En 1995, mientras el grunge agonizaba y la industria buscaba el próximo estribillo pegajoso, Billy Corgan decidió ir a contracorriente. Su ambición: un álbum doble que conectara con la melancolía de toda una generación. Pero el camino hacia Mellon Collie and the Infinite Sadness no fue de rosas; fue una guerra en tres frentes: contra los directivos que no creían en el formato, contra una prensa que los odiaba y contra las grietas internas de una banda que empezaba a fragmentarse.
30 años después me he vuelto a comprar el Mellon Collie, una obra maestra que estuvo a punto de ser archivada.





















