Grupo Salvaje – III (Acuarela)

Lo de Grupo Salvaje se asemeja bastante a la historia del escritor que no consigue su reconocimiento en vida. Sólo que a ellos no parece importarles demasiado. Es todo un poco Herman Melville, todo muy Moby Dick, de hecho; y no sólo por el aroma a salitre y maroma reseca que destila el tercer disco de los madrileños. Eso sí, Melville, que murió viendo fracasar su obra cumbre, tardó dos años en escribirla; nosotros hemos esperado alrededor de siete para disfrutar de la tercera entrega de la banda de Ernesto González.

Siete años dan para aprender un idioma y emplearlo con cierta soltura. En el caso de Grupo Salvaje, han dado para pasar del inglés al castellano. Y, por lo visto, para algún que otro traumático cambio en la formación. El resultado de todo esto es III, sin duda el mejor disco de la banda y uno de los más emocionantes del año a nivel nacional. Una colección poliforme de canciones que, si bien tienen en común ese sentimiento de final de viaje y ese olor a madera húmeda, salen cada una de una mujer distinta en cada puerto.

III mantiene la oscuridad genesíaca de Grupo Salvaje. Porque la negritud no es algo que se elija por un título (In Black We Trust, 2003), pero es innegable que la producción de Fino Oyonarte le ha dado cierta luminosidad controlada a cada una de las páginas mojadas de esta nota de adiós, mundo cruel. “Regreso a Tsalal”, “Su abismo” (“quiero volver a donde partí“), “aDiós”, “Vals de las olas contadas” (“agua que me cubre, no puedo salir, me ahogo en ella, es el fin“) o la supraterrenal “Leviatán” (“y ahora que lo pienso, que no he vivido, que lo he dado todo, nada he recibido. Mi pérfido amigo, a ti me ataré“) son la mejor prueba de esa pequeña ventana abierta en la buhardilla que descubre las partículas de polvo con un imbatible haz de luz solar. Pero tranquilos, “De hornos al fin del mundo”, “Vigilia de Pentecostés” (más de 9 minutos gloriosos de rock), “VII” y “Jonás de las manos sucias” siguen alimentando al monstruo que traga oscuridad para que no rompa las cadenas.

El tercer disco de Ernesto González y compañía es, al final, otra muesca más en el tranquilo pero extasiante periplo de Grupo Salvaje hacia alguna parte. Sirenas, monstruos del profundo talud continental y alguna que otra isla ignota se dan cita en este capítulo que conoce mares mansos y bravíos, como los del interior de uno mismo.

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