Pipiolas se despojan de cualquier gesto impostado en su segundo disco homónimo y refuerzan ese ADN de pop mutante que se baña en sintetizadores ochenteros, europop, guiños al italodisco y una actitud punk, convirtiendo lo aparentemente trivial en crudas confesiones.
Y es que sorprende cómo confrontan esas melodías pegadizas con un discurso de lo más áspero. Hay una tensión constante entre superficie y fondo: lo que suena luminoso está atravesado por pasajes que en ocasiones se vuelven incómodos; una fricción que mira sin miedo al trauma, el desamor o la ansiedad y los convierte en piezas bailables, casi hedonistas, sin neutralizar su fondo.
Adriana Ubani yPaula Reyes despliegan en apenas media hora una colección de canciones que funcionan como pequeñas piezas teatrales donde el humor habita junto a una lucidez de lo más incómoda. Abren con una reinterpretación del clásico de Broadway “My Favorite Things”, una pieza que articula la búsqueda de consuelo en las cosas más íntimas, esas que nos protegen de las adversidades. A partir de ahí, escriben desde lo explícito (“Poemas”, “Menores”), desactivando la romantización, y nos hablan de la industria (“Soy una estrella”), de salud mental («Finita La Commedia», «NaNaNa«, “Hasta Donde Se Pudo”), de relaciones tóxicas (“No tocar”), de identidad o de expectativas frustradas (“La Feria Cañete”), evitando el victimismo.
Asumen que madurar es una forma de avanzar sin dejar atrás quiénes son y se hacen cargo de sí mismas, dejando claro que: «Ya no somos unas pipiolas, pero siempre seremos libres mientras nos recordemos así».


















