La emoción, la verdadera emoción, es sin duda una de las cosas más intangibles que hay en la vida. Intentar atraparla, encapsularla en una determinada unidad de medida, es algo sólo al alcance de determinadas personas, dotadas de habilidades que van más allá de lo meramente humano. Hacerlo, aunque sólo sea en un pequeño recipiente como puede ser una canción, es siempre digno de la mayor admiración. No digamos cuando se ha servido a manos llenas durante toda una carrera, o en algo tan palpable como es un concierto en vivo. Eso convierte a sus artífices en verdaderos gigantes. Y el de Edwyn Collins es, sin duda, uno de esos casos.
Y no, no lo digo por la emoción adicional que supone el hecho de que tras los dos derrames cerebrales que el músico sufrió en 2005 tanto su capacidad motriz como cognitiva se vieran devastadoramente mermadas y, por tanto, conviertan en algo completamente meritorio verle en pie sobre un escenario. Es, sencillamente, que lo suyo siempre fue emocionar. Tanto cuando allá por 1979 decidió cambiarle el nombre a su banda de Glasgow porque no quería sonar a punk ni a post-punk, convirtiéndose en Orange Juice. y fletando el mítico sello Postcard para editar su música y la de otros.

También cuando tras quedarse sin banda y sin sello decidió, en otro alarde de independencia, crear sus propios estudios de grabación en Londres (West Heath) y allí experimentar hasta lograr un sonido propio que le llevaría a lo alto de las listas de éxitos con temas archiconocidos como “A Girl Like You». O cuando, tras el famoso ictus, logró, dios sabe cómo, volver a cantar, componer y subirse a un escenario a emocionar a los demás. Y es que él nació para eso. Y por eso es tan valioso. Y por eso fue tan especial lo que vivimos anoche.
Con 66 años cumplidos, Edwyn, o mejor dicho, su esposa Grace Maxwell, que ha sido sus manos, labios, pies y voz durante estos años de limitaciones, no puede más. Las giras son agotadoras para alguien de su condición y la verdad, ya nos ha regalado mucho más de lo que nadie esperaba hace 20 años. Así que ha llegado el momento de decir adiós a los escenarios, que no, esperemos, a la música, algo en lo que ya anunciado que continuará trabajando “just for fun” y desde casa.

Su despedida tiene lugar como él merece, por todo lo alto. Con una extensa gira que ya ha pasado por Estados Unidos y que en España, país que le adora, está teniendo una más que importante parada, denominada adecuadamente The Testimonial Tour. A Last Lap Around Spain y que ya había tenido paradas en Bilbao, Santander, Vitoria-Gasteiz y Zaragoza antes de hacer escala ayer domingo 3 de mayo en la sala 16 Toneladas de Valencia, con todo vendido hacía tiempo.
Un último adiós, un último hurra, que por comentarios vertidos en redes ya sabíamos los valencianos que estaba siendo todo un éxito, pero no imaginábamos lo que se avecinaba. Edwyn Collins está sensacional. Pudieron comprobarlo quienes tuvieron la suerte de encontrárselo por la calle o tras el concierto, todo simpatía y buen rollo. Un hombre enternecedor, sí, pero además rodeado de un halo de sabiduría, de un aura especial que le hace magnético y, claro, de grandes amigos.

