Beach House (Sala La Riviera) Madrid 27/09/2018

Hay cierto aire de abstracción en los conciertos de Beach House consistente en crear la expectativa propia del estilo; requiriendo, por tanto, de una atención especial por parte de la congregación de espectadores preocupados por sus conversaciones dentro de la atmósfera delirante allí presente. Y jugando con la oscuridad de la luz y la tensión de la seducción presentó la banda de Baltimore -compuesta por Victoria LeGrand al teclado y Alex Scally a la guitarra- su último disco de estudio bautizado como 7 (2018) en una sala de visión limitada. No obstante, pudo considerarse una quedada para los grandes amantes de este género tan único como es el dream pop, pues acto anterior al inicio de la banda protagonista los allí reunidos tuvieron la oportunidad de disfrutar de Sound of Ceres, un híbrido americano entre miembros de la banda Candy Claws y otras figuras de la música ensueño.

Los ya nombrados teloneros irrumpieron en el escenario con una escenificación dominada por ambientaciones oníricas donde el juego de luces o los efectos sonoros, introduciendo al espectador en tal dinámica, parecían dar banda sonora a “2001: una odisea en el espacio” la obra por excelencia de Stanley Kubrick: a la elipsis más famosa del mundo cinematográfico con una puesta escena donde primó la ensoñación.

Y como si de la elipsis más famosa se tratase, los técnicos dejaron paso a la banda protagonista siendo Victoria LeGrand la figura central de la escena con su compañero de dúo Alex Scally a su derecha, ambos -con el baterista a la izquierda de tal musa del pop- cubiertos por un manto de sombras creando expectación, como si de una película de misterio se tratase, en el casi lleno absoluto, cubriendo así las necesidades del directo de Beach House: tensión, interés, observación y tranquilidad frente a una escenificación estática a diferencia de sus predecesores en las tablas del escenario.

No obstante, por suerte o por desgracia, cubrir las necesidades del directo no es equitativo al directo como sanador de sus propias necesidades donde debe la escenificación ganar gran peso -obviando la luz como principal motor de la escena- o la metamorfosis del contenido de la obra una vez en la sala. Con un público de parroquianos soñando a la voz de Victoria, el concierto sonó como una secuencia donde la obra de la banda americana se reprodujese sin ninguna aportación más allá de si fuese un videoclip en directo entre las paredes de la mítica sala madrileña.

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