1976: Bob Dylan – Desire (Sony)

Los discos que cambiaron nuestra vida

En la estantería de mi habitación hay una cinta, solitaria y ajena al resto del universo. Me gusta mirarla de vez en cuando; es mi único vínculo con los setenta, esa década de la que guardo tantos recuerdos –en forma de música-que jamás pude vivir. Ajado por el paso del tiempo, el Desire de Bob Dylan siempre tendrá algo especial para mí.

Las primeras veces siempre son las más recordadas, o eso dicen, y Desire fue mi primera vez con Dylan. Una cassette sin portada, con el naranja gastado de la pegatina que se despega por las puntas y que resistía entre los demás recuerdos musicales de mis padres. Alguien en DISCOS CBS tuvo el mal gusto de traducirlo todo: había canciones como “Una taza más de café”, “Oh, Hermana” o “Bahía del diamante negro”, y el disco se llamaba Deseo, al más puro estilo de Corín Tellado. Hasta la leyenda de “Este disco podría haber sido producido por Don DeVito”, lo que, en aquel momento, fue un aliciente un tanto bizarro que el propio Dylan justificaba con su chapurreo en “Romance in Durango”.

Lo intenté pero, a día de hoy, todavía no me sé toda la letra de “Hurricane”. Sí las de “Isis” y “Sara”, que más tarde desbancarían a la poderosa protesta sobre aquel boxeador encarcelado injustamente. Además de ser el disco que me abrió las puertas de la Dylan Experience, Desire fue uno de los mejores discos del trovador de Duluth tras su famoso accidente de moto. Convulso a la hora de la grabación (demasiados músicos) y aclamado por crítica y público, el disco mezclaba la tradicional canción denuncia con aromas de desierto y desamor en un combinado excelente.

Fue una grabación caótica -hasta Eric Clapton acabó abandonando-, pero el resultado fueron nueve canciones (la mayoría a mayoría a medias con el polifacético Jacques Levy) y casi una hora de música inolvidable. De esta manera homenajeaba Dylan a la música en 1976.

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