En el caso de una banda de las características y presupuestos tan marcados como los de Ginebras, hablar de “disco confesional” podría sonar cuanto menos raro. O pretencioso. O ambas cosas. Tampoco ayudaría mucho a describir el contenido de las nuevas canciones contenidas en Donde Nada Es Para Tanto, tal vez la entrega más variada de las tres facturadas hasta la fecha.
Lo que sí se puede afirmar sin miedo a equivocarse demasiado es que este es su álbum más roquero, entendiéndose el término de manera superficial, pero también que estamos ante una colección de temas en los que el habitual tono festivo del grupo se complementa con otro algo más introspectivo. Diciéndolo de forma amplia, hay más implicaciones emocionales y menos hedonismo que de costumbre. ¿Eso es bueno o malo? Pues ambas cosas o ninguna, que es precisamente lo mejor que se puede decir dadas las circunstancias.
Magüi, Sandra, Raquel y Yuls han decidido que lo más importante ahora es saberse explicar, sin miedo a malinterpretaciones ni miradas de condescendencia. Renuncian conscientemente a la alta carga de costumbrismo, mezclado casi siempre con hedonismo, que incluían sus canciones y dan más cobertura al capítulo baladístico. Así sucede en “Mundo hostil”, donde basan la melodía en el órgano para cerrar uno de sus mejores temas junto con la no menos atinada “Gigantes”, escrita bajo parámetros nuevos y siempre al amor eterno que sienten por sus (y nuestros) Beatles. La tímida “El bosque”, cediendo el protagonismo vocal a Sandra, apunta direcciones inéditas, aunque en un sentido diferente a “Intervención”, donde se atreven a incorporar frescos e inexplorados arreglos de viento.
Es en esos momentos cuando insuflan nueva vida a la propuesta intrascendente pero efectiva a la que se han afiliado siempre. Sin renegar de sus principios, por supuesto, ni renunciar al gancho pop de “Mi diario”, el sarcasmo marca de la casa de “Rechazada viva”, con su ponderada distorsión, o la liviandad de “Vueltas”. Paradas más puntuales de lo acostumbrado, mientras se regocijan en el tempo reggae de “Come aquí” –intento fallido pero loable-, la electrónica con visos de himno de “Con las chicas en Berlín” o la base ochentera de “Novio o novia”. Ironía controlada, reivindicación de identidad y equilibrio en el sonido de unas guitarras que siguen siendo el apoyo principal. Por cierto, extraña lo poco que se nota la contribución de Manuel Cabezalí y Víctor Cabezuelo, el sorprendente dúo de productores que se encargarían de llevarlas a terrenos más estimulantes, tal vez con demasiada cautela en esta ocasión.
Un disco corto, con las complicaciones justas para dejar entrever que a Ginebras se les puede y se les debe abrir un futuro libre de limitaciones ni corsés estilísticos. Es lícito, incluso admirable, que se atrevan a sacar algún dedo del tiesto que se les asignó con demasiada ligereza. Lo que cuenta no es lo que son, sino lo que han elegido ser a partir de ahora.




