Viaja con una banda de seis miembros: además de él (voz), el indispensable galés Carwyn Ellis (al bajo, y no se pierdan a este hombre, por favor), Sean Read (teclados), Andy Hacket (guitarra), Patrick Ralla (guitarra) y Jake Hutton (batería), un verdadero dream team de la independencia británica. Y también le acompañan, claro, su esposa Grace, que es su manager, y su hijo William, que se encarga del merchan y también hace sus pinitos en la música.
De hecho, lo primero en suceder en el escenario fue un pequeño set protagonizado por el vástago y su banda, Bayview, en el que, aunque lamentablemente no ha heredado las cualidades vocales de su padre, demostró buen hacer con unas canciones interesantes, a camino entre el shoegaze y el jangle pop de libro, pero con melodías y actitud sobradas. También se subieron a hacer lo suyo los teloneros oficiales, un cuarteto de Glasgow llamado Glass Cheques que también caldearon bien el de por sí entusiasta ambiente a base de tonadas indie rock bien trabajadas.
Pero todo esto, al fin y al cabo, y más en domingo, solo hacía que impacientar al respetable, que esperaba como agua de mayo a un ser excepcional. La lástima es que, como siempre, la mayoría había acudido allí por el reclamo de la fama y de la nostalgia noventera, desconociendo otras partes importantes de la carrera de Edwyn. Quizás por eso cuando con su cara más resplandeciente y ya sentado en la silla en la que permanecería la mayor parte de su actuación, anunció aquello de “vayamos directos al principio” y él y su banda la emprendieron con “Falling and laughing”, primer single de Orange Juice y primera referencia del sello Postcard, al que se considera responsable de haber iniciado lo que hoy conocemos como “música indie”, pocos se enteraron de lo que estaba pasando.

Y es que el repertorio que Collins y los suyos habían preparado para la ocasión era una auténtica exquisitez para paladares gourmet, que hacía parada en elecciones poco obvias y muy centradas en el zumo de naranja, aunque con concesiones para equilibrar, claro, por eso tras sonar otra de la banda, “Dying day”, procedieron a dar brillo a un par de canciones del que es sin duda el disco más célebre del escocés, Gorgeous George (1994), pero sin caer demasiado en lo fácil: la preciosa “Make me feel again” y la tremenda “The campaign for real rock” (con su magnífica línea “Yes yes yes it’s the summer festival, the truly destable summer festival”) sonaron a todo menos nostalgia.
El repertorio de Edwyn Collins sigue siendo de una solidez apabullante. Sus canciones, sean de la época que sean, siempre han tenido una enjundia atemporal. Y siempre cumplen el objetivo del que hablábamos al principio de estas líneas: emocionar. Así sonaron de espectaculares, con un sonido estratosférico, “Knowledge”, de su último disco, o “The wheels of love”, elección nada manida de su primer disco en solitario, Hope And Despair (1989).

Y claro, volvemos a lo clásico: nada menos que “What pressence?”, esa gamberra tonada que gobernaba por derecho propio entre los surcos de Orange Juice (1984), último y seguramente, el mejor disco de la primera banda de Edwyn. Y un momento para la lágrima, con la subida de su hijo Will (que hay que ver cómo se le parece) para cantar “In your eyes”, de su disco de recuperación, Losing Sleep, o una nueva tríada de naranjas con elecciones tan especiales como “Intuition told me”, “Simply thrilled honey”, o la inevitable “Rip it up” (el momentazo de la noche).
Y otra recuperación nada obvia lleva todo al desiderátum: “Don’t shilly shally”, aquél single que fue de lo poco que grabó en 1987 para Alan McGee antes de acabar como el rosario de la aurora y que suena excepcionalmente entusiasta antes de dejar paso a la que, inevitablemente, tiene que sonar, porque si no más de uno querrá que le devuelvan el dinero de la entrada.

Quizá por eso “A girl like you” suena un poco a trámite, a formulario que hay que rellenar para llegar a un clímax que, ahora sí, tiene todas las de ganar: suena “Low expectations”, uno de sus temas más emotivos, pero quizás no tanto como “Home again” y desde luego, no tan rotundo como ese nuevo regreso a los inicios que suponen “Felicity” y un “Blue boy” gamberro, festivo y velvetiano con el que de nuevo vuelve a embargarnos la emoción en una noche de esas con las que uno entiende por qué la música tiene tanto poder sobre nosotros, pobres mortales. Y que lo que algunos consiguen a través de ella les hace dignos de ser calificados de superhéroes, o incluso dioses. Edwyn es sin duda uno de ellos y por eso echaremos tremendamente de menos poder repetir noches como esta, que los presentes anoche en 16 Toneladas esperamos conservar en la memoria inmarchitable mucho, mucho tiempo, pues de ello depende en grado sumo nuestra supervivencia en este mundo cada vez más cruel.
Fotos Edwyn Collins: Juan Pardo

















