Rocío Márquez sigue mirando al futuro sin renunciar al valor de la tradición y lo ritual, y lo hace para seguir explorando los límites de esa convivencia mágica entre el flamenco y lo experimental, tanto en lo sonoro como en su expresión performativa.
Si Tercer Cielo (Universal, 2022) supuso un claro paso adelante en su propuesta y cierto desbordamiento de los límites ortodoxos, la aparición del autoeditado Himno vertical (2025) confirma ese tránsito hacia nuevos procesos creativos, pero, sobre todo, hacia una investigación de la voz entendida como territorio de experimentación.
«Aprendí que el silencio es tan importante como el sonido»
Tercer Cielo aparece como un punto de inflexión en tu trayectoria por la manera en que dialogaba con la electrónica, como si se rompiera ese marco que constriñe la ortodoxia. ¿Qué cuestionabas entonces, desde lo artístico, que sigues intentando responder hoy?
Pues con la perspectiva que dan estos cuatro años desde su lanzamiento, hoy puedo afirmar que estaba tratando de cuestionar mis propios límites. Había una necesidad muy profunda de recuperar el juego, la sorpresa, la capacidad de crear sosteniendo un grado mayor de incertidumbre. Tercer Cielo me permitió acercarme al flamenco desde otro lugar, entenderlo no como una frontera sino como una herramienta de conocimiento. Aquella pregunta sigue hoy vigente: ¿qué ocurre cuando dejamos de intentar controlar la obra? Me interesa mucho ese espacio donde una tradición tan poderosa como el flamenco puede dialogar con otros lenguajes sin perder su esencia. Cada proyecto es una manera distinta de seguir escuchando esa pregunta, porque no creo que tenga una respuesta definitiva.
Desde tus inicios, se intuye esa voluntad de investigar las posibilidades del cante y de explorar los límites y, por qué no, traspasarlos. ¿Cómo ha evolucionado tu mirada sobre cómo entender la voz y, en general, el flamenco?
Con los años he dejado de entender la voz únicamente como un instrumento musical. En mis inicios estaba muy condicionada por encontrar la excelencia en la cualidad vocal, siguiendo toda la estela de concursos que existe en los circuitos flamencos. Hacer la Tesis Doctoral sobre técnica vocal en el flamenco abrió en mí una dimensión de curiosidad, virando el eje desde el demostrar al descubrir, donde hoy me siento mucho más estimulada. Hoy entiendo la voz como memoria, cuerpo, biografía, respiración, emoción y pensamiento. Y con el flamenco me sucede algo parecido. Cuanto más lo estudio, más amplio me parece. A veces hablamos del flamenco como si fuera una habitación pequeña, cuando para mí se parece más a un paisaje inmenso. Hay espacio para la tradición más rigurosa y para la experimentación más radical. Nunca he sentido contradicción entre ambas cosas.
Después de explorar esos territorios sonoros ligados a la producción electrónica de Tercer Cielo, parece que tu investigación ha vuelto a centrarse cada vez más en la voz. Lo escuchamos en Himno vertical, pero no es algo que sea ajeno, como llevas demostrando tanto tiempo, pero en términos absolutos, quizá sea ese territorio de experimentación que apuntalar.
Sí, porque al final la voz es el lugar al que siempre regreso. En Himno vertical hay una búsqueda muy vinculada a la escucha interior, a la vulnerabilidad y a la improvisación. Después de una obra tan expansiva como Tercer Cielo, necesitaba acercarme a algo más desnudo. La voz tiene todavía muchísimos misterios para mí. No me interesa únicamente lo que puede hacer técnicamente, sino todo aquello que revela cuando dejamos de exigirle resultados. En ese sentido, Himno vertical es probablemente uno de los trabajos más íntimos que he hecho.
¿Cuál es el mayor aprendizaje que has tenido con el material sonoro que plasmaste en Himno vertical?
La aceptación de que no todo tiene que estar explicado. Es un disco atravesado por procesos vitales muy profundos, por el duelo, por la pérdida, por la transformación. Aprendí a confiar más en la intuición y en la improvisación. Muchas de las cosas más valiosas del disco aparecieron cuando dejamos de perseguirlas. También aprendí que el silencio es tan importante como el sonido. A veces una obra se construye tanto con lo que está como con lo que falta.
