Julio de la Rosa vuelve con Las Malas Hierbas, once nuevas canciones en las que regresa a esa narrativa directa y mordaz que caracteriza su obra, continuando la estela de ese Pequeños trastornos sin importancia (2013) con el que se reafirmó como uno de los compositores más interesantes de nuestra escena. Este nuevo lanzamiento coincide, además, con otro reconocimiento a su trayectoria en la composición cinematográfica, pues recientemente recibió su quinta nominación a los Premios Goya, en esta ocasión por la banda sonora de Los Tigres.
Las Malas Hierbas es un trabajo cuidado en todos sus aspectos, también en lo visual, con una portada diseñada por Guillermo Arias. De la Rosa ha explicado que el título del álbum nace de una anécdota familiar: mientras leía a su hija El libro de la selva, se detuvo en la frase «te enseñaré a reconocer todas las flores del mundo», a lo que él añadió: “y también las malas hierbas”. De esa idea, de la necesidad de distinguir lo que crece a nuestro alrededor, surge el concepto de un disco quedespliega un desfile de personajes sobre los que el autor nos alerta como padre protector: amistades que restan más que suman, relaciones tóxicas de las que conviene alejarse o personas que decepcionan y obligan a establecer límites.
Julio de La Rosa vuelve a ese terreno en el que se mueve como pez en el agua, el del desamor y las frustraciones vitales, poniendo el ojo en aquellas «malas hierbas» que “sólo crecen donde no tienen que estar”, como indica la canción que abre el disco, acompañada por unos arreglos de sintetizadores y cuerdas. Con una lírica poética, rica en metáforas cotidianas gira sobre a la idea de algo (o alguien) que persiste a pesar del daño y el paso del tiempo. Evitando el dramatismo excesivo, apuesta por una mirada irónica y emocionalmente inteligente (“y tú te abres como flor que no le teme a las abejas / Pero hay bichos por ahí sueltos que le pican a cualquiera”).
Esto se aprecia especialmente en “El no por delante”, sostenida por un hipnótico clarinete y una base rítmica repetitiva, donde plantea el aprender a decir no antes de llegar al desgaste (“El no por delante/Antes que volar a tu flow”). Tras la explosión verbal y musical de las dos primeras canciones, llega “Felonía”. Una balada pausada sobre la deslealtad en la que, junto a teclados elegantes y silbidos, da paso a un irónico estribillo: “Tus cuchillos son caricia en mi espalda/ Lo nuestro pasó/Asúmelo y corre, vuela”.
“Pamema” aporta el momento más bailable, con su base rítmica y unos teclados melódicos. Bajo un aparente espíritu fiestero, aborda el instante en que la otra parte ahora es consciente de la revelación (“Y en la barra de un bar o ahí en tu cueva/Te asaltará el llanto por sorpresa/Y entonces sabrás que nuestro amor solo fue pamema”). Rompiendo con el eje sentimental, “Perorata” se adentra en un terreno más profundo y situándose entre el humor y el “spoken word”, analiza cómo hay personas que sostienen determinadas ideas sobre el éxito personal y vital erróneas. Un diálogo introspectivo con escenas a lo Sorrentino, donde las palabras actúan como refugio para esconder lo que realmente pasa y no queremos afrontar (“Me cogieron de las manos/Me subieron hacia arriba/Y camino yo del cielo/Me chocaba con las ramas/ Me alumbraban los bolsillos/Y de pronto aquellas luces la cartera me quitaban”).
Llega “La silla de las fieras” cargada de oscuridad, reflejando esa “silla” que representa el rol incómodo de ser observado y juzgado por esas “fieras” exigentes. Así como la rítmica “Temporada de perdices”, con una base de sintetizadores pegadiza y una percusión inquietante que nos habla de ese periodo de caza donde tú eres el blanco emocional fácil. La temática sentimental reaparece en un tema de corte pop como “La lata” donde vuelve a tirar de ironía: “Para jugar conmigo/Vámonos al bingo/Pero no estés conmigo/Solo pa darme la lata/ No me des tanto la lata”.
Uno de los momentos más logrados llega con “Teruel”, interpretada junto a Helena Goch. Un diálogo entre dos perspectivas: la de quien intenta recomponer la confianza tras una traición y la de quien promete una felicidad futura. El contraste se refuerza con unos coros que refuerzan lo irrisorio de la situación. Como ya hiciera en trabajos anteriores, el álbum termina con una balada, “Monigotes”, donde reflexiona a través de la figura de un monigote manejable que no posee verdadera autonomía.
Un brillante regreso en el que recupera su habitual maestría para narrar las vicisitudes y complejidades de la vida adulta.



















