Como siempre que saca disco, uno, que es fan, se lo escucha enterito. Y varias veces, si hace falta. Tras mi atenta escucha de The Boys Of Dungeon Lane, el nuevo álbum de Paul McCartney, con lo único que me quedo es con el hecho en sí: que ha sacado disco. Igual como sus otrora émulos, The Rolling Stones, sorprendentemente Paul, que no tiene que demostrar nada porque ya es más que universal, sigue a sus años sintiendo la necesidad de expresarse con canciones. Y es bonito que lo haga, pero inmediatamente surge la eterna pregunta ¿es necesario?
Y la respuesta, es peliaguda: desde hace años, más o menos desde su último gran disco, Chaos And Creation In The Backyard (2005), Macca ha mantenido en cada nuevo ofrecimiento un nivel medio. Decente, pero también aséptico, que a la vez le aleja de discos como RAM o Band on The Run (sin pretender comparaciones absurdas), pero también de sus no pocos resbalones, como Give My Regards To Broad Street. De este modo logra contentar a una considerable base de seguidores que siempre anhela escuchar algo nuevo de su ídolo, aunque pasadas unas semanas, no recuerde ni una sola de estas canciones.
Y tú, que eres también fan, pero algo más exigente, sigues empeñado siempre en albergar la esperanza de que algún productor que le entendiera y al que Paul dejara trabajar (que esa es otra) fuera capaz de hacer sonar sus todavía aplicadas canciones de una forma orgánica y bella. De hecho, si su alianza con Rick Rubin hubiera consistido en algo más que aquella recomendable miniserie documental que aún puede verse en Disney+ titulada McCartney 1,2,3, quién sabe si hubiéramos disfrutado de un Wildflowers (ya saben, el disco de Tom Petty) versión Macca. Quién sabe…
Pero, en vez de eso, tenemos que escucharle una y otra vez tratando de que suenen modernas unas composiciones que nunca lo fueron. Él compone a un modo tradicional. Mejor dicho, él inventó el modo tradicional de componer una canción pop. No lo puede evitar, es su forma de estar en el mundo. Y esa forma natural de componer e interpretar, es mejor dejarla respirar. Como sucedía, precisamente, en aquellos últimos discos que Rubin (y prometo ya parar con él)le produjo a Johnny Cash, en los que se podía escuchar cada aliento del viejo maestro. Canciones que transmitían experiencia, vida y muerte a la vez, arte en estado puro. Demostrando que la edad no es enemiga de lo relevante.
Y él sabrá por qué, pero siempre ocurre lo mismo: un paquete de canciones entre buenas y decentes (que no magníficas, la verdad) termina resbalando por tu oído gracias a la producción excesivamente pulida y brilli-brilli que deshumaniza totalmente el producto, resultando terriblemente anodino y, digámoslo ya, aburrido por momentos. A primera escucha, he bostezado cual león de la Metro, he skipeado más de una canción y la verdad, he sido prácticamente incapaz de quedarme con alguna pista en especial, excepto quizás la que abre el disco, «As you lie there», que tiene unos cambios de ritmo sugerentes y puede perfectamente considerarse lo más relevante de un lote que de relevante, más allá de la noticia de que Macca ha sido capaz de completar otro capítulo de su abultada discografía, no tiene mucho.
Pero no es justo darle a esto una sola escucha y opinar. Ni que fuéramos dioses. Uno se esfuerza en escucharlo más (lo de tener que esforzarse ya es todo un dato) y le da varias vueltas a un conjunto de canciones que, bien madurado, la verdad es que no está nada mal, aunque siga adoleciendo de lo mismo en gran parte de su contenido: la sobreproducción, las capas y más capas de tratamiento de estudio.
A pesar de ello, las tres canciones iniciales, son, de hecho, de lo mejor que se ha escuchado de este hombre en lustros. Tanto la citada “As you lie there”, que brinda un comienzo muy a la altura de los estándares de calidad del de Liverpool, como “Lost horizon”, un tema en clave rock and roll que integra bien la presentación a cargo de la algo más compleja canción de apertura y la siguiente, ese quebradizo “Days we left behind” que termina de redondear una tripla brillante que nos adentra en el concepto detrás del disco: los recuerdos, la nostalgia, los días de infancia y primeras andaduras musicales en Liverpool.
Una temática bonita y crepuscular que se reparte entre catorce canciones con resultados desiguales: aquello que decía antes de las producciones orgánicas y desnudas de ampulosidad puede apreciarse como acierto en canciones como “Down south”, “Life can be hard” o la final “Momma gets by”. Sobre todo en la primera, una pieza eminentemente acústica, el impacto es total. Escuchar al maestro solo con la guitarra hace que una canción buena, pero no extraordinaria, gane enteros. Y lo mismo pasa con la final: el piano y un arreglo orquestal (muy bien hecho, eso sí) hacen que otro de los grandes hallazgos del disco cobre magia.
El problema está en lo que uno se encuentra por el camino: en “Mountain top” un bonito arreglo de pop barroco termina buscando una épica innecesaria al final que, en mi opinión, malogra lo que podía haber sido un punto central del disco. Y lo mismo pasa con “Come inside”, hay tantas capas de arreglos sobre producidos metidas ahí que uno casi no aprecia que, al fondo de todo, hay una más que decente canción. Y lo mismo pasa, pero de forma más sangrante, con la bonita “First star of the night”. Termina habiendo tanta información que nos olvidamos de pensar en lo básico: la canción.
Pero lo malo viene cuando ese tratamiento excesivo se vierte sobre canciones que, sin ser malas, no dan la talla hablando de quien se habla: por ejemplo, el momento estelar de colaboración con Ringo, ese “Home to us”, es anodino tanto a nivel compositivo como a nivel de sonido, que parece una imitación del TEMU de psicodelia pop. Totalmente prescindible, al igual que otras, como “Salesman saint”, “Never know”, una canción que Paul parece haber hecho con plantilla, igual que “We two”, que diríase dedicada a Lennon.
Con todo esto, ojo, no estoy diciendo que lo que ofrece Paul sea malo, ni muchísimo menos. Reitero lo dicho: es bonito que siga haciendo discos. Y los fans, contentos. Hay mucha gente que espera esto como el maná. Las canciones, en su mayoría, son buenas e incluso brillantes, por momentos, pero el resultado final, sinceramente, creo que era mejorable.
En todo caso, la prueba de fuego nos la mostrará el tiempo: ¿Se quedará este disco en nuestras vidas? ¿Lo agregaremos, al menos, a esos discos de madurez que Macca sirvió tan bien con Flaming Pie, Driving Rain o Chaos and Creation? Mis dudas al respecto son serias, pero bueno, Paul es Paul (si es que no es Faul), así que concedamos el beneplácito a su nuevo álbum y reiteremos, de nuevo, la profunda alegría que causa tenerle aún vivo y coleando entre nosotros. Respecto a si nos acordaremos de este disco la semana que viene, cuando quede sepultado bajo 40 nuevos (nuevos de verdad), ya hablaremos en otra ocasión. O no.





















