Shearwater – Rook (Matador)

Después de casi diez años y cinco discos editados, Shearwater sigue manteniendo ese halo de misterio y majestuosidad. Gracias a Jonathan Meiburg (co-fundador de Okkervil River). El ornitólogo loco que, no contento con ponerle a su banda el nombre de un pájaro, presenta otro disco que bien podría ser el que sonara mientras los grajos vuelan hacia el sur en otoño. Quién sabe si el propio Meiburg es el que se esconde tras la figura del pescador cubierto de aves en la portada de Rook.

Con Rook todo parece indicar que Meiburg volverá a recibir algunas de las mejores críticas del año; de hecho, ya lo está haciendo. Y no es para menos, porque el candor y la pureza de su último disco poco tiene que envidiar al encumbrado Palo Santo. Algo más breve, Shearwater esquiva el tedio con la maestría del que lo ve todo desde lo más alto, con la claridad que da la distancia y el aire virginal en los pulmones. Rook no sabe nada del lastre que el frenesí vital de estos días cuelga con facilidad a este tipo de discos.

Shearwater roza la excelencia sin traicionar ninguno de sus principios, sin renunciar a sus instrumentos de viento (para prueba, la instrumental “South col”), a su arpa, a su glockenspiel ni, por supuesto, al piano. Y con todos esos instrumentos y el saber hacer de Meiburg, difícil es que el disco salga malo. Desde la inicial y conmovedora “On the death of the waters”, pasando por “Rooks”, “Leviathan, bound”, “Home life” (la más larga, con elementos del “You don’t pull no punches, but you don’t push the river” de Van Morrison), hasta la sorprendente “Century eyes” o la emocionante “The snow leopard”: un disco con la mejor versión vocal y sonora de Meiburg y Shearwater. De principio a fin. Un discazo con todas las de la ley.

Dicen que una pardela (shearwater) a la que se anilló en 1953 seguía dando señales de vida 50 años después, convirtiéndose así en el pájaro más longevo de la historia. Esperemos que sea premonitorio.

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