de entrada a este trabajo.
Tras esto llega la primera colaboración estelar. En “Traffic lights” Flea colabora estrechamente con su productor, el saxofonista Josh Johnson y con nada menos que Thom Yorke, que presta su característica voz en otra pieza llena de dinámicas complejas, pero aún así asequible y enormemente interesante de escuchar. Y da la primera muestra del tremendo plantel de colaboradores de que se ha rodeado el bajista.
Tenemos al guitarrista Jeff Parker (Tortoise), Anna Butterss (Jason Isbell, Andrew Bird) en el doble bajo, el batería Deantoni Parks (KUDU, The Mars Volta) o el percusionista brasileño Mauro Refosco (David Byrne, Atoms for Peace, Red Hot Chili Peppers), a los que se une nada menos que un pletórico Nick Cave, que poniendo su voz al “Wichita Lineman” de Jimmy Webb fabrica uno de los momentos más alucinantes del álbum. Y es que es uno de esos clásicos que parecían escritos para su voz y aquí, además, el envoltorio es espectacular.
Flea y sus acompañantes han sabido generar unas atmósferas que se pasean por todos los géneros (ambient, jazz, pop, soul) y por ninguno en particular, creando un conjunto totalmente cohesionado que se escucha como un viaje ácido hacia tierras pacíficas y que combina originales tan sublimes como la sobrecogedora “Frailed” o el sublime y definitorio final que es “Free as I want to be”, con revisiones de clásicos de Funkadelic (“Maggot brain”) o Frank Ocean (“Thinking about you”) que el músico lleva a un terreno que ya podemos considerar como suyo.
Porque sí, en efecto, en este debut en solitario ha logrado lo que nadie esperaba, pero debimos esperar de un artista como él: se ha reinventado, nos ha dejado boquiabiertos y nos muestra un camino abierto por el que esperamos que sus otros compromisos le permitan seguir caminando, porque vete a saber qué maravilla se sacará de la manga la próxima vez que lo recorra.
Escucha Flea – Honora


