Ya en Tercer Cielo la experiencia desborda lo estrictamente musical, pero quizá sea todavía más evidente en la representación de Himno Vertical, un conjunto donde la escenografía y la corporeidad son claves para el conjunto expresivo. ¿En qué punto consideraste que la investigación musical debía extenderse para romper en lo espacial y no quedarse únicamente en el sonido?
Tercer cielo, el disco, supuso para mí un posicionamiento tan novedoso y disruptivo en lo musical, que entendí inmediatamente que esa cualidad debíamos trasladarla a la escena. Por pura coherencia. Entonces encontré el placer del cuerpo en movimiento, la conciencia escénica espacial, el diálogo con la iluminación, el vestuario, el paisaje sonoro. Y todo este ecosistema me llevó a recuperar una frescura relacionada con el disfrute que había perdido en mis últimos años de carrera. Sobre estas bases, me interesaba mucho profundizar en la dimensión escénica cuando planteamos Himno vertical. Aquí aparecieron muy pronto cuestiones relacionadas con el espacio, con el rito y la presencia física. Sentíamos que determinadas ideas no podían resolverse únicamente desde el sonido. El cuerpo, la luz, el movimiento o la disposición escénica formaban parte de la misma investigación. No era una cuestión decorativa; era una necesidad expresiva.
Las actuaciones de Himno vertical son altamente performativas, muy intensas, pero también muy opuestas. Por un lado, una estética casi minimalista y contemporánea; por otro, resonancias rituales, tradicionales y, quizá, elementos sacros. ¿Cómo se encaja ese diálogo entre universos aparentemente opuestos?
A mí me cuesta verlos como opuestos. Creo que hay algo profundamente ritual en muchas prácticas contemporáneas y algo muy contemporáneo en ciertos ritos antiguos. Me interesa trabajar precisamente en esos espacios donde las categorías empiezan a desdibujarse. El minimalismo, cuando está cargado de intención, puede tener una enorme potencia espiritual. Y el flamenco, que muchas veces se asocia únicamente a una tradición concreta, tiene una dimensión simbólica y ritual inmensa. Quizá Himno vertical intenta recordar que esas fronteras son mucho más porosas de lo que pensamos.
Hace poco tuviste una enorme colaboración que realizaste con Pedro G. Romero en la performance Sin título (Reflexión real) como parte del proyecto expositivo La lechuza de Minerva, en el Círculo de Bellas Artes. ¿Te interesa que tus aportaciones sean leídas también desde otros lenguajes plásticos y no solo desde la música?
Actualmente es ahí donde me encuentro, posicionándome más desde un espacio de performatividad que pueda asimilar lenguajes, estilos, disciplinas, incluso escuelas de pensamiento. Por eso la propuesta de Pedro me encajó desde el primer momento. Venía de Nueva York de mostrar una performance sobre La Argentinita donde disfruté muchísimo. Tanto es así, que este año estoy preparando otra pieza performativa para estrenar en otoño inspirándome en Lorca.
También en este sentido, no sé si aventurarme a decir que cada colaboración que realizas o que realizan contigo es un nuevo aprendizaje. ¿Qué te aportan esos encuentros que se alejan de los más convencionales del flamenco?
Mirando atrás veo claro que he arriesgado en las colaboraciones, tejiendo alianzas con artistas de otros estilos musicales, tan diversos como la música barroca, el tecno, las músicas de raíz, el clásico, la canción de autor, el indie y otras tantas. Siempre lo he hecho desde la intuición y la curiosidad, porque me apetecía. Si lo miro hoy, puedo reconocer una búsqueda de ensanchar mis propios límites sobre la música y la creatividad. Gracias al encuentro con lo diferente es que me he confrontado con partes mías que a veces incluso desconocía.
Con toda esa experiencia y esa capacidad de absorción e irradiación cabe preguntarse qué será lo próximo, porque, seguro, hay una curiosidad e inquietud que en ti parece irrefrenable.
Abierta a lo que venga. Dispuesta a ser canal.
Rocío Márquez actuará en Málaga, el 25 de junio, dentro de Terral 2026 donde presentará Himno vertical, antes de proseguir con tres fechas más en verano: el 27 de junio, en Cortegana, en el ciclo Senderos de Música, con Tercer Cielo; y el 1 de julio en Estival Cuenca y el 8 de julio, en el Casyc de Santander, ambas citas con Himno vertical.




















