Alberto Montero – La catedral sumergida (BCore)

En la música del valenciano Alberto Montero siempre ha habido algo mágico, atávico, detalles que parecian escapar del espacio-tiempo en el que al de Port de Sagunt le ha tocado vivir y desarrollar su arte. Eran pequeños detalles cuando cantaba en inglés: el lamento de un violonchelo, algunos coros, la forma de tocar la guitarra… Esos detalles se volvieron más evidentes en sus siguientes discos, ya en castellano. El cambio de idioma ayudó a que fueran más obvios esos toques singulares que, asomando por sorpresa en medio de una pieza folk o pop, remitían a hechos mitológicos, épocas oscuras y lugares legendarios. Viajes sonoros en el tiempo que, a lo largo de nuestra historia musical, hemos podido encontrar anteriormente en canciones de grupos como Triana o Vainica Doble, y también en el folk mediterráneo más escorado hacia oriente de gente como Maria del Mar Bonet.

No importaba que Alberto titulara un disco Puerto Príncipe (BCore, 2013) y tratase de acercarse a sonidos más latinos: esos detalles seguían ahí, agazapados y esperando para dar un salto y ponerse en primer plano. También lo estaban en Arco Mediterráneo (BCore, 2015), un disco con toma de tierra bien anclada en el mar que le da nombre, luminoso y globalizador, y que encierra en sus acordes siglos de historia. Ahora, en La Catedral Sumergida (BCore, 2018), esos detalles que han estado aguardando su momento de gloria durante casi una década finalmente surgen a la superficie y toman el mando de las operaciones. Sin ánimo de asustar a posibles oyentes interesados, en este álbum Alberto Montero parece haber cortado definitivamente el cordón umbilical que unía su música con la actualidad, con el pop o el folk al que estamos acostumbrados no ya en el siglo XXI, sino también en el XX. De hecho La Catedral Sumergida reserva bastantes de sus raíces musicales para épocas anteriores a la aparición del tonalismo: el tardío Medievo, el Renacimiento, los Cantos Gregorianos, la influencia árabe, los Madrigales de Joan Brudieu, Juan Cornago o Tomas Luis de Victoria, las Misas de Palestrina. Quizás, solo quizás, compartiendo fundamentos teóricos con algunos de los grandes álbumes del jazz de los 50 y 60. Como no soy musicólogo, ni conocedor de la música de la Edad Media, así como tampoco de las bases del jazz modal, no me atrevo a entrar en más detalles técnicos aunque me fascinan los que he ido descubriendo.

Entre temas más áridos donde la voz y la música van al unísono («Confesión»), junto a otros más centrados en las armonías, desde el minuto escaso de algunos como «Devoción» o «Intención» hasta los más de cinco minutos de «Transfiguración» y los gloriosos 250 segundos de «Te veo Alberto», discurre una aventura musical en la que es difícil destacar alguna de las paradas sobre otras. En todas ellas el paisaje, sea grave o bucólico, agreste o aplanado, resulta acogedor y deslumbra por su belleza. No quiero olvidarme de unas letras muy personales y poéticas que contribuyen en buena parte a esa magnificiencia. El cierre con el tema homónimo es un gran ejemplo de hermandad entre los sonidos del rock, el folk y la música medieval, como un regreso suave al presente después de que ese agujero negro que se abre con «La llamada» (‘me adentro en la oscuridad… me sumerjo en el mar, no hay luna en el agua…la noche perfecta ritual‘), tras transportarnos en el tiempo, nos devuelva a una realidad que, una vez vivida la experiencia mágica, nos resulta ajena, aburrida y simple.

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