Jack O’Connell (Sir Jimmy) avanza con su séquito de niños enmascarados a través de un bosque de huesos. En el centro del templo óseo, bajo un halo de luces propiciadas por fogatas, aparece el mismísimo diablo (o eso creen los componentes de la secta de los Jimmys), encarnado en Ralph Fiennes como el Dr. Ian Kelson.
Kelson se contonea semidesnudo entre los restos humanos, abriendo los brazos como un mesías del caos. El plano tiembla, el público en la sala suelta risas nerviosas y entonces comienza esa intro inconfundible de Iron Maiden: “The Number of the Beast”. Casi cinco minutos de Apocalipsis sonoro que convierten el templo en un escenario infernal y a Fiennes en un sacerdote pagano bailando con la muerte.
Pónganse en el lugar de cualquier adolescente escuchando (como una especie de rito de paso) por primera vez “The Number of the Beast” en los ochenta. No era solamente una canción: era ese tema que había sido demonizado, casi prohibido, que te miraba con una media sonrisa y te invitaba a cruzar una puerta justo cuando dabas al play.
Supongo que la cantidad de jóvenes que compraron el disco en 1982 no acababa de entender todas las referencias bíblicas, pero sintieron que aquello era transgresor, importante, algo que les conminaba a entrar en un pequeño Apocalipsis guiado por la voz de Bruce Dickinson.
“The Number of the Beast” se extrajo como single en 1982, en pleno auge de la New Wave of British Heavy Metal, cuando Iron Maiden había dejado de ser una promesa para convertirse en una de esas bandas que hacen himnos en lugar de simples canciones. Bruce Dickinson acababa de incorporarse (tras el despido de Paul Di’Anno, al que echaron por punk y por sus problemas con las drogas), y el LP editado por EMI, que llevaba el mismo nombre que la canción, era su bautismo definitivo: el momento en el que su voz se quedaba grabada para siempre en el imaginario del heavy. Muchos asocian el tema con cuernos, fuego y satanismo, pero el origen es mucho más aburrido y naíf: una pesadilla de Steve Harris después de una maratón de pelis de terror, mezclada con pasajes del Apocalipsis que siempre han olido más a cine de serie B que a misa de domingo.
El auténtico infierno -dicen- se desató en el estudio de grabación, cuando el productor Martin Birch apretó tanto a Dickinson que casi lo rompe, por la cantidad de veces que tuvieron que repetir las tomas, hasta el punto de casi llegar a las manos entre ambos.
El escándalo fue inmediato y en plena histeria satánica de los 80, predicadores evangélicos televisivos como Jimmy Swaggart, con tanto sentido del espectáculo como su primo Jerry Lee Lewis, la señalaron como prueba del Diablo en el rock. En Estados Unidos hubo quemas masivas de discos en parkings de iglesias, boicots en supermercados y hasta demandas de padres aterrorizados. Iron Maiden y el rock se convirtieron por algunos días en enemigo público número uno, pero esa controversia fue el percutor perfecto, el disco alcanzó el número 1 en UK; el pico histórico para un grupo que metía una canción supuestamente “satanista” y la portada con Eddie dominando al Diablo se grabó para siempre en el imaginario pop colectivo.
Con los años, “The Number of the Beast” pasó de ser “la canción maldita” a convertirse en el momento inevitable de cualquier concierto de “los Maiden”. A estas alturas, el supuesto peligro ya se ha transformado en fiesta, el diablo es un personaje más del espectáculo y ese 666 coreado a pleno pulmón quizá sea una forma de reírse de los miedos de antaño.
Y entonces, de repente, un día estás viendo 28 Years Later: The Bone Temple (Nia DaCosta) y esa canción reaparece en un contexto completamente distinto. Un mundo devastado, un templo hecho de huesos, un líder carismático que se cree elegido y que se alimenta del fanatismo, del delirio colectivo y del espectáculo. (Spoiler alert) Ralph Fiennes, como el Dr. Ian Kelson, se planta en ese altar macabro rodeado de seguidores en trance, luces estroboscópicas y cuerpos sudorosos, y convierte el ritual en algo a medio camino entre la misa negra y la rave, como parte negociada con Jack O’Connell (Sir Jimmy) para que este siga dominando a su secta.
Iron Maiden rara vez licencia su música para cine. “No queremos que nos ridiculicen como si fuéramos unos Spinal Tap”, dicen ellos. Pero Nia DaCosta convenció a Alex Garland, quien la incluyó en el guion. Es la segunda vez en poco tiempo en la que Maiden conquistan pantallas (para no gustarles licenciar sus temas, no está nada mal), tras Stranger Things con “The Trooper”, validando su legado ante nuevas audiencias sin venderse barato. Esto último, en todos los sentidos, ya que “los Maiden” llevan años siendo una de las maquinarias económicas más potentes del rock.

Rodada en tres noches, la secuencia del templo de huesos contrasta el caos violento de los satanistas de Jimmy con la calidez humanista del Dr. Ian Kelson: fuego, tonos cálidos, cortes bruscos al ritmo de los cambios de la canción.
La escena es un espejo perfecto de la historia de la canción. En los 80, predicadores proyectaron sus miedos sobre ella; en The Bone Temple, se usa como arma simbólica para legitimar una secta en un mundo destruido por el caos. Dickinson cierra con “I have the fire, I have the force”, y Fiennes lo hace carne: el mal no es sobrenatural, es humano, teatral, y somos nosotros.
Quizá por eso “The Number of the Beast” sigue funcionando tan bien tanto tiempo después. Porque, más allá de las polémicas, los sermones y las reinterpretaciones cinematográficas, nos recuerda que gran parte de nuestros demonios son símbolos que decidimos cargar de significado. Y que, de vez en cuando, para ponerlos a nuestra altura, basta con subir el volumen, sacar la mano cornuda, la litrona de acero y cantar como posesos.
Letra de “The Number of the Beast” de Iron Maiden
Woe to you, oh earth and sea
For the Devil sends the beast with wrath
Because he knows the time is short
Let him who hath understanding reckon the number of the beast
For it is a human number
Its number is six hundred and sixty-six
I left alone, my mind was blank
I needed time to think
To get the memories from my mind
What did I see? Can I believe?
That what I saw that night was real and not just fantasy?
Just what I saw in my old dreams
Were they reflections of my warped mind staring back at me?
‘Cause in my dreams it’s always there
The evil face that twists my mind and brings me to despair
Night was black, was no use holding back
‘Cause I just had to see, was someone watching me?
In the mist, dark figures move and twist
Was all this for real or just some kind of Hell?
Six six six, the number of the beast
Hell and fire was spawned to be released
Torches blazed and sacred chants were praised
As they start to cry, hands held to the sky
In the night, the fires are burning bright
The ritual has begun, Satan’s work is done
Six six six, the number of the beast
Sacrifice is going on tonight
This can’t go on, I must inform the law
Can this still be real, or just some crazy dream?
But I feel drawn towards the chanting hordes
Seem to mesmerize, can’t avoid their eyes
Six six six, the number of the beast
Six six six, the one for you and me
I’m coming back, I will return
And I’ll possess your body and I’ll make you burn
I have the fire, I have the force
I have the power to make my evil take its course
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